13-02-2026, 08:03 AM
Anoche tomé unas cuantas copas en medio de las calles, como si por un momento hubiese querido saber cuánto aguantaba, y no era la primera vez que me excedía, pero tampoco era una tragedia, porque cuando tomo sigo estando algo consciente, por otro lado, hoy ya era otro día y eso no me iba a ayudar a recordar lo que pasó o lo que hice ayer.
Desperté en la playa, acostada cerca de las plantas y árboles que nacen donde empieza la selva y la arena. Estaba derramada en su sobra, acostada en la arena blanca. Al menos había elegido bien el lugar antes de dejarme caer por el sueño y así el sol no me castigaba la piel. Pero mis ojos estaban hinchados y se abrieron despacio, con ojeras marcadas y los párpados pegados. A mi lado, estaba la botella, todavía con la mitad de su contenido, ¿cuantas había tomado? ¿Solo una? La observé un segundo y la dejé allí.
El olor salado mezclado con el del alcohol me recordó que tenía que asearme antes de volver a la iglesia. La rutina que me enseñaron tenía un orden y tenía que bañarme. Me senté en la arena, llevando mis manos al cuello hasta tocar un objeto frío aferrado a la tela. Para quitarme la túnica de monja debía abrir el pequeño candado que aseguraba el cuello. Las voluntarias siempre lo abrían por mi, porque era parte del sistema de cuidado para chicas locas como yo.
Pero no me resultaba incomodo.
Intenté abrir el candado con mis manos, los dedos resbalaban torpes, tras un par de intentos fallidos, una piedra en la arena se cruzó en mi mirada, la sostuve con firmeza y golpee el metal, golpee una, otra, hasta que al tercer golpe el candado cedió y se abrió. Resolviendo lo que necesitaba hacer.
Me levanté y comencé a caminar por la arena caliente, mientras que la túnica cayó a mis pies, dejándola ahí tirada, sin cuidarla. Avancé desnuda hasta la orilla del mar y la arena ya estaba fresca, húmeda, hundí ligeramente los pies en el agua, disfrutando el vaivén de las pequeñas olas. Seguí hasta que el agua me cubrió las rodillas, hasta los muslos, luego el abdomen. Sin avanzar más por miedo a que me llevase la corriente, me sumergí de una vez y volví a ascender. El cabello lo llevé hacia atrás con las manos para despejar la vista.
Nadé hacia otro lado, alejándome de donde había dejado mi túnica y más allá habían unas rocas, en las que distinguí una figura encima de ellas. Me quedé quieta, pero luego decidí salir del mar. Salí desnuda y caminé hacia las rocas, sin decir ninguna palabra, subí y caminé con cuidado hacia donde estaba la figura que al final… tenía alas ¿qué era eso? Volví a quedarme quieta, pero tenía curiosidad —Miau. ¿Qué eres?— pregunté suave con los brazos cruzados y el cabello tapando los pechos, la observé de arriba y abajo, no me acerqué más, no sabía si me iba a escuchar o si me iba a entender.
Estaba acostumbrada a andar así frente a las mujeres, ya que dormía con muchas en un mismo sitio, no sentía culpa ni vergüenza.
Desperté en la playa, acostada cerca de las plantas y árboles que nacen donde empieza la selva y la arena. Estaba derramada en su sobra, acostada en la arena blanca. Al menos había elegido bien el lugar antes de dejarme caer por el sueño y así el sol no me castigaba la piel. Pero mis ojos estaban hinchados y se abrieron despacio, con ojeras marcadas y los párpados pegados. A mi lado, estaba la botella, todavía con la mitad de su contenido, ¿cuantas había tomado? ¿Solo una? La observé un segundo y la dejé allí.
El olor salado mezclado con el del alcohol me recordó que tenía que asearme antes de volver a la iglesia. La rutina que me enseñaron tenía un orden y tenía que bañarme. Me senté en la arena, llevando mis manos al cuello hasta tocar un objeto frío aferrado a la tela. Para quitarme la túnica de monja debía abrir el pequeño candado que aseguraba el cuello. Las voluntarias siempre lo abrían por mi, porque era parte del sistema de cuidado para chicas locas como yo.
Pero no me resultaba incomodo.
Intenté abrir el candado con mis manos, los dedos resbalaban torpes, tras un par de intentos fallidos, una piedra en la arena se cruzó en mi mirada, la sostuve con firmeza y golpee el metal, golpee una, otra, hasta que al tercer golpe el candado cedió y se abrió. Resolviendo lo que necesitaba hacer.
Me levanté y comencé a caminar por la arena caliente, mientras que la túnica cayó a mis pies, dejándola ahí tirada, sin cuidarla. Avancé desnuda hasta la orilla del mar y la arena ya estaba fresca, húmeda, hundí ligeramente los pies en el agua, disfrutando el vaivén de las pequeñas olas. Seguí hasta que el agua me cubrió las rodillas, hasta los muslos, luego el abdomen. Sin avanzar más por miedo a que me llevase la corriente, me sumergí de una vez y volví a ascender. El cabello lo llevé hacia atrás con las manos para despejar la vista.
Nadé hacia otro lado, alejándome de donde había dejado mi túnica y más allá habían unas rocas, en las que distinguí una figura encima de ellas. Me quedé quieta, pero luego decidí salir del mar. Salí desnuda y caminé hacia las rocas, sin decir ninguna palabra, subí y caminé con cuidado hacia donde estaba la figura que al final… tenía alas ¿qué era eso? Volví a quedarme quieta, pero tenía curiosidad —Miau. ¿Qué eres?— pregunté suave con los brazos cruzados y el cabello tapando los pechos, la observé de arriba y abajo, no me acerqué más, no sabía si me iba a escuchar o si me iba a entender.
Estaba acostumbrada a andar así frente a las mujeres, ya que dormía con muchas en un mismo sitio, no sentía culpa ni vergüenza.
