12-02-2026, 04:08 AM
(Última modificación: 12-02-2026, 04:08 AM por Tensui Marlin.)
Unos pocos instantes atras:
Hay muchas ocasiones en las que los más jóvenes, en su búsqueda de propósito, terminan tomando como figura de autoridad a las personas equivocadas, la fuerza los deslumbra, la independencia les impone y cuando alguien se presenta como el héroe que castiga el mal sin titubear, los ojos de un niño pueden brillar con admiración sin comprender lo que realmente está viendo, para un joven, la firmeza absoluta puede confundirse con rectitud, la dureza puede parecer valentía, la ausencia de duda puede parecer convicción inquebrantable y así, creyendo que seguir esos pasos es lo correcto, comienzan a moldear su propia idea de justicia sin cuestionarla.Muchos crecen bajo esa influencia. Se convencen de que el mundo necesita mano dura, que la compasión es debilidad y que el miedo es una herramienta legítima, con el tiempo, esa visión se solidifica, se vuelve parte de su identidad y cuando finalmente ingresan a la Marina, lo hacen con una idea ya formada, una interpretación rígida y simplificada de lo que significa impartir justicia. El problema no es la búsqueda de orden. El problema es cuando la justicia deja de ser equilibrio y se convierte en obsesión, porque la línea entre proteger y destruir puede volverse invisible para quien nunca aprendió a distinguirla.
Ese era exactamente el caso que se había dado con los miembros de la División 107 de la Marina. Cuatro reclutas que coincidieron al ascender al rango de soldado raso, no se unieron por amistad. No compartían historias personales ni lazos previos, no era camaradería lo que los mantenía juntos. Era algo mucho más profundo, los cuatro compartían el mismo ideal, habían crecido bajo la influencia directa de un marine que, para ellos, representaba la encarnación absoluta del heroísmo.
Un hombre que no dudaba, un hombre que no negociaba, un hombre que castigaba el mal con una contundencia que parecía pura, limpia, definitiva. Douglas Maracai Bo, para esos jóvenes, él no era el exsargento destituido que figuraba en los archivos oficiales, no era el extremista acusado de traición, no era el hombre al que la Marina ahora encadenaba como criminal. Era el modelo a seguir, el ejemplo de lo que un marine debía ser. La justicia sin fisuras y mientras la institución lo señalaba como un error que debía corregirse, ellos lo recordaban como el hombre que les enseñó que el mundo solo podía cambiarse eliminando aquello que lo corrompía.
No eran simples subordinados, eran el resultado de su doctrina y en algún punto de la isla de Baterilla, entre la jungla y el eco de una risa desquiciada, cuatro jóvenes de la División 107 caminaban convencidos de que su héroe nunca estuvo equivocado.
Actualidad: Enji vs Tamiel
Mientras tanto, en otro punto de la jungla, los cuatro jóvenes de la División 107 avanzaban entre la vegetación con paso firme pero contenido, no corrían ni gritaban, no actuaban como rebeldes imprudentes. Sabían perfectamente que no debían intervenir en el arresto ni en el traslado, las órdenes eran claras y los cuatro estaban convencidos de que las respetarían. No estaban allí para rescatarlo y claramente ninguno estaba allí para enfrentarse a nadie.
Solo querían verlo, aunque fuera desde lejos, aunque fuera por un instante, para ellos eso bastaría, porque para ellos, Douglas Maracai Bo no era el hombre descrito en los informes internos ni el traidor que el alto mando señalaba con severidad. Era el sargento que visitaba sus islas cuando eran niños. El marine que hablaba con firmeza pero también con cercanía. El que les enseñaba que la debilidad era peligrosa, pero que la valentía podía cambiar el mundo.
Recordaban cómo se detenía a escuchar a los más pequeños, cómo entrenaba con ellos, cómo hablaba de justicia con una pasión que los hacía sentir protegidos, no podían reconciliar esa imagen con la del criminal encadenado, para ellos, debía tratarse de un error, un simple malentendido político o una decisión injusta tomada por superiores que no comprendían su verdadero valor.
Mientras avanzaban por la selva, convencidos de que solo observarían y nada más, una idea silenciosa se mantenía intacta en sus mentes, un héroe no puede convertirse en villano de la noche a la mañana y si el mundo dice lo contrario entonces quizá sea el mundo el que esté equivocado, era exactamente el mismo pensamiento que todos tenían cuando de repente se escuchó la voz del Ex Sargento y todos se apresuraron al lugar donde presenciaron una escena que no habían visto jamas, al sargento Gorgie, el mono acompañante de Douglas, atacando a otro marine. Todos quedaron simplemente asombrados. No por el discurso, ni siquiera por la osadía del exsargento, sino por las capacidades del simio. Jamás habían visto algo semejante, y mucho menos en un animal que, en teoría, no debía poseer tal nivel de técnica, coordinación o entendimiento del combate.
