12-02-2026, 08:53 PM
Mientras Enji avanzaba por la selva, librando una guerra personal contra una civilización de mosquitos que claramente había decidido declararlo territorio estratégico, en algún punto impreciso de Baterilla sus compañeros atravesaban su propio momento histórico: un lánguido episodio de pereza absoluta que parecía estar relacionado con la reciente y desconcertante noticia de la «lobotomía del culo», concepto que, como ocurre con todos los grandes hitos científicos, nadie entendía del todo pero todos fingían comprender.
Después, tras ese paréntesis de inmovilidad filosófica, los marines decidieron hacer lo que mejor sabían hacer cuando no sabían qué hacer: empezar a hacer cosas.
Y, así, se pusieron en marcha hacia el campamento de los bandidos.
Con una salvedad importante: no tenían ni la más remota idea de dónde estaba pues, Enji, en un ejercicio de liderazgo creativo, había olvidado proporcionar algo tan secundario como la localización exacta.
Aún así, ellos avanzaron, en términos generales, hacia algún sitio. Y, de mientras, por el camino, intentaron reclutar a un pequeño grupo que terminaría compuesto por médicos, marines adicionales y, lo más importante, personas capaces de sostener papeles con aire profesional. Al fin y al cabo, este hito en Baterilla nos recuerda que no hay nada impone más que un documento correctamente rellenado.
Además, si todo salía razonablemente bien —o al menos no catastróficamente mal—, más adelante intentarían volver a comunicarse con él.
Si pudiera girar la cabeza hacia la entrada, Enji, apenas vería un trémulo trazo de luz reptar por la fisura hasta acariciar su piel. Pero, teniendo en cuenta que la pared frente a él aplasta su pecho, parece una gesta imposible. Por suerte, la negra roca a su espalda lo sujeta con holgura motivándolo a avanzar.
Hacia el otro lado en cambio, hacia la luz que por momentos parece titilar —pese a que se trata de una ilusión producto de las deformaciones de la tierra—, lo más relevante es el olor denso y terroso que dista mucho del aroma del de una cueva húmeda. Y es que ahí, en medio de una tenue oscuridad, lo que abunda es un aroma seco y mineral decorado con el perfume del azufre, la ceniza vieja y ese toque metálico tan característico en los volcanes.
No es hediondo ni insultante. Pero, al no circular aire ahí, se estanca y aferra a la garganta.
Además, si hubiera alguna posibilidad de evitar esa molestia, el mero hecho de que su rostro esté tan cerca de la pared como para que a cada exhalación su aliento choque contra la roca y esta se lo devuelva, está ha desaparecido.
Y aún así, Enji, podrá avanzar.
Mientras lo hace, el calor residual de las paredes aumentará por momentos. No es suficiente para quemar, pero sí como para hacerle sentir que una agobiante y claustrofóbica sensación.
La roca soltará motas rojizas que le caen sobre el pelo y los hombros susurrando un leve quejido, como un crujido seco, que nace en lo alto y se apaga demasiado rápido, absorbido por la estrechez de la grieta. Entonces, al escucharlas rodar entre sus pies, quizás, algo en su estómago se tense.
No suena como arena.
Suenan como algo que se mueve.
Y, entonces, la respuesta llega de golpe: una bolita de pelo caliente y vibrante se desliza entre sus piernas. Lo toca apenas un instante, pero ese instante basta para sentir su agitación y miedo visceral.
Es una rata. Una muy pequeña y joven que, ante el olor a tabaco del muchacho, mezclado con el olor mineral del lugar, la ha enloquecido de pánico.
¡Hiiiiiic!
Su chillido estalla con violencia y la fisura lo multiplica.
El sonido rebota en la roca como una descarga de mil voces hablando al mismo tiempo.
¡Hiiiiiic!
Las paredes vibran de forma casi imperceptible mientras el sonido golpea en todas direcciones como una flecha que busca taladrar la mente de Enji.
Después, casi al instante, un silencio denso, caliente y tenso se instala en el pequeño lugar.
—¿¡Otra vez esas malditas ratas!? —a la lejanía la voz de un hombre suena como un susurro.
¿O es el viento deformando sonidos?
Cuando Enji logre avanzar hasta el otro lado de la grieta, lo que espera es un pequeño rincón bastante oculto. El punto más apartado de una estancia natural que se asemeja a una cámara semirredondeada. Allí, la roca es oscura y vetas de algo que eres incapaz de identificar, destellan anaranjadamente bajo el baile de luces que profesan las velas ancladas a la pared parecen estar a punto de morir.
En el suelo y las esquinas, cajas de madera gastada yacen apiladas de forma caótica. Algunas han sido aplastadas, otras muestran marcas y unas pocas se mantienen intactas.
Es evidente que alguien —o algo— ha traído suministros aquí.
