10-02-2026, 11:11 PM
La tensión, que hasta ese momento se había sostenido como una cuerda demasiado estirada, termina por romperse sin previo aviso. No hay señal clara, ni una palabra concreta que marque el punto de no retorno; basta una mirada mal interpretada, un paso de más hacia los dinosaurios, el simple hecho de que los piratas sigan allí, respirando el mismo aire que esas criaturas moribundas. Para los animalistas, eso ya es una amenaza intolerable.
El hombre alto es el primero en perder cualquier rastro de cordura aparente. Sus ojos se inyectan de furia y la devoción enfermiza que antes mostraba hacia los dinosaurios se transforma en algo más violento, más primitivo. Aprieta los dientes y retrocede un paso solo para impulsarse mejor, mientras sus manos buscan con movimientos rápidos y seguros un par de guantes de combate sujetos a su cinturón. Se los coloca con brusquedad, ajustando las correas hasta que los nudillos quedan bien firmes, como si ese simple gesto lo separara definitivamente de cualquier posibilidad de diálogo.
-¡No les crean nada!- gruñe, con la voz rota por la rabia. -¡Mienten! ¡Todos mienten antes de matar!-
Sin dar más advertencias, se lanza hacia adelante con una velocidad sorprendente para su complexión, el suelo temblando bajo sus pasos. Su objetivo es claro desde el primer instante: Maki. El puño viaja directo hacia ella con toda la fuerza de alguien que no busca disuadir, sino romper, castigar, eliminar la amenaza que cree ver frente a sus “amados amigos”. En su mente no hay dudas, solo la certeza absoluta de que está haciendo lo correcto, de que cualquier golpe es justificable si sirve para salvar a esas criaturas.
Casi al mismo tiempo, el segundo animalista, el más bajo y corpulento, reacciona con un pánico distinto, pero igual de peligroso. Sus manos se mueven con torpeza nerviosa hacia su espalda, hasta sacar un rifle que brilla brevemente bajo la luz filtrada de la jungla. Sus dedos tiemblan, pero no dudan. El miedo se ha transformado en una decisión desesperada.
-¡Aléjate de ellos! ¡ALÉJATE!- grita, con la voz quebrada, mientras apunta a Hyákinthos.
El primer disparo estalla rompiendo el silencio del claro como un trueno seco. Las aves invisibles huyen en estampida y algunos de los dinosaurios enfermos reaccionan con bramidos agónicos, moviéndose sin control.
El claro se convierte en caos. Golpes, disparos, rugidos de dolor y miedo se mezclan en un instante que parece eterno. Los animalistas ya no razonan, no escuchan explicaciones ni miradas calmadas. En sus cabezas solo existe una verdad torcida y peligrosa, los piratas han venido a acabar con los dinosaurios, y ellos están dispuestos a matar para impedirlo.
La violencia se desata no como una elección, sino como una consecuencia inevitable de la obsesión. Y mientras la jungla observa, indiferente y antigua, queda claro que este enfrentamiento no nace del odio… sino de una devoción tan absoluta que ha dejado de ser humana.
El hombre alto es el primero en perder cualquier rastro de cordura aparente. Sus ojos se inyectan de furia y la devoción enfermiza que antes mostraba hacia los dinosaurios se transforma en algo más violento, más primitivo. Aprieta los dientes y retrocede un paso solo para impulsarse mejor, mientras sus manos buscan con movimientos rápidos y seguros un par de guantes de combate sujetos a su cinturón. Se los coloca con brusquedad, ajustando las correas hasta que los nudillos quedan bien firmes, como si ese simple gesto lo separara definitivamente de cualquier posibilidad de diálogo.
-¡No les crean nada!- gruñe, con la voz rota por la rabia. -¡Mienten! ¡Todos mienten antes de matar!-
Sin dar más advertencias, se lanza hacia adelante con una velocidad sorprendente para su complexión, el suelo temblando bajo sus pasos. Su objetivo es claro desde el primer instante: Maki. El puño viaja directo hacia ella con toda la fuerza de alguien que no busca disuadir, sino romper, castigar, eliminar la amenaza que cree ver frente a sus “amados amigos”. En su mente no hay dudas, solo la certeza absoluta de que está haciendo lo correcto, de que cualquier golpe es justificable si sirve para salvar a esas criaturas.
Casi al mismo tiempo, el segundo animalista, el más bajo y corpulento, reacciona con un pánico distinto, pero igual de peligroso. Sus manos se mueven con torpeza nerviosa hacia su espalda, hasta sacar un rifle que brilla brevemente bajo la luz filtrada de la jungla. Sus dedos tiemblan, pero no dudan. El miedo se ha transformado en una decisión desesperada.
-¡Aléjate de ellos! ¡ALÉJATE!- grita, con la voz quebrada, mientras apunta a Hyákinthos.
El primer disparo estalla rompiendo el silencio del claro como un trueno seco. Las aves invisibles huyen en estampida y algunos de los dinosaurios enfermos reaccionan con bramidos agónicos, moviéndose sin control.
El claro se convierte en caos. Golpes, disparos, rugidos de dolor y miedo se mezclan en un instante que parece eterno. Los animalistas ya no razonan, no escuchan explicaciones ni miradas calmadas. En sus cabezas solo existe una verdad torcida y peligrosa, los piratas han venido a acabar con los dinosaurios, y ellos están dispuestos a matar para impedirlo.
La violencia se desata no como una elección, sino como una consecuencia inevitable de la obsesión. Y mientras la jungla observa, indiferente y antigua, queda claro que este enfrentamiento no nace del odio… sino de una devoción tan absoluta que ha dejado de ser humana.
Información
*Pienso* -Hablo- Narro
![[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]](https://i.imgur.com/5IZMHzN.jpeg)
