11-02-2026, 11:35 PM
El tiempo es una ambigüedad recalcitrante.
Definido a través de la definición de otros conceptos que, a su vez, en un intento por justificarse a sí mismos, solo encuentran significado en el tiempo mismo. Es una rueda de molino: una circularidad donde el pasado se escruta desde el presente, el presente se desdibuja en un horizonte de pasado-futuro, y este último no es más que la proyección de una conciencia que intenta, desesperadamente, cartografiar su propio rastro.
Pero, ¿conciencia de qué? Podría preguntarse uno en la soledad de sus pensamientos —tal y como Bai hace de tanto en cuando.
Y aunque no siempre llega la respuesta a esa compleja duda. Últimamente ha decidido creer que se trata de la conciencia del devenir; del reconocimiento, la negación y la contradicción constante; de la dialéctica de los estados de un ser pensante donde el alma se despliega en una sucesión de conflictos y reconciliaciones efímeras consigo misma.
Sin embargo, solo en días como el presente —en los que, para ella, el tiempo deja de ser el metrónomo obstinado que fragmenta la existencia en segundos estériles y se convierte en un impulso ciego que se repliega sobre sí mismo— es cuando, paradójicamente, se ahoga.
Nada importa el haber esclarecido una de las mayores dudas en la que ni filósofos ni científicos se ponen de acuerdo.
Porque, si algo ha descubierto es que, cada vez que se da cuenta de que en el epicentro de este engranaje cíclico se halla ella —una mujer cautiva de la ironía del lenguaje—, la conciencia de que, al reconocerse, su propia imagen ya se ha desplazado, la asfixia.
Y esa certeza, una vez se fija, hace que parte de su estructura interna se quiebre.
Quizás, por eso mismo, es que ella seguia avanzando. Entercada en que el tiempo logre soldar lo que en ella está fracturado y que, en algún punto de esa rueda, emerjiera una versión de sí misma que no necesite huir ni contradecirse en cada aliento. Pero, sobre todo, una versión que no se desintegre al ser nombrada.
Quizás, por eso mismo, cuando aquella mañana la inquebrantable variable del afecto puro le golpeó con la fuerza de un hombre joven, Bai sintió que la certeza que tenía sobre su compañero había comenzado a desplazarse.
Sin embargo, si eso se desplazaba, debia aceptar que nada era inmutable y que, al final, lo que ella sentía, también iba a cambiar.
Quizás, por eso mismo, reflexionaba sobre el tiempo. Porque, al final, no necesitaba comprenderlo sino que transcurriera lo suficiente como para reconciliarse con la versión de sí misma que ya había empezado a ser.
El suave siseo del pasto húmedo y verde al ceder bajo su peso era todo lo que podía escuchar. Una sinfonía de una única nota a veces acompañada por el terroso sonido de sus botas al rozar la tierra desnuda de la colina.
Mientras tanto, por su cuello, una gota de sudor nació tras su oreja y emprendió un lento y errático descenso hasta perderse entre su ropa; no era un día especialmente caluroso. De hecho, el viento era fresco y sol clemente. Pero su cabellera, esa masa densa y opulenta que caía sobre sus hombros, se había transformado en un aislante térmico asfixiante igual que una trampa de temperatura.
Bai se recogió entonces su cabello con ambas manos como si fuera a hacerse una coleta y el viento acarició su nuca por un momento.
De pronto, la silueta de un animal captó su atención. Se trataba de un caballo solitario, entregado a la mansa tarea de pastar entre la hierba alta que, para ella, apenas alcanzaba una estatura moderada.
En ese momento, Bai, se detuvo un instante, valorando si pasar cerca de él o bordearlo, consciente de que su sola altura solía inquietar a los animales. Así, uso ese instante para pensar y soltarse el cabello que hasta entonces tenía amarrado con sus propias manos. Luego, decidió en un acto de prudencia que lo mejor era obviarlo.
Y en ese nuevo camino estaba cuando de la nada otra silueta recortada en el horizonte llamó su atención.
Salvo que, esta, era pequeña y menuda.
De esta forma, a un inicio, bajo la incorrecta creencia de que todo el mundo era tan alta como ella y, la pequeñez solo podía ser sinónimo de inmadurez biológica, confundió a la silueta con un niño perdido. Entonces, impulsada por una necesidad casi física de ser útil —y por el deseo urgente de anestesiar lo que sabia— se acercó desde la izquierda hacia donde estaba la mujer que tan apaciblamente se hallaba.
Sin embargo, tan solo verla, se sintió idiota.
Y es que, en cuanto estuvo a escasos metros de ella, aquella silueta terminó convirtiéndose en una mujer adulta que ningún tipo de protección necesitaba de ella. Y
Bai —que no podía hablar— con el rostro teñido de carmesí fruto de la vergüenza, saludó a la dama con un gesto mudo al tiempo que sonreía con nerviosismo.
Quizás, en cualquier otra ocasión hubiera hablado. Pero no aquel día. No en aquel momento. Y aún menos tras aquella torpeza.
Mientras tanto, sus alas sufrieron un estremecimiento impulsivo; un espasmo de seda blanca que delató ante la forastera que algo se sacudía el interior de la birkiniana. Y es que, para ser honestos, había una armonía estética en aquella mujer, una belleza exagerada, que Bai se veía incapaz de categorizar bajo sus esquemas habituales. Y aunque sospechaba que el origen de su agrado residía en la amalgama sensorial que la envolvía —ese aroma a petricor, a tallos rotos y a la humedad del rocío—, para una mente tan rigurosa como la suya, el sólo ser una hipótesis aromática, no era algo en lo que terminara por confiar.
