Las noches nunca eran calmas en Samba, siempre había que celebrar o algo por lo que pelear, pero los murmullos eran constantes. Si no se trataba de una alegre canción entonada por un corrillo de jóvenes festejando, se trataba de unos gritos a destiempo de un corrillo hecho sobre dos personas pegándose. Por dinero, por afán o por falta al honor, los quejidos y abucheos no pasaban disimulados. Alek había visto alguna que otra riña, camuflándose en el cielo nocturno con la ayuda de sus alas, pero nunca se había visto envuelto en una situación similar desde que había llegado a la isla hace mucho tiempo, demasiado ya. Suponía que la falta de confrontación física se debía a su presencia.
Como una de esas tantas noches animadas, se había visto arrastrado por su curiosidad, no nata, hacia los nuevos cánticos. En la lejanía pudo ver la tenue luz de las llamas intentando ganar al umbral de la noche, en la orilla del río. Sus pasos constantes y monótonos le dejaron ver, cuando estuvo más cerca, a un gran número de personas alrededor de aquel fuego, cantando y bailando. A su nariz llegó un par de olores que llamaban más la atención que la congregación, había comida con un olor increíble, quizás a picante si tuviese que adivinar.
De pronto, en su cabeza, todo se empezaba a juntar. La constante verborrea de los lugareños, los tambores e incluso el crepitar del fuego hacían que llegasen a sus oídos demasiados estímulos, demasiado volumen para un oído como el suyo que podía escuchar algo más que el de la mayoría. Sus cejas se arquearon muy ligeramente, arrugando su ceño milímetros, estaba visiblemente muy molesto. Cualquiera que lo conociera podría interpretarlo, pero nadie lo hacía.
Más asqueado que arrepentido, por no probar aquella comida que distaba mucho de la que podía hacer él, intentó alejarse a pie, sin llamar la atención más de lo que ya lo hacía, y terminó poniendo un pie sobre aquellos pequeños muelles, donde habían apostados otro tipo de fiesteros muy diferentes. El primer tablón crujió, sin romperse, con la presión que su peso ejercía. El lunarian bajó la mirada, intentando hacer un control de daños, pero al no ver nada avanzó.
El ambiente era diferente, la calma era más evidente, el agua amortiguaba el sonido del tamborileo, las voces quizás apagadas, ahogadas en el fondo de una botella. Solo había un problema. - Apesta - Arrugó la nariz. - Vaya panda de borrachos, que asco - Un intento de susurro que no podía serlo. Su voz no fue alta, pero si clara, entendible, acompañada por el rítmico sonido de las baquetas sobre la piel de animal.
Agitó la mano frente así, en un vano intento de alejar parte del olor, mientras avanzaba hacia el extremo del muelle, sin apoyarse en una barandilla por miedo a que esta cediera. Se cruzó de brazos, esperando a que al menos la percusión le diese un descanso, para poder acercarse a algún puesto y llevarse algo más nutritivo a la boca. El ambiente era lúgubre y más apagado, pero la llama de su espalda le daba la luz suficiente como para atraer miradas. Sin embargo, la suya, se centraba en aquel crepitar incesante.
Como una de esas tantas noches animadas, se había visto arrastrado por su curiosidad, no nata, hacia los nuevos cánticos. En la lejanía pudo ver la tenue luz de las llamas intentando ganar al umbral de la noche, en la orilla del río. Sus pasos constantes y monótonos le dejaron ver, cuando estuvo más cerca, a un gran número de personas alrededor de aquel fuego, cantando y bailando. A su nariz llegó un par de olores que llamaban más la atención que la congregación, había comida con un olor increíble, quizás a picante si tuviese que adivinar.
De pronto, en su cabeza, todo se empezaba a juntar. La constante verborrea de los lugareños, los tambores e incluso el crepitar del fuego hacían que llegasen a sus oídos demasiados estímulos, demasiado volumen para un oído como el suyo que podía escuchar algo más que el de la mayoría. Sus cejas se arquearon muy ligeramente, arrugando su ceño milímetros, estaba visiblemente muy molesto. Cualquiera que lo conociera podría interpretarlo, pero nadie lo hacía.
Más asqueado que arrepentido, por no probar aquella comida que distaba mucho de la que podía hacer él, intentó alejarse a pie, sin llamar la atención más de lo que ya lo hacía, y terminó poniendo un pie sobre aquellos pequeños muelles, donde habían apostados otro tipo de fiesteros muy diferentes. El primer tablón crujió, sin romperse, con la presión que su peso ejercía. El lunarian bajó la mirada, intentando hacer un control de daños, pero al no ver nada avanzó.
El ambiente era diferente, la calma era más evidente, el agua amortiguaba el sonido del tamborileo, las voces quizás apagadas, ahogadas en el fondo de una botella. Solo había un problema. - Apesta - Arrugó la nariz. - Vaya panda de borrachos, que asco - Un intento de susurro que no podía serlo. Su voz no fue alta, pero si clara, entendible, acompañada por el rítmico sonido de las baquetas sobre la piel de animal.
Agitó la mano frente así, en un vano intento de alejar parte del olor, mientras avanzaba hacia el extremo del muelle, sin apoyarse en una barandilla por miedo a que esta cediera. Se cruzó de brazos, esperando a que al menos la percusión le diese un descanso, para poder acercarse a algún puesto y llevarse algo más nutritivo a la boca. El ambiente era lúgubre y más apagado, pero la llama de su espalda le daba la luz suficiente como para atraer miradas. Sin embargo, la suya, se centraba en aquel crepitar incesante.
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