Demasiadas cosas ocurrieron en apenas unos segundos, la evasión perfecta, el contraataque calculado, el salto imposible, habían prometido no intervenir. Se lo repitieron mentalmente mientras avanzaban por la selva, solo observar, solo confirmar con sus propios ojos que Douglas estaba bien, nada más, pero cuando Enji lanzó la patada hacia el exsargento Douglas, esa promesa se quebró. Tamiel y su equipo no pudieron evitar reaccionar, sus cuerpos se movió antes de que su mente terminara de formular la decisión. Con una velocidad sobrehumana, salieron desde su posición y redujeron la distancia en un instante, acercándose al punto de impacto con la clara intención de detener el ataque del marine.
Por parte de Tamiel no fue una acción estratégica, fue reflejo, fue lealtad, en ese movimiento, breve pero decisivo, quedó claro que la línea entre espectador e implicado había desaparecido por completo, Tamiel se interpuso sin vacilar, alzando sus puños enguantados y bloqueando la trayectoria de la patada de Enji antes de que pudiera alcanzar a Douglas. El impacto resonó con un golpe seco, contenido, la fuerza desviada en el último instante, mientras tanto el polvo aún flotaba en el aire cuando Tamiel quedó plantado frente a él, firme, estable, sin retroceder un solo paso. —Novato. —Su voz fue grave, peligrosa, dominante —La orden dice claramente no herir al sargento.— No levantó el tono, ni gritó, porque en realidad no hizo falta.
Las palabras se deslizaron con un peso autoritario que parecía colarse por los oídos de Enji como una advertencia más que como un recordatorio. A unos metros, Douglas observaba la escena con una expresión que oscilaba entre la satisfacción y la curiosidad, mientras Gorgie permanecía alerta, su mirada moviéndose entre los presentes con una inteligencia incómodamente humana. El bosque, testigo silencioso de la fractura entre marines, volvió a quedar en una calma tensa, cargada de algo que ya no podía deshacerse con simples palabras.
Actualidad: Juan vs Megumi
Megumi, por su parte, no perdió detalle de la escena. Su mirada se fijó con precisión en el gyojin de la División 93, Juan Sebastián. Evaluó la situación en una fracción de segundo, porque sabia que si alguien podía alcanzar a Gorgie antes de que la situación escalara aún más, era él y tomó una decisión, desde el impulso de su carrera, elevó el arma y disparó con cálculo frío hacia el duro caparazón de Juan. No apuntó a un punto vital, no buscó perforar, lo unico que buscaba el marine era detener.
El proyectil impactó con un sonido seco contra la superficie resistente, desviando la inercia del gyojin, lo que obligaría a interrumpir su avance antes de que pudiera conectar un golpe contra el simio, Megumi no gritó advertencias, y claro que no pidió disculpas, su acción fue directa y ejecutada con la seguridad de alguien convencido de estar evitando un error mayor, la tensión ya no era solo entre marines y prisionero, ahora había fuego cruzado entre divisiones.
—¡Oeee, Cangrezilla! — El grito rasgó el aire como una pedrada y Gorgie mostró los dientes, no en miedo, sino en desafío. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de furia y burla mientras golpeaba su propio pecho con el puño cerrado. —¿De verdad puedes atacar a un pobre animal por la espalda? — Su voz no era la de una persona confundida, era clara, provocadora, humana en intención. El mono dio un pequeño salto lateral, manteniéndose entre Douglas y el resto, moviéndose con esa agilidad antinatural que ya había dejado a todos en silencio segundos atrás.
—Si vas a pegar, pega de frente, que yo también sé morder. —Un murmullo recorrió a los marines, ya no estaban viendo a una mascota, estaban viendo a alguien que entendía perfectamente lo que estaba ocurriendo y eso era mucho más inquietante.
Megumi terminó su recorrido con un giro seco de botas contra el suelo, frenando justo frente a Juan Sebastián, el cañón de su pistola se alzó sin temblar, firme, apuntando directo al rostro del gyojin. —Te apuesto diez mil berries a que te abro el cráneo de un tiro si das un paso más. — La sonrisa que se dibujó en su rostro no era nerviosa ni forzada, era disfrute puro. Una mueca ladeada, afilada, casi tan macabra como la que solía mostrar Douglas cuando la sangre comenzaba a calentarle el pulso.
Megumi no era un soldado disciplinado en ese instante, era un depredador al que acababan de soltar la correa. Sus ojos no se apartaron del gyojin ni un segundo. El dedo descansaba sobre el gatillo con una familiaridad peligrosa, como si aquella amenaza no fuera una exageración, sino una promesa. —Vamos —añadió en voz baja, casi divertida —Solo un pasito. Hazme ganar dinero. — El ambiente se tensó aún más. El sonido del mar a lo lejos parecía haberse apagado y las respiraciones se volvieron pesada, por primera vez, quedó claro que aquello ya no era un simple desacuerdo entre divisiones, era una chispa a punto de incendiarlo todo.
Actualidad: Takako vs Akira
La más joven de los cuatro miembros de la División 107 avanzó sin vacilar entre la vegetación, su mirada fija en un único objetivo, Akira. Ambos tenían casi la misma estatura, casi el mismo tipo de cuerpo, compactos, ágiles. Diseñados para el movimiento rápido más que para la fuerza bruta, sin embargo, durante los breves instantes previos, ella había notado algo, un pequeño flaqueo, una mínima duda en su postura, pero eso fue suficiente.
