11-02-2026, 03:46 AM
La realidad era que Cill no sabía si realmente se había dado a entender, puesto que a veces, el tampoco terminaba de comprender aquello que le expresó a la joven de pelo cobrizo, de hecho era algo que comprendía más en su corazón que en su consciencia, era algo que sentía a fuego más que comprender a pulso en su mente. Pero, aún así le encantaba el hecho de poder realmente sacar eso que tenía en su pecho con alguien, sus ideas quizás para algunos sonaban locas, para otros quizás sosas... Pero para él, no se trataba de ver quien era el más poderoso, ni más temido, ni quien tenía el mayor tesoro, ni nada de ello, era remontarse al pasado, un tiempo alegre, feliz, donde una promesa mantenía vivo a fuego su ideal... Quería conocer el cielo desde todos los ángulos, quería ver los mares y su inmensidad, y ver hasta donde llegaban, quería sentirse lo más libre del mundo, y vivir de esa manera, después de todo, si seguía vivo, era de suerte, esa que tanto amaba, y no pensaba desaprovecharla, quería vivirla al máximo y experimentar todo, sentirse vivo en cada cosa que hacía... Sabía que debajo del cielo, visto desde lejos, no existían fronteras, políticas, ni nada, todos eran iguales, personas, que viven, mueren, algunos con sueños, otros con penas, algunos cumpliéndolos, otros sufriéndolas, y el pelinegro no quería ser de esos que viven con arrepentimientos. Y eso, es la promesa que aún colgaba de su pecho, que venía de muchísimo tiempo atrás, en ese pasado que al recordarlo, cargaba sus ojos de una melancolía ida, perdida en su mirada, observando algún punto que no prestaba atención realmente.
El humo de su cigarro se difuminaba en una danza en ascenso al cielo, perdiendose en el aire, mientras Cill fumaba calmadamente, ahora más enfocado en el aquí y ahora, observando con una amplia y serena sonrisa a la violinista, su energía vivaz y llena de pureza le transmitía calma y alegría, contagiando esa energía al pirata, que echó a reír viendo la reacción de ella, aliviando en parte quizás la duda de si ella habría entendido quizás lo que el pelinegro sentía dentro suyo y tanto le costaba explicar en palabras. En cierto aspecto le generó ternura, las ideas de ella, le recordaban un poco a lo que el sentía y quería, el mundo era muy grande, y un mapa completo puesto a descubrir, quizás ella apuntaba a la música, y él a otra cosa, pero no podía negar el hecho de que le encantaría poder ser parte de esa aventura y disfrutar de escucharla cada día tocar su música, era algo que le llenaba y traía calma.
La risa poco a poco fué menguando, para morir en una sonrisa cargada con un aire de paz. Comprendía lo que quería... Lentamente se incorporó, tirando su cigarro, observando a aquella risueña joven y se acercó lentamente habiendo antes tomado su violín que había dejado a un costado de Cill, puesto que ella ya no estaba en medio. Con su mano libre, la apoyó en la cabeza de Miyori suavemente, entrelazando suavemente sus dedos entre algunos mechones mientras su mano descansaba suavemente en la cabeza de ella, y agachando un poco su rostro a su altura le extendió su violín para que ella lo tome nuevamente. —Una excelente músico como usted, Miyori, no debería dejar su herramienta más preciada tan lejos— le comentó con una sonrisa gentil —Apuesto que será así... El mundo es enorme, y me imagino que debe haber tanto por conocer... ¿No suena emocionante?— le preguntó con una sonrisa cargada de fuego al igual que en sus ojos, que miraban directo y sin distracción los de ella. Sacudió un poco su mano, acariciando la cabeza de ella, despeinandola sutilmente para volver a tomar algo de distancia, y se echó a reír a carcajadas mirando ahora al cielo otra vez.
—¿Sabes?— le preguntó luego de las risas, con un tono lleno de seguridad, pero también paz —Deberías venir conmigo, pienso viajar por todo el mundo, y no me gustaría perderme tu encantadora música.— concluyó con determinación el pirata —Seamos piratas— le preguntó volviendo a ver a los ojos a la pelinaranja con una sonrisa levemente de lado —¿Qué dices?— cuestionó o propuso, depende quien, con una amplia sonrisa y sus ojos cerrados, por un instante imaginando las aventuras, peleas, y todo por lo que tenía en frente por descubrir, y queriendo que ella sea parte, para finalmente volver a observarla
El humo de su cigarro se difuminaba en una danza en ascenso al cielo, perdiendose en el aire, mientras Cill fumaba calmadamente, ahora más enfocado en el aquí y ahora, observando con una amplia y serena sonrisa a la violinista, su energía vivaz y llena de pureza le transmitía calma y alegría, contagiando esa energía al pirata, que echó a reír viendo la reacción de ella, aliviando en parte quizás la duda de si ella habría entendido quizás lo que el pelinegro sentía dentro suyo y tanto le costaba explicar en palabras. En cierto aspecto le generó ternura, las ideas de ella, le recordaban un poco a lo que el sentía y quería, el mundo era muy grande, y un mapa completo puesto a descubrir, quizás ella apuntaba a la música, y él a otra cosa, pero no podía negar el hecho de que le encantaría poder ser parte de esa aventura y disfrutar de escucharla cada día tocar su música, era algo que le llenaba y traía calma.
La risa poco a poco fué menguando, para morir en una sonrisa cargada con un aire de paz. Comprendía lo que quería... Lentamente se incorporó, tirando su cigarro, observando a aquella risueña joven y se acercó lentamente habiendo antes tomado su violín que había dejado a un costado de Cill, puesto que ella ya no estaba en medio. Con su mano libre, la apoyó en la cabeza de Miyori suavemente, entrelazando suavemente sus dedos entre algunos mechones mientras su mano descansaba suavemente en la cabeza de ella, y agachando un poco su rostro a su altura le extendió su violín para que ella lo tome nuevamente. —Una excelente músico como usted, Miyori, no debería dejar su herramienta más preciada tan lejos— le comentó con una sonrisa gentil —Apuesto que será así... El mundo es enorme, y me imagino que debe haber tanto por conocer... ¿No suena emocionante?— le preguntó con una sonrisa cargada de fuego al igual que en sus ojos, que miraban directo y sin distracción los de ella. Sacudió un poco su mano, acariciando la cabeza de ella, despeinandola sutilmente para volver a tomar algo de distancia, y se echó a reír a carcajadas mirando ahora al cielo otra vez.
—¿Sabes?— le preguntó luego de las risas, con un tono lleno de seguridad, pero también paz —Deberías venir conmigo, pienso viajar por todo el mundo, y no me gustaría perderme tu encantadora música.— concluyó con determinación el pirata —Seamos piratas— le preguntó volviendo a ver a los ojos a la pelinaranja con una sonrisa levemente de lado —¿Qué dices?— cuestionó o propuso, depende quien, con una amplia sonrisa y sus ojos cerrados, por un instante imaginando las aventuras, peleas, y todo por lo que tenía en frente por descubrir, y queriendo que ella sea parte, para finalmente volver a observarla
