11-02-2026, 05:05 AM
Bones abandonó el bar con un aire renovado, casi vibrante, como si la sola promesa de aquella recompensa hubiera insuflado nueva vida en su elegante figura. No era un hombre fácil de impresionar, mucho menos de entusiasmar por algo tan mundano como la captura de un simple animal; sin embargo, la cifra anunciada en aquel cartel tenía el curioso efecto de suavizar su humor y aligerar sus pasos. La escasez era una vieja enemiga, y él no tenía intención alguna de volver a estrechar su mano huesuda.
Caminaba con soltura por las calles de la ciudad, el taconeo firme marcando un ritmo constante sobre los adoquines. Había algo teatral en su andar, una elegancia estudiada que hacía que incluso el acto de desplazarse pareciera una puesta en escena. Entre sus dedos, como si fueran una extensión natural de su propio cuerpo, aparecían y desaparecían cartas de naipe con impecable destreza. Surgían entre sus falanges con un giro sutil de muñeca y se esfumaban con la misma facilidad, como si el aire mismo conspirara para obedecerle. Era un gesto inconsciente, casi meditativo, pero también una advertencia silenciosa para quien supiera leer entre líneas.
A medida que avanzaba, las callejas humildes quedaron atrás. Las casas de madera húmeda y maltratada, inclinadas por el peso de los años y la indiferencia de sus dueños, daban paso poco a poco a fachadas más refinadas. La piedra pulida reemplazaba la madera astillada; los balcones ornamentados sustituían a las ventanas torcidas. El contraste era tan marcado que resultaba casi obsceno. Bones observaba aquella transición con una sonrisa apenas insinuada, consciente de que la desigualdad era una constante tan firme como la muerte misma. Y él, después de todo, conocía bien ambas caras del tablero.
Fue entonces cuando su expresión se tornó más contenida. No necesitaba girarse para saber que no estaba solo. Su olfato, afinado por años de experiencias menos que legales, captó de nuevo aquel persistente aroma a tabaco. Lo había notado desde que salió del bar, una fragancia densa y áspera que no encajaba con el perfume salino del puerto ni con el aroma dulzón de las panaderías cercanas. Era un olor que insistía, que se mantenía a una distancia prudente, pero constante.
Intentó ignorarlo al principio. Podía ser coincidencia. Una ilusión. Una paranoia alimentada por viejas traiciones. Aun así, al atravesar una zona más concurrida —comerciantes vociferando ofertas, niños corriendo entre los puestos, marineros cargando barriles— decidió acelerar apenas el paso. No lo suficiente para parecer apresurado, pero sí para poner a prueba la persistencia de aquella sombra invisible. Se deslizó entre la multitud con elegancia, las cartas danzando entre sus dedos como si el truco fuese más importante que el destino.
Durante algunos minutos, el ritmo se mantuvo estable. Bones permitió que una parte de su mente se relajara, considerando la posibilidad de que todo no fuera más que una jugarreta de su imaginación. Pero justo al llegar a la dirección indicada en el cartel que había extraído de la tablilla del bar, el aroma regresó con fuerza, inconfundible. Esta vez no había duda.
Se giró lentamente, sin perder la compostura. Allí estaba: un hombre de cabellos despeinados, traje desprolijo y mirada entrecerrada, como si el mundo le resultara apenas digno de atención. Sus ojos transmitían una despreocupación calculada que a Bones no le agradó en lo más mínimo.
Frunció el ceño, dispuesto a pronunciar alguna frase cortante, cuando la imponente puerta de madera de la mansión ante él se abrió de par en par con estruendo teatral. La escena cambió de foco en un instante.
Un hombre regordete apareció en el umbral, de mejillas sonrosadas y barba blanca perfectamente arreglada. Su vestimenta, colorida y estrafalaria, parecía competir por atención con su propia personalidad desbordante.
—¡Ahoy, qué alegría! ¡Otros interesados por la búsqueda de mi querido Prince! —exclamó con voz cantarina, gesticulando con entusiasmo—. ¡Vamos, vamos, no hay tiempo que perder!
Sin darles oportunidad de replicar, se dio media vuelta e inició la marcha por el amplio pasillo de la casona. La entrada era ostentosa hasta el exceso: alfombras gruesas, lámparas de cristal, retratos dorados. El anfitrión avanzaba hacia unas puertas abiertas que revelaban lo que parecía un despacho personal.
Bones permaneció unos segundos inmóvil, evaluando la situación, antes de entrecerrar los ojos y mirar de soslayo al hombre del tabaco.
Comenzó a caminar hacia el despacho, sus pasos resonando con calma calculada.
—Así que habías estado siguiéndome todo este tiempo, ¿no? —murmuró sin mirarlo directamente, una carta girando entre sus dedos con precisión hipnótica—. Espero que entiendas algo importante: ese dinero ya tiene dueño… y sería una verdadera lástima que malinterpretaras tu papel en esta pequeña obra, ewa.
