12-02-2026, 03:30 PM
85 de Primavera - 17
La región sur del Reino de Sorbet es distinta, y huele diferente a la opulencia y lujo del norte. Aquí, entre las construcciones de madera endeble y algo precarias, y los campos de frutos tropicales que se extienden hacia el horizonte y que dan dinero a las pobres almas que viven aqui, el aroma es a tierra y estiércol de ganado. El sol tropical cae con fuerza incluso en esta tarde que amenaza tormenta o eso dicen las señoras. Este puerto se aferra a la costa sur como una colección de casas desiguales, algunas construidas con cuatro palos y un techo mal puesto. Las calles son tierra compactada con surcos de carretas, sin los adoquines que adornan las avenidas del norte, las piedras en el suelo para andar mejor es el lujo de los ricos. Gallinas picotean entre los charcos y un perro callejero dormita bajo la sombra de un arbol en aquel lugar.
La calle principal conduce a una plaza del mercado y al otro lado de esa plaza, a unos cuarenta metros, se alza La Hamaca Dormida una posada de madera de tres pisos. En el marco de la puerta, tallada con discreción, hay una pequeña flor de seis pétalos. Pero la plaza no está vacía. Tres hombres que no pertenecen aquí ocupan posiciones estratégicas, se nota a la legua.
El primero de ellos y el que llamas mas la atención está apoyado contra un poste de madera que sostiene el toldo de un puesto de frutas abandonado. Es corpulento, con brazos como troncos y cicatrices que cruzan su piel. Viste camisa sin mangas y pantalones de cuero. Una funda larga cuelga de su cinturón. No compra nada. No habla con nadie. El segundo camina muy despacio por el lugar fingiendo interés por la fruta. Es delgado con pelo negro recogido en una coleta baja. Tiene las manos en los bolsillos pero parece que no se quedan quietas ahí dentro. El tercero está sentado en un banco de madera bajo un árbol, leyendo un periódico. Usa lentes redondos y ropa que resulta muy limpia para este lugar. El periódico es de hace tres días y no ha pasado la página en los últimos cinco minutos.
En el puesto más cercano a la entrada de la plaza una mujer se encuentra cortando fruta. Lleva un pañuelo amarillo anudado en la cabeza y un delantal manchado por la fruta. Sus manos trabajan con ritmo constante, pero sus ojos vigilan la plaza con atención. Una niña pequeña sale corriendo de una casa cercana, pero su madre la detiene con suavidad al ver en primera instancia al gigante individuo que tiene en frente.
A la derecha, cerca del borde de la plaza, hay un pozo y dos mujeres sacan agua con cubos de madera, conversando en voz baja y mirando a todos. Una de ellas y la más joven lleva un brazalete de tela con una flor bordada. Su compañera es una mujer mayor con pelo gris recogido. Detrás a unos veinte metros del inicio de la calle principal, hay lo que parece ser una Iglesia. Desde dentro llega el murmullo suave de una oración y se puede ver una túnica marrón dentro.
-Nada todavía.- murmura el hombre del periódico, tan bajo que apenas se escucha, solamente lo escuchó quien lo tenia que escuchar. El delgado se detiene frente al puesto de sandías. El vendedor le ofrece una con actitud temerosa. -No.- responde el delgado sin mirarlo. El corpulento se rasca la barbilla con tranquilidad holgazaneando, pero su otra mano descansa sobre la funda de su cinturón.
Cuarenta metros separan la entrada de la plaza de la puerta de La Hamaca Dormida. Cuarenta metros completamente expuestos.
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