11-02-2026, 05:24 AM
Un mechero, finalmente. Enji lo acogió entre sus manos y atesoró por un segundo el tacto frío de la carcasa metálica. Con un golpe de la punta de su dedo pulgar destapó la mecha y con el mismo movimiento, pero inverso, activó la rueda dentada que ocupaba el lateral. Los dientes mordieron el pedernal y brotaron chispas en represalia. Chispas que encendieron la resina y le dieron vida a una llama pequeña, anaranjada, que iluminó su rostro y acentuó las profundas ojeras debajo de sus ojos. Bolsas oscuras de varios días durmiendo poco y mal. Las marcas de su tortuosa vigilia en los puertos.
El calor que transmitía ese pequeño fuego trajo reminiscencias a su cabeza, pero la necesidad lo abstrajo. La necesidad de humo y tabaco. Acercó el cigarro a esa cálida luz, sorbió del filtro y quemó el papel, inhalando ese aire falso y espeso que engañaba a sus pulmones y aplacaba su ansiedad.
—¿Que tiene de malo querer ayudarte?
Digirió la pregunta junto a la primera pitada. El humo removió las asperezas de su genio, suavizando una pizca su carácter, reduciendo en un tono su podrido humor. No quería pensar que la adicción al tabaco lo había vuelto completamente dependiente de su efecto para poder funcionar, pero las pruebas estaban ahí y eran contundentes. Con nicotina en el cuerpo, la mente se le despejó y pudo escuchar un poco más a través del ruido blanco. A través de la nube de dolor y vergüenza.
Lo que encontró al otro lado fue una mano que se entendía en su ayuda y, aún así, la rechazó.
—Supongo que no tiene nada de malo —dijo—. Puedes hacerlo. Puedes tratar de subir el nivel del mar echando cubos de agua de río —Exhaló el humo que retenía en el pecho con un largo suspiro mientras se quitaba el cigarro de la boca—. Pero nada cambiará, solo habrás perdido el agua que podías beber. Gracias por el fuego, niña.
Lo último lo dijo con honestidad, con verdadera gratitud. Después extendió la mano izquierda con el mechero para devolverlo y golpeó el filtro de su cigarrillo con la derecha, en pos de descartar la ceniza acumulada. En su lugar, toda la brasa se desprendió del cuerpo del cigarro. Enji la vio descender en cámara lenta hacia los tablones de madera del puerto y ahogó una maldición en su cabeza. Tendría que volver a pedir prestado algo de fuego. O, de plano, robarse una antorcha de la calle.
«Un segundo…»
Reparó en algo extraño, algo peculiar pero que no había llamado su atención hasta que no bajó la mirada para observar la ceniza caer. ¿Desde cuándo estaban mojadas las tablas? Enji se giró hacia el mar y revisó, en un rápido paneo, los barcos más cercanos a su posición. Los veleros, las goletas, y un barco en particular, al que no paraban de cargarlo con barriles sellados, que llamó su atención. A aquel barco acababa de llegar un último barril, rodando.
Rodando.
Justo como el que había pasado entre medias de él y la muchacha hacía solo un minuto.
Enji abrió grandes los ojos.
La brasa tocó el suelo y el aceite se encendió.
El calor que transmitía ese pequeño fuego trajo reminiscencias a su cabeza, pero la necesidad lo abstrajo. La necesidad de humo y tabaco. Acercó el cigarro a esa cálida luz, sorbió del filtro y quemó el papel, inhalando ese aire falso y espeso que engañaba a sus pulmones y aplacaba su ansiedad.
—¿Que tiene de malo querer ayudarte?
Digirió la pregunta junto a la primera pitada. El humo removió las asperezas de su genio, suavizando una pizca su carácter, reduciendo en un tono su podrido humor. No quería pensar que la adicción al tabaco lo había vuelto completamente dependiente de su efecto para poder funcionar, pero las pruebas estaban ahí y eran contundentes. Con nicotina en el cuerpo, la mente se le despejó y pudo escuchar un poco más a través del ruido blanco. A través de la nube de dolor y vergüenza.
Lo que encontró al otro lado fue una mano que se entendía en su ayuda y, aún así, la rechazó.
—Supongo que no tiene nada de malo —dijo—. Puedes hacerlo. Puedes tratar de subir el nivel del mar echando cubos de agua de río —Exhaló el humo que retenía en el pecho con un largo suspiro mientras se quitaba el cigarro de la boca—. Pero nada cambiará, solo habrás perdido el agua que podías beber. Gracias por el fuego, niña.
Lo último lo dijo con honestidad, con verdadera gratitud. Después extendió la mano izquierda con el mechero para devolverlo y golpeó el filtro de su cigarrillo con la derecha, en pos de descartar la ceniza acumulada. En su lugar, toda la brasa se desprendió del cuerpo del cigarro. Enji la vio descender en cámara lenta hacia los tablones de madera del puerto y ahogó una maldición en su cabeza. Tendría que volver a pedir prestado algo de fuego. O, de plano, robarse una antorcha de la calle.
«Un segundo…»
Reparó en algo extraño, algo peculiar pero que no había llamado su atención hasta que no bajó la mirada para observar la ceniza caer. ¿Desde cuándo estaban mojadas las tablas? Enji se giró hacia el mar y revisó, en un rápido paneo, los barcos más cercanos a su posición. Los veleros, las goletas, y un barco en particular, al que no paraban de cargarlo con barriles sellados, que llamó su atención. A aquel barco acababa de llegar un último barril, rodando.
Rodando.
Justo como el que había pasado entre medias de él y la muchacha hacía solo un minuto.
Enji abrió grandes los ojos.
La brasa tocó el suelo y el aceite se encendió.
