12-02-2026, 08:58 PM
Moja no estaba preparado para la segunda ronda de caricias. Cuando las manos de Seraphine regresaron detrás de sus orejas y descendieron con movimientos circulares por su cuello, algo dentro de él se desarmó con una facilidad desconcertante. No era debilidad. No era descuido. Era una sensación primitiva y honesta que su cuerpo reconocía antes que su mente. Sus hombros, que por costumbre siempre permanecían ligeramente tensos, cedieron apenas; su respiración se volvió más lenta, más profunda, y su cola volvió a moverse, esta vez con un balanceo más evidente que no intentó ocultar. No ronroneó, pero estuvo cerca.
Sus ojos se cerraron un segundo más de lo habitual cuando los dedos regresaron a sus mejillas, y en ese instante la dureza que normalmente habitaba su expresión se suavizó por completo, revelando algo más joven, más vulnerable, una versión de sí mismo que pocas veces salía a la superficie. Cuando abrió los ojos y la vio sonreír, con ese rubor ligero y esa felicidad sin cálculo, sintió una punzada inesperada en el pecho. No dolor. Algo distinto. Una calidez que no venía de disciplina ni de deber, sino de compañía. La dejó hacer, porque quería.
Cuando ella escribió aquella lista directa y sin filtros sobre su cuerpo, su personalidad y el hecho de que era un “gato enorme”, Moja alzó una ceja con una expresión que mezclaba incredulidad y algo parecido a diversión contenida.
-Eso es… muy directo- dijo finalmente, y aunque su voz seguía siendo grave, había en ella un matiz más ligero. -No estoy acostumbrado a que me evalúen como si fuera un producto en el mercado.-
No sonó molesto. Sonó genuinamente sorprendido. Sus dedos, cuando tocaron sus alas y sintieron ese temblor que recorrió las plumas, se detuvieron un instante más de lo necesario. Notó cómo se estiraban, cómo parecían querer envolverlo, y por un segundo imaginó cómo sería eso: ser rodeado por algo que no fuera amenaza, ni responsabilidad, ni deber. Cuando ella mencionó que no podía volar, su mirada cambió. No por lástima, sino por comprensión.
-No todas las alas están hechas para volar- murmuró, más para sí mismo que para ella. -Algunas… están hechas para sostener.-
No sabía si esas palabras tenían sentido fuera de su cabeza, pero se quedaron flotando entre ambos. Luego ella le pidió que lo dijera otra vez, más convencido. Moja la miró durante un segundo largo, observando la manera en que su sonrisa escondía algo más profundo, algo que no había mostrado del todo pero que él, acostumbrado a detectar fisuras invisibles, podía sentir. Vio la sombra breve que cruzó su expresión cuando habló de sus alas, el peso que no se explicaba en voz alta. Y entendió.
-Iré contigo al festival- repitió, esta vez sin titubeo alguno, su voz más firme. -Quiero ir contigo.-
No era una promesa impulsiva. Era una elección consciente. Cuando ella escribió su nombre con esa sonrisa luminosa, Moja sintió algo extraño al verlo en tinta frente a él. Alejandro. Hacía tiempo que no lo veía escrito por alguien más.
-No tengo alergias- respondió con calma. -Y… gracias por preguntar.-
La observó alejarse, tambaleándose apenas, recuperando el equilibrio con esa mezcla de torpeza y determinación que parecía tan suya, y mientras ella desaparecía hacia la cocina, Moja se quedó mirando el espacio que había ocupado segundos antes. El restaurante volvió a llenarse de ruido con las risas de los marines, el choque de vasos, el murmullo del mar, pero él ya no estaba completamente allí. Su mente vagó, sin quererlo, hacia la imagen de ella subiendo a algún lugar alto, intentando volar. No sabía por qué esa idea apareció con tanta claridad. No sabía nada de su pasado, y sin embargo algo en la forma en que habló de sus alas le dejó una sensación inquietante.
Pensó en su propia vida. En cómo también había intentado lanzarse hacia cosas que no estaban hechas para sostenerlo. En cómo, a veces, el uniforme pesaba más que cualquier armadura. Cuando regresó con la comida, esquivando a los marines que bloqueaban su paso, Moja se incorporó ligeramente en la silla, siguiendo cada movimiento suyo con una atención que ya no era simple cortesía. Había interés. Silencioso, pero real. Uno de los marines, algo ebrio, se interpuso en su camino riendo demasiado alto, y Moja se puso de pie sin hacer ruido, su presencia cambiando el aire a su alrededor. No levantó la voz, ni adoptó postura agresiva. Simplemente miró al hombre con una calma tan sólida que el marine, tras un segundo incómodo, dio un paso al costado.
Moja sostuvo la bandeja con cuidado para ayudarla a estabilizarla antes de que ella la dejara sobre la mesa.
-Con cuidado- dijo en voz baja.
