11-02-2026, 01:49 AM
Ya iba cayendo la noche cuando dejó el último saco de arroz junto a una pila. Ese en particular, venía perdiendo granos y dejando un caminito bien hilado del que las hormigas iban a hacerse un botín. Un botín explosivo, claro, porque estaban metiendo dinamita lista para reventar su colonia desde dentro —. Bingo. Como un "caballo de troya". — aunque no sabía exactamente qué significaba aquella frase que había oído recitar a algunos miembros de su antiguo grupo. Y es que quizá no tuviese siquiera un significado real, quizá alguno proveniente de un mar muy lejano que él desconocía, pues no había oído del término en toda su vida, que tampoco había sido de una persona muy docta. Tampoco sabía si era real o simplemente un mito aquello de que el arroz explotaba cuando esos insectos antenudos lo introducían dentro de sus colonias. No es algo que le quitase el sueño, pero sí era curioso.
— ¿Dijiste algo, muchacho? — preguntó un señor un tanto mayor, de ropajes sencillos y frente sudada, que acomodaba la montura de un caballo oscuro presente en aquél cobertizo abierto. Wyatt negó y agitó las manos, suspirando y riendo para sí mismo. Otra vez había hablado solo. No era para nada charlatán, pero desde su llegada a la isla hacía unos días, apenas había intercambiado mucha palabra con nadie, pues disfrutaba de la soledad. Y claro, luego de una jornada entera donde estaba sólo con su alma, creyó estar solo cuando lanzó aquel comentario.
Se estiró un poco y se acercó a aquél hombre, que señaló la pérdida del saco —. Lo siento. — se disculpó de inmediato el rubio, descolgando el bolso de arpillera en el que llevaba sus pocas pertenencias, que había recogido de la gaveta que le ofrecieron a la mañana. El hombre sonrió ante la actitud comprensiva, y agitó la mano antes de rebuscar unas monedas de su bolsillo —. Descuida, no te descontaré nada. Es tarde, ni los que lo usan de entrenamiento se quedan tanto.
Aceptó el pago y lo guardó sin echarle mucho ojo. De su bolsa sacó una bolsa más pequeñas con zanahorias y se la alcanzó, cabeceando hacia el equino —. Mi estofado igual sabrá bien sin esto. Son un regalo para él. — y sonrió dándose media vuelta, mientras cerraba su bolsa y la ajustaba en su hombro —. Me quedaría a dárselas yo mismo, pero se me hace tarde.
¿Para qué se le esfumaba tanto el tiempo?
Quince minutos después, estaba tirado a un par de metros del camino, entre los arrozales. Bastante frondosos en esa zona, que todavía estaba terminando de crecer. Allí, entre el humedal y los canales que rodeaban las plantaciones, un Wyatt salvaje se daba un baño en el arrozal. Había dejado su bolsa y su ropa amontonada en el camino de tierra, y no podía verlo bien por la vegetación, así que se alarmó bastante cuando oyó ruidos provenientes de la carretera. Se puso de pie y sacudió la cabeza, intentando discernir qué era y de dónde venían los ruidos. ¿Algún animal? ¿O gente que pasaba? Temía, sobre todo, que el dueño del campo se hubiese percatado de que él estaba allí bañándose, así que se quedó quieto y guardó silencio. Para colmo, había dejado su revolver en la bolsa, así que se sentía más desnudo que lo que ya estaba.
— ¿Dijiste algo, muchacho? — preguntó un señor un tanto mayor, de ropajes sencillos y frente sudada, que acomodaba la montura de un caballo oscuro presente en aquél cobertizo abierto. Wyatt negó y agitó las manos, suspirando y riendo para sí mismo. Otra vez había hablado solo. No era para nada charlatán, pero desde su llegada a la isla hacía unos días, apenas había intercambiado mucha palabra con nadie, pues disfrutaba de la soledad. Y claro, luego de una jornada entera donde estaba sólo con su alma, creyó estar solo cuando lanzó aquel comentario.
Se estiró un poco y se acercó a aquél hombre, que señaló la pérdida del saco —. Lo siento. — se disculpó de inmediato el rubio, descolgando el bolso de arpillera en el que llevaba sus pocas pertenencias, que había recogido de la gaveta que le ofrecieron a la mañana. El hombre sonrió ante la actitud comprensiva, y agitó la mano antes de rebuscar unas monedas de su bolsillo —. Descuida, no te descontaré nada. Es tarde, ni los que lo usan de entrenamiento se quedan tanto.
Aceptó el pago y lo guardó sin echarle mucho ojo. De su bolsa sacó una bolsa más pequeñas con zanahorias y se la alcanzó, cabeceando hacia el equino —. Mi estofado igual sabrá bien sin esto. Son un regalo para él. — y sonrió dándose media vuelta, mientras cerraba su bolsa y la ajustaba en su hombro —. Me quedaría a dárselas yo mismo, pero se me hace tarde.
¿Para qué se le esfumaba tanto el tiempo?
Quince minutos después, estaba tirado a un par de metros del camino, entre los arrozales. Bastante frondosos en esa zona, que todavía estaba terminando de crecer. Allí, entre el humedal y los canales que rodeaban las plantaciones, un Wyatt salvaje se daba un baño en el arrozal. Había dejado su bolsa y su ropa amontonada en el camino de tierra, y no podía verlo bien por la vegetación, así que se alarmó bastante cuando oyó ruidos provenientes de la carretera. Se puso de pie y sacudió la cabeza, intentando discernir qué era y de dónde venían los ruidos. ¿Algún animal? ¿O gente que pasaba? Temía, sobre todo, que el dueño del campo se hubiese percatado de que él estaba allí bañándose, así que se quedó quieto y guardó silencio. Para colmo, había dejado su revolver en la bolsa, así que se sentía más desnudo que lo que ya estaba.
