14-02-2026, 05:32 AM
— ¿Crees que puedas tocar una o dos canciones en mi establecimiento?, tu violín hace música muy bella.
Mis dias en Samba siempre suelen ser muy entretenidos. Me gusta siempre tener la oportunidad de conocer los diferentes sectores de la isla. Actualmente había ido a comprar algunos víveres en el área del mercado central de Samba, en una panadería que me gustaba mucho, más que todo por el relleno de jalea de frambuesa.
Un señor, un tanto viejo con la barba llena de canas, lentes circulares y de marco dorado, estatura algo pequeña. Se me acercó como si me hubiese reconocido de algún lado. Generalmente yo tocaba mi violín en la plaza de Samba cuando recurría a buscar caridad en el corazón de los habitantes. Ganar dinero a base de mi música era un buen recurso.
— Seguro, me encantaría. — Expresé con una sonrisa gentil, en lo que el señor correspondía de la misma manera, no parecía ser un mal hombre en absoluto.
—-Bien, acompáñeme señorita, le prometo pagarle por sus servicios.
Lo seguí obediente mientras me guiaba al local mencionado, en mis manos sostenía una pequeña bolsa de papel y en su interior una deliciosa dona que me hacía sentir agua en la boca. Pero tendría mi merienda para después. Al llegar a la fachada del establecimiento, desde afuera podía escuchar el bullicio de las personas adentro, como si hubiese una gran fiesta. A lo que dudé de poder incorporarme a tal espectáculo. También me acordaba un poco de la noche de mis 17 años cuando conocí a aquel excelente músico rockero: Iggy.
El día de hoy portaba mi vestimenta de siempre, mi vestido blanco hasta por encima de la rodilla, de escote amplio, botas de color cafe, mi sombrero blanco de paja y cinta azul, y por supuesto, traia conmigo mi instrumento y tesoro más importante.
El dueño del bar me indicó y señaló dónde podía acomodarme, había una tarima casi cerca de la barra, con un banquillo de madera alto y almohadilla roja. Asentí con la cabeza con una sonrisa suave, y luego avancé entre las mesas y sus comensales. Todos parecían absortos en sus mundos, en sus risas, apuestas, y su hambre de devorar los platillos del local.
Una vez sentada en el taburete designado, coloque la bolsa de pan a un costado de la silla. Abrí mi estuche de color negro, y ahi estaba, mi hermoso violín azul que siempre que lo miraba me hacia recordar el rostro de mi padre.Procedí a colocar el violín sobre mi hombro, encajando mi menton por sobre encima de la parte inferior de la madera, y con el arco posicionandose sobre las cuerdas, al primer sonido de música. Poco a poco, el ruido se mermó y lo único que iba quedando era una música que transmitía serenidad y tranquilidad.
Mis dias en Samba siempre suelen ser muy entretenidos. Me gusta siempre tener la oportunidad de conocer los diferentes sectores de la isla. Actualmente había ido a comprar algunos víveres en el área del mercado central de Samba, en una panadería que me gustaba mucho, más que todo por el relleno de jalea de frambuesa.
Un señor, un tanto viejo con la barba llena de canas, lentes circulares y de marco dorado, estatura algo pequeña. Se me acercó como si me hubiese reconocido de algún lado. Generalmente yo tocaba mi violín en la plaza de Samba cuando recurría a buscar caridad en el corazón de los habitantes. Ganar dinero a base de mi música era un buen recurso.
— Seguro, me encantaría. — Expresé con una sonrisa gentil, en lo que el señor correspondía de la misma manera, no parecía ser un mal hombre en absoluto.
—-Bien, acompáñeme señorita, le prometo pagarle por sus servicios.
Lo seguí obediente mientras me guiaba al local mencionado, en mis manos sostenía una pequeña bolsa de papel y en su interior una deliciosa dona que me hacía sentir agua en la boca. Pero tendría mi merienda para después. Al llegar a la fachada del establecimiento, desde afuera podía escuchar el bullicio de las personas adentro, como si hubiese una gran fiesta. A lo que dudé de poder incorporarme a tal espectáculo. También me acordaba un poco de la noche de mis 17 años cuando conocí a aquel excelente músico rockero: Iggy.
El día de hoy portaba mi vestimenta de siempre, mi vestido blanco hasta por encima de la rodilla, de escote amplio, botas de color cafe, mi sombrero blanco de paja y cinta azul, y por supuesto, traia conmigo mi instrumento y tesoro más importante.
El dueño del bar me indicó y señaló dónde podía acomodarme, había una tarima casi cerca de la barra, con un banquillo de madera alto y almohadilla roja. Asentí con la cabeza con una sonrisa suave, y luego avancé entre las mesas y sus comensales. Todos parecían absortos en sus mundos, en sus risas, apuestas, y su hambre de devorar los platillos del local.
Una vez sentada en el taburete designado, coloque la bolsa de pan a un costado de la silla. Abrí mi estuche de color negro, y ahi estaba, mi hermoso violín azul que siempre que lo miraba me hacia recordar el rostro de mi padre.Procedí a colocar el violín sobre mi hombro, encajando mi menton por sobre encima de la parte inferior de la madera, y con el arco posicionandose sobre las cuerdas, al primer sonido de música. Poco a poco, el ruido se mermó y lo único que iba quedando era una música que transmitía serenidad y tranquilidad.
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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