Por otro lado, justo junto a la fisura, a medio metro del camino por donde Enji saldrá, reposa una caja particularmente intacta. La tapa está ligeramente abierta, como si alguien la hubiera dejado así a propósito o hubiera sido interrumpido antes de cerrarla.
En el suelo quedan restos de actividad reciente.
Después, tras ese paréntesis de inmovilidad filosófica, los marines decidieron hacer lo que mejor sabían hacer cuando no sabían qué hacer: empezar a hacer cosas.
Y, así, se pusieron en marcha hacia el campamento de los bandidos.
Con una salvedad importante: no tenían ni la más remota idea de dónde estaba pues, Enji, en un ejercicio de liderazgo creativo, había olvidado proporcionar algo tan secundario como la localización exacta.
Aún así, ellos avanzaron, en términos generales, hacia algún sitio. Y, de mientras, por el camino, intentaron reclutar a un pequeño grupo que terminaría compuesto por médicos, marines adicionales y, lo más importante, personas capaces de sostener papeles con aire profesional. Al fin y al cabo, este hito en Baterilla nos recuerda que no hay nada impone más que un documento correctamente rellenado.
Además, si todo salía razonablemente bien —o al menos no catastróficamente mal—, más adelante intentarían volver a comunicarse con él.
***
Si pudiera girar la cabeza hacia la entrada, Enji, apenas vería un trémulo trazo de luz reptar por la fisura hasta acariciar su piel. Pero, teniendo en cuenta que la pared frente a él aplasta su pecho, parece una gesta imposible. Por suerte, la negra roca a su espalda lo sujeta con holgura motivándolo a avanzar.
Hacia el otro lado en cambio, hacia la luz que por momentos parece titilar —pese a que se trata de una ilusión producto de las deformaciones de la tierra—, lo más relevante es el olor denso y terroso que dista mucho del aroma del de una cueva húmeda. Y es que ahí, en medio de una tenue oscuridad, lo que abunda es un aroma seco y mineral decorado con el perfume del azufre, la ceniza vieja y ese toque metálico tan característico en los volcanes.
No es hediondo ni insultante. Pero, al no circular aire ahí, se estanca y aferra a la garganta.
Además, si hubiera alguna posibilidad de evitar esa molestia, el mero hecho de que su rostro esté tan cerca de la pared como para que a cada exhalación su aliento choque contra la roca y esta se lo devuelva, está ha desaparecido.
Y aún así, Enji, podrá avanzar.
Mientras lo hace, el calor residual de las paredes aumentará por momentos. No es suficiente para quemar, pero sí como para hacerle sentir que una agobiante y claustrofóbica sensación.
La roca soltará motas rojizas que le caen sobre el pelo y los hombros susurrando un leve quejido, como un crujido seco, que nace en lo alto y se apaga demasiado rápido, absorbido por la estrechez de la grieta. Entonces, al escucharlas rodar entre sus pies, quizás, algo en su estómago se tense.
No suena como arena.
Suenan como algo que se mueve.
Y, entonces, la respuesta llega de golpe: una bolita de pelo caliente y vibrante se desliza entre sus piernas. Lo toca apenas un instante, pero ese instante basta para sentir su agitación y miedo visceral.
Es una rata. Una muy pequeña y joven que, ante el olor a tabaco del muchacho, mezclado con el olor mineral del lugar, la ha enloquecido de pánico.
¡Hiiiiiic!
Su chillido estalla con violencia y la fisura lo multiplica.
El sonido rebota en la roca como una descarga de mil voces hablando al mismo tiempo.
¡Hiiiiiic!
Las paredes vibran de forma casi imperceptible mientras el sonido golpea en todas direcciones como una flecha que busca taladrar la mente de Enji.
Después, casi al instante, un silencio denso, caliente y tenso se instala en el pequeño lugar.
—¿¡Otra vez esas malditas ratas!? —a la lejanía la voz de un hombre suena como un susurro.
¿O es el viento deformando sonidos?
Cuando Enji logre avanzar hasta el otro lado de la grieta, lo que espera es un pequeño rincón bastante oculto. El punto más apartado de una estancia natural que se asemeja a una cámara semirredondeada. Allí, la roca es oscura y vetas de algo que eres incapaz de identificar, destellan anaranjadamente bajo el baile de luces que profesan las velas ancladas a la pared parecen estar a punto de morir.
En el suelo y las esquinas, cajas de madera gastada yacen apiladas de forma caótica. Algunas han sido aplastadas, otras muestran marcas y unas pocas se mantienen intactas.
Es evidente que alguien —o algo— ha traído suministros aquí.
Por otro lado, justo junto a la fisura, a medio metro del camino por donde Enji saldrá, reposa una caja particularmente intacta. La tapa está ligeramente abierta, como si alguien la hubiera dejado así a propósito o hubiera sido interrumpido antes de cerrarla.
En el suelo quedan restos de actividad reciente.
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Bai Mudan
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Nv.23 — Silogista
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