Decidió que él sería a quien debía detener, no por debilidad, sino por peligro. Akira era escurridizo y por experiencia propia Takako sabe que los escurridizos eran los más difíciles de controlar una vez que se movían. En plena carrera, la joven desenvainó su espada con un sonido limpio y metálico que cortó la tensión del bosque. Sin reducir la velocidad, impulsó su cuerpo hacia adelante y, con un salto preciso, se posicionó frente a él, interponiéndose en su trayectoria con la hoja extendida en guardia firme.
Sus ojos no mostraban odio, mostraban convicción, el acero reflejó un destello de luz entre las hojas de la selva, marcando una nueva línea en el conflicto, ahora, cada miembro parecía tener frente a sí a alguien dispuesto a impedirle avanzar y ya no quedaban espectadores. Takako no dudó, cuando el movimiento de Akira se volvió una amenaza directa, ella giró el torso apenas lo suficiente para interponerse, manteniendo la espada firme en su mano. El impacto llegó seco, contundente, el golpe no fue limpio contra su acero, parte de la fuerza atravesó su guardia y sacudió su cuerpo hacia atrás, obligándola a clavar las botas en la tierra húmeda para no caer.
El dolor recorrió su brazo como una descarga, aun así, no soltó la espada, alzó el rostro lentamente y buscó los ojos de Akira. No había miedo en los suyos, tampoco rabia descontrolada, su semblante parecía duro, incluso enojado, pero su voz salió distinta. —Por favor, no ataques al maestro.— No era una orden, no era una amenaza, simplemente era una súplica contenida en disciplina. La hoja seguía apuntando hacia él, pero no avanzó ni un centímetro, Takako no estaba intentando herirlo, estaba intentando detener algo que, en su mente, no debía ocurrir y detrás de ella, Douglas permanecía en silencio y en ese silencio pesaba más la tensión emocional que cualquier choque de acero.
Actualidad: Etsuki vs Sigrid
Etsuki fue la última en actuar, no porque dudara, ni porque temiera, sino porque aún estaba aprendiendo a convertir la emoción en movimiento, era la más nueva de la división 107. La menos experimentada en combate, la más alta entre los cuatro, su silueta destacaba incluso entre los troncos retorcidos de la selva. Sus manos temblaron apenas un segundo pero no de miedo, sino de adrenalina mal contenida.
Había crecido escuchando a Douglas, cada historia, cada discurso, cada explicación sobre la corrupción del mundo, sobre la debilidad disfrazada de leyes, sobre la “falsa justicia” que protegía criminales, su mente había sido moldeada con esas palabras desde niña. No conocía otra versión de la verdad y ahora estaba ahí, viendo cómo intentaban derribar al hombre que le enseñó lo que era “ser fuerte”. Sus dientes se apretaron y la llama en su pecho no era furia salvaje como la de Megumi, ni disciplina silenciosa como la de Takako, era convicción pura, casi religiosa.
—No —murmuró primero, apenas audible, luego dio un paso al frente tomando su alabarda y la tierra crujió bajo su bota. —No permitiré que manchen su justicia.— Su postura aún no era perfecta, su guardia no era la más técnica, pero había algo más peligroso que la experiencia en ella, fe ciega y cuando alguien pelea convencido de que el mundo depende de su victoria, se vuelve capaz de cosas aterradoras.
Corrió, sus pasos eran largos, pesados, pero decididos. La más alta de la división 93 levantaba su arma con intención clara, apuntando directamente hacia el ex sargento, pero Etsuki no lo permitió, con un giro firme de muñecas, bajó su alabarda en un arco diagonal y ¡CLANG!, el acero chocó contra acero en mitad del aire, desviando el golpe antes de que pudiera alcanzar a Douglas.
La vibración recorrió sus brazos, pero no retrocedió, sus botas se hundieron apenas en la tierra húmeda de la selva mientras sostenía la presión del cruce de armas, su respiración era intensa, pero estable. Ahora todos tenían oponente. Tamiel contra Enji. Megumi apuntando a Juan Sebastián. Takako frente a Akira. Y Etsuki, sosteniendo aquella línea invisible que separaba dos ideales irreconciliables entre ella y Sigrid la vikinga.
Era extraño, absurdamente extraño, marines enfrentándose a marines. Uniformes contra uniformes. Justicia contra justicia. Ambas divisiones habían jurado proteger al mundo, ambas creían estar haciendo lo correcto, ambas estaban dispuestas a derramar sangre por su versión de la verdad y lo más inquietante de todo era que ninguno dudaba. —Si ustedes lo llaman traidor —dijo Etsuki con la voz firme, empujando con su alabarda para obligar a su oponente a retroceder medio paso — entonces el error es de la Marina, no de él.— Sus ojos ardían, aunque no había odio en ellos, simplemente la certeza de alguien que cree firmemente en algo. Porque cuando dos bandos creen ser la justicia verdadera, la batalla deja de tratarse de quién tiene razón y empieza a tratarse de quién sobrevive para contarla.
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