Un día más en la oficina [AV. T1- Presente Relativo]
#9
El estruendo final que sacudió los cimientos de "El Ancla Rota" no fue el de una tormenta tropical, aunque el resultado dentro del local bien podría sugerirlo. Tras el violento despliegue de Juan Sebastián, el aire en la taberna quedó suspendido en una densa bruma de polvo de yeso, astillas de madera de pino y el vapor acre de los barriles de ron que habían reventado bajo el peso del caparazón del recluta. El silencio que siguió al ataque fue súbito y pesado, solo roto por el goteo rítmico de los licores filtrándose por las grietas del suelo y el quejido sordo de casi una veintena de hombres que yacían esparcidos como muñecos de trapo entre los escombros.

La luz del sol de primavera, que seguía brillando con una calma indiferente sobre los tejados naranjas de Baquella, entraba ahora por el enorme boquete de la ventana por la que el antiguo cabecilla se había escabullido. Aquella retirada cobarde había dejado una marca clara en el ambiente: el rastro de sangre y el olor a miedo de quienes no conocen el peso del deber. Mientras tanto, en el centro de aquel epicentro de destrucción, la figura del gyojin destacaba como una mole de justicia inamovible. Las paredes blancas de la taberna, que antes lucían inmaculadas, mostraban ahora las cicatrices de la refriega; salpicaduras de sangre y marcas de impactos profundos que contaban la historia de una resistencia que superó con creces lo que cualquier maleante de puerto esperaba de un simple recluta.

Bajo la presión de la pinza de Juan Sebastián, el último hombre en pie sentía cómo el mundo se estrechaba. El resto de sus compañeros eran poco más que bultos gimiendo entre los restos de la barra del bar, la cual había servido de escudo y ahora era solo madera astillada teñida de un carmesí oscuro. El sujeto, que apenas unos minutos antes reía amparado por la falsa seguridad de la masa, ahora temblaba con tal intensidad que la pata de silla que sostenía cayó al suelo con un chasquido seco. Sus ojos, desorbitados por el terror, buscaban desesperadamente una salida que ya no existía. El rostro del recluta, imponente en su forma híbrida, era lo último que esperaba ver un criminal en una isla tan supuestamente tranquila como Baterilla.

—¡No... no me mates, por favor! —balbuceó el hombre, con la voz quebrada y el aliento entrecortado por la presión en su cuello—. ¡Yo solo soy un mandado! ¡El Intendente no perdona los fallos, por eso el jefe se largó!

La mención de ese nombre pareció enfriar aún más la temperatura del local. Fuera, en las calles de Baquella, el eco de los disturbios parecía haber amainado, como si el estallido dentro de la taberna hubiera servido de advertencia para el resto de las pandillas. A lo lejos, el gran faro de la isla se alzaba sobre el acantilado, una columna naranja que vigilaba el mar embravecido, ajeno a la suciedad que intentaba echar raíces en el puerto. El volcán inactivo de dos mil metros, rodeado de su manto de palmeras, proyectaba una sombra alargada sobre el pueblo, recordando a todos que la estabilidad es frágil y que la violencia puede estallar en cualquier rincón.

—¡El Intendente debería estar en los almacenes de la zona sur! —gritó finalmente el sujeto, ante la insistencia silenciosa pero letal de la pinza—. Almacén número cuatro... el que tiene el techo de zinc negro y las puertas reforzadas. ¡Llegó hace dos días en una goleta sin bandera! Está coordinando la recogida de los pagos de "protección" de todos los comerciantes... Se supone que hoy es el último día antes de que se marchen de esta isla...

Justo en ese momento, el crujido final de la puerta principal anunció la llegada de una nueva marabunta de gente. Los restos de la entrada se desplomaron hacia dentro, levantando una última nube de serrín. Por el umbral aparecieron cinco infantes de marina, jadeando y con los mosquetes en mano, seguidos por un oficial de bajo rango que se detuvo en seco al procesar la carnicería. El oficial miró los cuerpos, miró la barra desaparecida y luego clavó la vista en el recluta que aún sostenía al informante.

—Recluta... —el oficial tragó saliva, ajustándose la gorra mientras observaba una mesa incrustada en el techo—. Se le ordenó patrullar y disolver altercados, no demoler un edificio... El capitán va a tener palabras muy serias sobre este... presupuesto de reparaciones.

A pesar del tono de reproche, los otros soldados no pudieron evitar intercambiar miradas de asombro. Habían llegado esperando una riña de borrachos y se habían encontrado con una taberna destrozada al punto de ser irreconocible, y a su compañero gyojin en medio. Mientras los refuerzos comenzaban a maniatar a los delincuentes inconscientes y a despejar el local de los algunos civiles que se habían quedado agazapados tras los barriles.

Juan Sebastián, aún con la adrenalina recorriendo su sistema y la fatiga empezando a reclamar su lugar tras el esfuerzo físico, atesoró con alegría aquella pieza en su rompecabezas personal. Seguramente la zona sur tendría más secretos que revelar... 

La caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]


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RE: Un día más en la oficina [AV. T1- Presente Relativo] - por Kibai - 12-02-2026, 01:21 AM

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