12-02-2026, 08:05 PM
Kárate ya se sentía como mi segunda casa. No porque hubiese nacido allí, ni porque tuviera raíces profundas en su tierra húmeda y fértil, sino porque el tiempo y los negocios bien llevadosterminan echando anclas invisibles. Llevaba lo suficiente en la isla como para que algunos rostros me saludaran por mi nombre y otros bajaran la voz cuando me veían pasar. Lo suficiente para entender el ritmo de sus mercados, el humor de sus puertos y el valor real de su arroz más allá del precio oficial.
Mis intercambios habían prosperado. Es lo que ocurre cuando uno sabe escuchar antes de hablar… y cobrar antes de que olviden pagar.
Aquel día, sin embargo, había sido particularmente lento. El calor parecía haber adormecido hasta a los más ambiciosos, y ni siquiera el muelle tenía el movimiento habitual. Por suerte o por costumbre siempre había una excepción en mi agenda.
Madame Ashowin. Tan nómada como su poco humilde servidor, aunque con un gusto bastante más refinado para instalarse temporalmente. Su “casa” de turno no era más que una residencia alquilada con elegancia exagerada: biombos tallados, telas ligeras que danzaban con la brisa y ese aroma constante a incienso especiado que anunciaba su presencia antes que su voz.
Como tantas otras veces, me encontraba sentado frente a ella, con una taza de té entre las manos, actuando con la naturalidad de quien entra en su propio salón. No porque lo fuera… sino porque uno debe comportarse como si perteneciera a todos los lugares donde pisa. El vapor ascendía lento desde la porcelana fina. Jazmín, con un fondo apenas perceptible de algo más amargo. Siempre elegía mezclas que parecían delicadas… pero dejaban huella.
Ella estaba allí, recostada con estudiada comodidad. La cabellera morada caía sobre sus hombros como tinta derramada, y sus ojos siempre calculadores me observaban por encima del borde de su propia taza. No necesitaba hablar para imponer ritmo. Sabía que yo no desperdiciaba el silencio.
Yo tampoco.

Esperaba sus órdenes. —Tezca, mis amigos en el muelle tienen preguntas que esperamos que puedas solventar…— Habló la mujer de forma mezquina, con un potente olor a frutas directo de su perfume: Me mareaba. —necesito que revises los arrozales; el flujo de los canales está bajando y algunos campos ya reciben menos agua. Quiero que verifiques las compuertas y confirmes que nadie esté desviando el cauce. Si hay una mano detrás de esto, deseo saber cuál… y que lo manejes con discreción. — ¿Qué pensaba esta mujer? ¿Había perdido la cabeza Era más que obvio que yo no sabía nada sobre cultivos de arroz o drenaje: ¿Aun así se notaba muy decidida? Así que no me quedaba otra opción.

—Veré que puedo hacer. —
[…]
Era tarde, pero finalmente había llegado. La brisa nocturna comenzaba a enfriar la humedad acumulada del día y, tras cambiarme a algo mucho más cómodo, me interné en los arrozales con la intención de empezar la inspección. Si el flujo estaba fallando, allí encontraría la primera señal. Tal vez debí contratar a alguien que supiera más de compuertas y sedimentos, algún agricultor viejo con manos curtidas y ojos atentos… pero la discreción tenía más peso que la experiencia. Avancé con cuidado por el borde del camino de tierra, siguiendo el murmullo constante del agua entre los tallos. El arroz crecía frondoso en esa zona, alto y espeso, dificultando la vista más allá de unos cuantos pasos. Fue entonces cuando mi pie chocó contra algo blando. Bajé la mirada.
Una bolsa. Y junto a ella… ropa. Me detuve.
No parecía abandonada. Estaba demasiado ordenada para ser desecho, demasiado reciente para haber sido olvidada. La tela aún conservaba la forma de quien se la había quitado hacía poco. Alcé la vista con mayor atención y avancé despacio, apartando los tallos con una mano. El agua se movía más adelante, no por la corriente… sino por algo que respiraba.
Una silueta. Desnuda.
Parpadeé una vez, procesando la escena con fría incredulidad.
¿Quién demonios decide bañarse en pleno arrozal… a esta hora?
Me quedé inmóvil unos segundos, evaluando. No parecía estar manipulando nada. No había herramientas, ni señales de sabotaje. Solo… un hombre tomando un baño clandestino como si el mundo entero no pudiera verlo.
Exhalé por la nariz, entre sorprendido y levemente exasperado.

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