Sus labios se curvaron en una sonrisa ladeada.
—Deberías ir olvidándote de la recompensa. No suelo compartir aquello que he decidido reclamar.
Y esta vez, no pensaba volver a conocer la escasez.
Caminaba con soltura por las calles de la ciudad, el taconeo firme marcando un ritmo constante sobre los adoquines. Había algo teatral en su andar, una elegancia estudiada que hacía que incluso el acto de desplazarse pareciera una puesta en escena. Entre sus dedos, como si fueran una extensión natural de su propio cuerpo, aparecían y desaparecían cartas de naipe con impecable destreza. Surgían entre sus falanges con un giro sutil de muñeca y se esfumaban con la misma facilidad, como si el aire mismo conspirara para obedecerle. Era un gesto inconsciente, casi meditativo, pero también una advertencia silenciosa para quien supiera leer entre líneas.
A medida que avanzaba, las callejas humildes quedaron atrás. Las casas de madera húmeda y maltratada, inclinadas por el peso de los años y la indiferencia de sus dueños, daban paso poco a poco a fachadas más refinadas. La piedra pulida reemplazaba la madera astillada; los balcones ornamentados sustituían a las ventanas torcidas. El contraste era tan marcado que resultaba casi obsceno. Bones observaba aquella transición con una sonrisa apenas insinuada, consciente de que la desigualdad era una constante tan firme como la muerte misma. Y él, después de todo, conocía bien ambas caras del tablero.
Fue entonces cuando su expresión se tornó más contenida. No necesitaba girarse para saber que no estaba solo. Su olfato, afinado por años de experiencias menos que legales, captó de nuevo aquel persistente aroma a tabaco. Lo había notado desde que salió del bar, una fragancia densa y áspera que no encajaba con el perfume salino del puerto ni con el aroma dulzón de las panaderías cercanas. Era un olor que insistía, que se mantenía a una distancia prudente, pero constante.
Intentó ignorarlo al principio. Podía ser coincidencia. Una ilusión. Una paranoia alimentada por viejas traiciones. Aun así, al atravesar una zona más concurrida —comerciantes vociferando ofertas, niños corriendo entre los puestos, marineros cargando barriles— decidió acelerar apenas el paso. No lo suficiente para parecer apresurado, pero sí para poner a prueba la persistencia de aquella sombra invisible. Se deslizó entre la multitud con elegancia, las cartas danzando entre sus dedos como si el truco fuese más importante que el destino.
Durante algunos minutos, el ritmo se mantuvo estable. Bones permitió que una parte de su mente se relajara, considerando la posibilidad de que todo no fuera más que una jugarreta de su imaginación. Pero justo al llegar a la dirección indicada en el cartel que había extraído de la tablilla del bar, el aroma regresó con fuerza, inconfundible. Esta vez no había duda.
Se giró lentamente, sin perder la compostura. Allí estaba: un hombre de cabellos despeinados, traje desprolijo y mirada entrecerrada, como si el mundo le resultara apenas digno de atención. Sus ojos transmitían una despreocupación calculada que a Bones no le agradó en lo más mínimo.
Frunció el ceño, dispuesto a pronunciar alguna frase cortante, cuando la imponente puerta de madera de la mansión ante él se abrió de par en par con estruendo teatral. La escena cambió de foco en un instante.
Un hombre regordete apareció en el umbral, de mejillas sonrosadas y barba blanca perfectamente arreglada. Su vestimenta, colorida y estrafalaria, parecía competir por atención con su propia personalidad desbordante.
Sr. Halbrecht.
—¡Ahoy, qué alegría! ¡Otros interesados por la búsqueda de mi querido Prince! —exclamó con voz cantarina, gesticulando con entusiasmo—. ¡Vamos, vamos, no hay tiempo que perder!
Sin darles oportunidad de replicar, se dio media vuelta e inició la marcha por el amplio pasillo de la casona. La entrada era ostentosa hasta el exceso: alfombras gruesas, lámparas de cristal, retratos dorados. El anfitrión avanzaba hacia unas puertas abiertas que revelaban lo que parecía un despacho personal.
Bones permaneció unos segundos inmóvil, evaluando la situación, antes de entrecerrar los ojos y mirar de soslayo al hombre del tabaco.
Comenzó a caminar hacia el despacho, sus pasos resonando con calma calculada.
—Así que habías estado siguiéndome todo este tiempo, ¿no? —murmuró sin mirarlo directamente, una carta girando entre sus dedos con precisión hipnótica—. Espero que entiendas algo importante: ese dinero ya tiene dueño… y sería una verdadera lástima que malinterpretaras tu papel en esta pequeña obra, ewa.
Sus labios se curvaron en una sonrisa ladeada.
—Deberías ir olvidándote de la recompensa. No suelo compartir aquello que he decidido reclamar.
Y esta vez, no pensaba volver a conocer la escasez.