Definido a través de la definición de otros conceptos que, a su vez, en un intento por justificarse a sí mismos, solo encuentran significado en el tiempo mismo. Es una rueda de molino: una circularidad donde el pasado se escruta desde el presente, el presente se desdibuja en un horizonte de pasado-futuro, y este último no es más que la proyección de una conciencia que intenta, desesperadamente, cartografiar su propio rastro.
Pero, ¿conciencia de qué? Podría preguntarse uno en la soledad de sus pensamientos —tal y como Bai hace de tanto en cuando.
Y aunque no siempre llega la respuesta a esa compleja duda. Últimamente ha decidido creer que se trata de la conciencia del devenir; del reconocimiento, la negación y la contradicción constante; de la dialéctica de los estados de un ser pensante donde el alma se despliega en una sucesión de conflictos y reconciliaciones efímeras consigo misma.
Sin embargo, solo en días como el presente —en los que, para ella, el tiempo deja de ser el metrónomo obstinado que fragmenta la existencia en segundos estériles y se convierte en un impulso ciego que se repliega sobre sí mismo— es cuando, paradójicamente, se ahoga.
Nada importa el haber esclarecido una de las mayores dudas en la que ni filósofos ni científicos se ponen de acuerdo.
Porque, si algo ha descubierto es que, cada vez que se da cuenta de que en el epicentro de este engranaje cíclico se halla ella —una mujer cautiva de la ironía del lenguaje—, la conciencia de que, al reconocerse, su propia imagen ya se ha desplazado, la asfixia.
Y esa certeza, una vez se fija, hace que parte de su estructura interna se quiebre.
Quizás, por eso mismo, es que ella seguia avanzando. Entercada en que el tiempo logre soldar lo que en ella está fracturado y que, en algún punto de esa rueda, emerjiera una versión de sí misma que no necesite huir ni contradecirse en cada aliento. Pero, sobre todo, una versión que no se desintegre al ser nombrada.
Quizás, por eso mismo, cuando aquella mañana la inquebrantable variable del afecto puro le golpeó con la fuerza de un hombre joven, Bai sintió que la certeza que tenía sobre su compañero había comenzado a desplazarse.
Sin embargo, si eso se desplazaba, debia aceptar que nada era inmutable y que, al final, lo que ella sentía, también iba a cambiar.
Quizás, por eso mismo, reflexionaba sobre el tiempo. Porque, al final, no necesitaba comprenderlo sino que transcurriera lo suficiente como para reconciliarse con la versión de sí misma que ya había empezado a ser.
El suave siseo del pasto húmedo y verde al ceder bajo su peso era todo lo que podía escuchar. Una sinfonía de una única nota a veces acompañada por el terroso sonido de sus botas al rozar la tierra desnuda de la colina.
Mientras tanto, por su cuello, una gota de sudor nació tras su oreja y emprendió un lento y errático descenso hasta perderse entre su ropa; no era un día especialmente caluroso. De hecho, el viento era fresco y sol clemente. Pero su cabellera, esa masa densa y opulenta que caía sobre sus hombros, se había transformado en un aislante térmico asfixiante igual que una trampa de temperatura.
Bai se recogió entonces su cabello con ambas manos como si fuera a hacerse una coleta y el viento acarició su nuca por un momento.
De pronto, la silueta de un animal captó su atención. Se trataba de un caballo solitario, entregado a la mansa tarea de pastar entre la hierba alta que, para ella, apenas alcanzaba una estatura moderada.
En ese momento, Bai, se detuvo un instante, valorando si pasar cerca de él o bordearlo, consciente de que su sola altura solía inquietar a los animales. Así, uso ese instante para pensar y soltarse el cabello que hasta entonces tenía amarrado con sus propias manos. Luego, decidió en un acto de prudencia que lo mejor era obviarlo.
Y en ese nuevo camino estaba cuando de la nada otra silueta recortada en el horizonte llamó su atención.
Salvo que, esta, era pequeña y menuda.
De esta forma, a un inicio, bajo la incorrecta creencia de que todo el mundo era tan alta como ella y, la pequeñez solo podía ser sinónimo de inmadurez biológica, confundió a la silueta con un niño perdido. Entonces, impulsada por una necesidad casi física de ser útil —y por el deseo urgente de anestesiar lo que sabia— se acercó desde la izquierda hacia donde estaba la mujer que tan apaciblamente se hallaba.
Sin embargo, tan solo verla, se sintió idiota.
Y es que, en cuanto estuvo a escasos metros de ella, aquella silueta terminó convirtiéndose en una mujer adulta que ningún tipo de protección necesitaba de ella. Y
Bai —que no podía hablar— con el rostro teñido de carmesí fruto de la vergüenza, saludó a la dama con un gesto mudo al tiempo que sonreía con nerviosismo.
Quizás, en cualquier otra ocasión hubiera hablado. Pero no aquel día. No en aquel momento. Y aún menos tras aquella torpeza.
Mientras tanto, sus alas sufrieron un estremecimiento impulsivo; un espasmo de seda blanca que delató ante la forastera que algo se sacudía el interior de la birkiniana. Y es que, para ser honestos, había una armonía estética en aquella mujer, una belleza exagerada, que Bai se veía incapaz de categorizar bajo sus esquemas habituales. Y aunque sospechaba que el origen de su agrado residía en la amalgama sensorial que la envolvía —ese aroma a petricor, a tallos rotos y a la humedad del rocío—, para una mente tan rigurosa como la suya, el sólo ser una hipótesis aromática, no era algo en lo que terminara por confiar.
Karmas que van siempre con Bai
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
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Nv.23 — Silogista
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