14-02-2026, 02:48 AM
Era difícil saber el tiempo que uno había pasado divagando cuando los días se hacían tan largos, cuando la motivación faltaba, cuando no había algo que impulsase el hambre voraz que sentía. No literal, aquel tipo de hambre hacía bastante tiempo que había dejado de ser necesidad, ahora solo se preocupaba por pasear por las calles, aprendiendo de las interacciones sociales. Aquel encierro obligado lo había hecho cambiar, su actitud era en su mayoría distante, casi odiosa. Alek solo se trataba de alguien a quien las vivencias había endurecido como un callo, golpeado una y otra vez hasta que habían dejado de doler.
Su pesar venía ahora de otra perspectiva, casi envidia. Sus ojos, azabaches, se fijaban en las interacciones de la gente. Parecían que se llevaban bien, esas bromas con familiaridad era algo que intentaba replicar a todas horas, pero aquel especie de odio reprimido es algo que le supuraba hasta sin querer; otros simplemente se peleaban. Confrontación, incomodidad, estas eran las interacciones que más se repetían en sus charlas, o al menos el intento de ellas.
El tamaño de su llama se avivó ligeramente en cuanto llegaron a sus oídos el grito, casi lejano, que avisaba de algún amigo de lo ajeno. No lo asustó, pero si lo puso en alerta e, inmediatamente, torció su cuello para mirar a su espalda. Por un momento pensó que aquello se lo recriminaban a él, ya le había pasado. Nada a lo que no estuviese acostumbrado, era relativamente raro ver a un lunarian entre aquellas calles, con sus alas negras y su fuego a la espalda, los locales eran recelosos con lo poco que tenían; aunque también a los que le sobraba.
Atizó sus alas, haciendo que rozasen el suelo, para despegar ligeramente y ganar más altura, de la que ya ostentaba, con el único fin de divisar el acontecimiento. Alguien, probablemente otro local de menos recursos, era el autor de aquello y lo entendía, la vida era difícil. No sería el peliblanco quien lo detuviese. Aunque... - Quizás... - Susurró en su propia mente. La idea llegó, quizás detener a aquel sujeto lo haría ganar el respeto de los vecinos. ¿Quería su respeto? No. Quería que lo dejasen tranquilo, que las miradas fuesen menos furtivas, que su tormenta se convirtiese en una brisa.
Decidido, sin haber metido mucho en si era una buena idea o no, volvió a aletear aquellas imponentes alas negras para avanzar por el aire, allí donde se congregaba más gente. Aterrizó, pensando en que con simplemente estirar su brazo podría apresar al ladrón pero no fue así. Torció su cuerpo y cambió ligeramente de dirección con tal de esquivar la mano de alguien a quien siquiera le había visto la cara. Una mujer cayó al suelo, el lunarian ofreció su mano, no por querer ganar el respeto de quien lo viese, si no porque la fama, la buena, a veces precedía a la tranquilidad. Al menos así funcionaba en su mente, aunque a decir verdad no sabía quien era de la propia isla o quien no.
Observó a la mujer, con aquel rostro sereno pero serio, tranquilo pero enfadado. - ...eres torpe... - Aquel hilo de voz, potente sin serlo, neutral, salió de su boca. Cargaba ninguna emoción, aquella mujer debería haber visto de sobra al maleante y haberlo esquivado en su trayectoria. Era tan fácil.
Su pesar venía ahora de otra perspectiva, casi envidia. Sus ojos, azabaches, se fijaban en las interacciones de la gente. Parecían que se llevaban bien, esas bromas con familiaridad era algo que intentaba replicar a todas horas, pero aquel especie de odio reprimido es algo que le supuraba hasta sin querer; otros simplemente se peleaban. Confrontación, incomodidad, estas eran las interacciones que más se repetían en sus charlas, o al menos el intento de ellas.
El tamaño de su llama se avivó ligeramente en cuanto llegaron a sus oídos el grito, casi lejano, que avisaba de algún amigo de lo ajeno. No lo asustó, pero si lo puso en alerta e, inmediatamente, torció su cuello para mirar a su espalda. Por un momento pensó que aquello se lo recriminaban a él, ya le había pasado. Nada a lo que no estuviese acostumbrado, era relativamente raro ver a un lunarian entre aquellas calles, con sus alas negras y su fuego a la espalda, los locales eran recelosos con lo poco que tenían; aunque también a los que le sobraba.
Atizó sus alas, haciendo que rozasen el suelo, para despegar ligeramente y ganar más altura, de la que ya ostentaba, con el único fin de divisar el acontecimiento. Alguien, probablemente otro local de menos recursos, era el autor de aquello y lo entendía, la vida era difícil. No sería el peliblanco quien lo detuviese. Aunque... - Quizás... - Susurró en su propia mente. La idea llegó, quizás detener a aquel sujeto lo haría ganar el respeto de los vecinos. ¿Quería su respeto? No. Quería que lo dejasen tranquilo, que las miradas fuesen menos furtivas, que su tormenta se convirtiese en una brisa.
Decidido, sin haber metido mucho en si era una buena idea o no, volvió a aletear aquellas imponentes alas negras para avanzar por el aire, allí donde se congregaba más gente. Aterrizó, pensando en que con simplemente estirar su brazo podría apresar al ladrón pero no fue así. Torció su cuerpo y cambió ligeramente de dirección con tal de esquivar la mano de alguien a quien siquiera le había visto la cara. Una mujer cayó al suelo, el lunarian ofreció su mano, no por querer ganar el respeto de quien lo viese, si no porque la fama, la buena, a veces precedía a la tranquilidad. Al menos así funcionaba en su mente, aunque a decir verdad no sabía quien era de la propia isla o quien no.
Observó a la mujer, con aquel rostro sereno pero serio, tranquilo pero enfadado. - ...eres torpe... - Aquel hilo de voz, potente sin serlo, neutral, salió de su boca. Cargaba ninguna emoción, aquella mujer debería haber visto de sobra al maleante y haberlo esquivado en su trayectoria. Era tan fácil.
