Acuerdos de Otoño [ Pasado Social | Kibai | +18 ]
#2

Había mucha gente a la que no le gustaba el otoño.

El otoño implicaba que el Sol salía durante menos horas, el calor comenzaba a descender, y las épocas de festividades veraniegas, los atardeceres en la las playas y la abundacia de las cosechas se terminaba. El otoño era una antesala del frío del invierno, de la época de guarecerse tras las chimeneas y calderas, rezando porque la nieve no cayese en demasía y bloquease las rutas de la isla.

Sin embargo, para Kibai aquella estación no podía ser más hermosa. Los colores verdes y amarillos del verano se teñian de naranja, ocre y escarlata. Una auténtica explosión de color que hacía parecer a la Isla Kárate una inmensa llama vibrante. La temperatura aún era agradable, la suave brisa evitaba el sofoco incluso en las horas más calurosas del día (lo cual era muy de agradecer si ese momento le pillaba de patrulla o de guardia en lugar de cómodamente tumbado en la rama de algún árbol al que le hubiese echado el ojo). Algo que, por cierto, en la Isla Kárate, con sus bosques de bambú y los inmesos campos de arrozales, había sido cada vez más complicado.

El mink caminaba por la ruta de los arrozales hacia la montaña central de la isla, donde los diferentes dojos en los que se enseñaban multitud de disciplinas se acumulaban, casi pareciendo competir por ser el que más cerca de la cima estuviese. Por el camino, numerosos campesinos, estudiantes de los dojos y viajeros pasaban por su lado, lo suficientemente ocupados en sus propios quehaceres para no reparar demasiado en su presencia. Sin embargo, los ojos de Kibai estaban fijos en la montaña, dónde a buen seguro desde su cima el paisaje tenía que ser sobrecogedor.

Sin poder resistirse a su instinto (para variar) Kibai se encaminó directo hacia el centro de la isla y tomó el camino que ascendía en espiral alrededor de la montaña, preguntándose hasta dónde podría llegar antes de que le impidiesen el paso y tuviese que buscar una "ruta alternativa", o lo que era lo mismo, atarse a Raimei a la espalda, salirse del camino y escalar la montaña empleando sus garras hasta llegar a la cima.

De pronto, el camino que seguía subiendo desembocó en una gran plaza, atestada de mesas, puestos de venta de todo tipo, y turistas y miembros de los dojos por igual, los primeros tratando de obtener alguna ganga como recuerdo y los segundos esforzándose por terminar los preparativos de varias decoraciones entre dos de los dojos que tenían sus entradas mirando hacia la plaza.

Vestimenta

Más curioso que otra cosa, el mink se adentró en el lugar, deteniendose para echar una mano a bajar una mesa de un carromato, y después en saludar a una niña que lo miraba con asombro desde los brazos de su madre. Aún seguía sorprendiéndole la inocencia de los humanos al nacer, y que fuesen tan indefensos durante tantos años, tan dependientes de sus padres...

— Supongo que es parte de su naturaleza. —  pensó mientras dejaba que las manos de la pequeña tocaran el pelaje de su brazo, mientras hacia gorgoteos y se reía. Tras hacerle un par de mimos más, Kibai hizo un saludo protocolario hacia la madre y continuó su camino.

No obstante, apenas había dado un par de pasos más cuando algo le hizo detenerse de nuevo. Sus fosas nasales se dilataron, mientras notaba como sus pupilas verticales se estrechaban, enfocando un rincón de aquella plaza. Kibai era un mink felino, y por lo tanto más que acostumbrado a rastrear presas en la oscuridad, o tras varias horas de que pisasen un lugar, y para él, distinguir un aroma era tan facil como un rostro. Y había algo allí que claramente no pertenecía a la Isla Kárate.

Desde que había llegado, Kibai había procurado acostumbrarse al eterno aroma del incienso que provenía de todos los templos y dojos, los cuales lo usaban en abundancia, así como el sándalo, el palosanto y otras manderas aromáticas. Olores agradables, pero abrumadores en tal cantidad para su olfato. Además, claro está, estaba el refrescante olor de las hierbas medicinales que los estudiantes empelaban en los ungüentos para tratar las rozaduras, heridas y arañazos propios de los duros entrenamientos de los dojos. Pero allí, en aquel patio, había algo más.

Azúcar, solo levemente quemado, como el de un caramelo a punto de cristalizar. Y algo más por debajo, el aroma salado de un cuerpo vivo pero también había algo peculiar, algo que Kibai no conseguía distinguir. Aquel aroma flotaba en el aire, persistente sin resultar pesado; presente, pero sin ser apabullante; intenso, pero para nada sofocante. Y sin embargo, Kibai podía prácticamente verlo, una flecha serpenteante que apuntaba a la esquina noroeste de la plaza. SIn dudar ni un instante, casi como si sus pies se moviesen por su cuenta, el mink se encaminó hacia allí.

En aquella esquina, un cuadrado de pulco lino blanco se extendía en el suelo, con varias joyas cuidadosamente expuestas encima. Aunque las joyas no eran lo que Kibai estaba buscando. Arrodillada junto a la tela, estaba una chica.

La joven era de gran estatura, pero lo que la hacía destacar (y Kibai se había dado cuenta por varias miradas que habia captado mientras caminaba en su dirección) eran por un lado las enormes alas negras que exhibía a su espalda, levemente plegadas para mayor comodidad, quiso suponer, y por otro que era excepcionalmente hermosa. Su piel era oscura, del tono de la teca, pero su cabello era blanco, tanto como su propia capa de Marine. Vestía un conjunto de ropas bastante particular, unos lustrosos pantalones negros ajustados como una segunda piel, complementados por una blusa que se ceñia a la cintura y sobre el amplio busto, dónde un intricado encaje trataba a duras penas de disimular el escote, aunque el efecto más bien parecía ser el contrario. Todo el conjunto estaba cubierto por una capa tradicional de la Isla Kárate, de color azul medianoche y bordados dorados.

— Es una Lunarian? — pensó Kibai. Era la primera vez que se encontraba frente a frente con un miembro de aquella raza, aunque si había oído hablar de ellos. Con las manos en los bolsillos, el mink se acercó al puesto de la joven, acuclillándose para examinar mejor las joyas, aunque su aroma, ahora que la tenía a menos de un metro, resultaba mucho más intenso, casi embriagador.

Rozando una de las delicadas joyas con un dedo, levantó la mirada hacia la comerciante. Los ojos aguamarina de la joven y los esmeralda de Kibai se encontraron, y algo se agitó en el interior del mink.

— Maldita sea, qué me pasa?

La boca parecía habérsele secado de repente y tenía que contenerse por no inspirar con fuerza el aire de su alrededor. Pasándose la lengua por el interior de la boca, se esforzó por articular las palabras que pasaban por su mente, mientras su cola se agitaba a un lado y a otro.

— Vaya, estas joyas son muy bonitas, las haces tú misma?

La caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
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RE: Acuerdos de Otoño [ Pasado Social | Kibai ] - por Kibai - 13-02-2026, 08:24 PM

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