Luego volvió a sentarse y la miró, y por primera vez desde que había entrado al restaurante, no estaba pensando en la Isla del Karate ni en su destino. Estaba pensando en ella, en cómo sonreía, en cómo sus alas temblaban, en cómo parecía brillar incluso cuando algo en su interior todavía cargaba sombras. Y se permitió, aunque solo fuera por ese momento, querer saber más.
Sus ojos se cerraron un segundo más de lo habitual cuando los dedos regresaron a sus mejillas, y en ese instante la dureza que normalmente habitaba su expresión se suavizó por completo, revelando algo más joven, más vulnerable, una versión de sí mismo que pocas veces salía a la superficie. Cuando abrió los ojos y la vio sonreír, con ese rubor ligero y esa felicidad sin cálculo, sintió una punzada inesperada en el pecho. No dolor. Algo distinto. Una calidez que no venía de disciplina ni de deber, sino de compañía. La dejó hacer, porque quería.
Cuando ella escribió aquella lista directa y sin filtros sobre su cuerpo, su personalidad y el hecho de que era un “gato enorme”, Moja alzó una ceja con una expresión que mezclaba incredulidad y algo parecido a diversión contenida.
-Eso es… muy directo- dijo finalmente, y aunque su voz seguía siendo grave, había en ella un matiz más ligero. -No estoy acostumbrado a que me evalúen como si fuera un producto en el mercado.-
No sonó molesto. Sonó genuinamente sorprendido. Sus dedos, cuando tocaron sus alas y sintieron ese temblor que recorrió las plumas, se detuvieron un instante más de lo necesario. Notó cómo se estiraban, cómo parecían querer envolverlo, y por un segundo imaginó cómo sería eso: ser rodeado por algo que no fuera amenaza, ni responsabilidad, ni deber. Cuando ella mencionó que no podía volar, su mirada cambió. No por lástima, sino por comprensión.
-No todas las alas están hechas para volar- murmuró, más para sí mismo que para ella. -Algunas… están hechas para sostener.-
No sabía si esas palabras tenían sentido fuera de su cabeza, pero se quedaron flotando entre ambos. Luego ella le pidió que lo dijera otra vez, más convencido. Moja la miró durante un segundo largo, observando la manera en que su sonrisa escondía algo más profundo, algo que no había mostrado del todo pero que él, acostumbrado a detectar fisuras invisibles, podía sentir. Vio la sombra breve que cruzó su expresión cuando habló de sus alas, el peso que no se explicaba en voz alta. Y entendió.
-Iré contigo al festival- repitió, esta vez sin titubeo alguno, su voz más firme. -Quiero ir contigo.-
No era una promesa impulsiva. Era una elección consciente. Cuando ella escribió su nombre con esa sonrisa luminosa, Moja sintió algo extraño al verlo en tinta frente a él. Alejandro. Hacía tiempo que no lo veía escrito por alguien más.
-No tengo alergias- respondió con calma. -Y… gracias por preguntar.-
La observó alejarse, tambaleándose apenas, recuperando el equilibrio con esa mezcla de torpeza y determinación que parecía tan suya, y mientras ella desaparecía hacia la cocina, Moja se quedó mirando el espacio que había ocupado segundos antes. El restaurante volvió a llenarse de ruido con las risas de los marines, el choque de vasos, el murmullo del mar, pero él ya no estaba completamente allí. Su mente vagó, sin quererlo, hacia la imagen de ella subiendo a algún lugar alto, intentando volar. No sabía por qué esa idea apareció con tanta claridad. No sabía nada de su pasado, y sin embargo algo en la forma en que habló de sus alas le dejó una sensación inquietante.
Pensó en su propia vida. En cómo también había intentado lanzarse hacia cosas que no estaban hechas para sostenerlo. En cómo, a veces, el uniforme pesaba más que cualquier armadura. Cuando regresó con la comida, esquivando a los marines que bloqueaban su paso, Moja se incorporó ligeramente en la silla, siguiendo cada movimiento suyo con una atención que ya no era simple cortesía. Había interés. Silencioso, pero real. Uno de los marines, algo ebrio, se interpuso en su camino riendo demasiado alto, y Moja se puso de pie sin hacer ruido, su presencia cambiando el aire a su alrededor. No levantó la voz, ni adoptó postura agresiva. Simplemente miró al hombre con una calma tan sólida que el marine, tras un segundo incómodo, dio un paso al costado.
Moja sostuvo la bandeja con cuidado para ayudarla a estabilizarla antes de que ella la dejara sobre la mesa.
-Con cuidado- dijo en voz baja.
Luego volvió a sentarse y la miró, y por primera vez desde que había entrado al restaurante, no estaba pensando en la Isla del Karate ni en su destino. Estaba pensando en ella, en cómo sonreía, en cómo sus alas temblaban, en cómo parecía brillar incluso cuando algo en su interior todavía cargaba sombras. Y se permitió, aunque solo fuera por ese momento, querer saber más.
*Pienso* -Hablo- Narro
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