14-02-2026, 07:51 AM
El frío del mar acariciaba sus cicatrices. El agua, cristalina y salada, arremetía con suavidad contra su figura, arrullado por el oleaje tranquilo de la noche. Ese que desconocía el caos que se desarrollaba en la costa. Lamentablemente, Enji no podía hacer lo mismo. No podía abstraerse de lo que pasaba. Los gritos lo acosaban, anclándolo a ese dolor, a esos viejos recuerdos que emergen con el ondear de las llamas y sus lenguas de fuego creciendo hacia el firmamento. El aire estaba viciado de pavor, miedo y desesperación confluyendo en un alarido multitudinal. Un bramido de terror que calaba en los huesos y congelaba la sangre. Aunque, en su caso, la hacía arder. Ese mismo ardor crecía y se extendía por su cuerpo, como raíces volcánicas arraigando en cada articulación y perforando los músculos. Cómo la pobre víctima de un manto ardiente seguido de un viento helado, se quedaba estático, convertido en una estatua. Un monumento a la vida que alguna vez tuvo. Vida que pasaba frente a sus ojos, una y otra vez.
¿Dónde estaban? ¿Por qué no podía encontrarlos? Habían pasado años, pero las velas blancas con el símbolo del Gobierno Mundial plasmado en negro no volvieron a aparecer en ninguna costa. Al menos, no en su presencia.
«Los encontraré», prometió una vez, más esa promesa se fue diluyendo con el tiempo. Sus esfuerzos menguaron con el pasar de los meses y poco a poco se dejó arrastrar a la resignación. Hacía guardias eternas en el muelle de cada isla por la que pasaba, observando el mar. Esperando. Y temiendo, a la vez, que su espera conociera el final un día. Que ese barco volviera a aparecer. No lo quería admitir. Nunca lo haría. «Los encontraré», prometió. ¿Y luego qué?
Estaba sordo, ciego. Sus sentidos se habían paralizado y flotaba en el aire, ajeno al mundo más allá de las llamas. Todo lo que lo rodeaba ardía. Cómo esa vez en la casa, debajo de los tirantes de madera y encima de los cadáveres de su familia. Todo ardía.
Hasta que algo lo alcanzó.
Era… tibio. Un toque cálido que atravesó el ardor en su piel. Una fuerza pequeña, gentil, que lo envolvía. ¿Cuándo fue la última vez que sintió ese cobijo? El frío del mar no apagaba el calor en su piel, pero esos brazos… esos brazos podían hacerlo. Podían aislarlo un momento de sus pesadillas, brindarle un segundo de silencio, dotarlo de paz. Un segundo, nada más. Un único segundo de calma después de años sumido en la locura. Se sentía bien. Cómo la primera bocanada de aire después de un largo tiempo bajo el agua.
Enji abrió los ojos.
Estaba de espaldas al fuego y, aún así, podía sentir el calor llegando desde el incendio que rápidamente se propagaba por la costa. Los esfuerzos de los locales y marineros de todos lados que habían atacado en Baquella lograron contener una parte, evitar que se extendiera hacia dentro de la isla, pero las llamas eran enormes y el humo negro se debía ver desde Samba. El barco que transportaba aceite era ahora una enorme antorcha y a su alrededor, en el agua, el fuego crepitaba contra las olas, pues varios habían optado por hundirlo para que el mar se tragara las llamas. El aceite encendido flotaba y tenías en el mar una alfombra roja, brillante y aterradora.
Estaban lo suficientemente lejos como para sentirse a salvo.
—Tu hermano está ahí —señaló tras reparar en quién era la persona que lo sostenía entre sus brazos—. ¿Qué haces consolando a un vagabundo? ¡Tu maldito hermano está ahí!
Apretó los dientes, apretó los ojos, tensó todo el cuerpo y aún así no pudo moverse. No pudo girarse. Estaba atrapado en el terror y solo se sentía capaz de hablar porque le daba la espalda.
—¡Yo no puedo ayudar! ¡Dejame aquí y busca a alguien que pueda mover el culo!
¿Dónde estaban? ¿Por qué no podía encontrarlos? Habían pasado años, pero las velas blancas con el símbolo del Gobierno Mundial plasmado en negro no volvieron a aparecer en ninguna costa. Al menos, no en su presencia.
«Los encontraré», prometió una vez, más esa promesa se fue diluyendo con el tiempo. Sus esfuerzos menguaron con el pasar de los meses y poco a poco se dejó arrastrar a la resignación. Hacía guardias eternas en el muelle de cada isla por la que pasaba, observando el mar. Esperando. Y temiendo, a la vez, que su espera conociera el final un día. Que ese barco volviera a aparecer. No lo quería admitir. Nunca lo haría. «Los encontraré», prometió. ¿Y luego qué?
Estaba sordo, ciego. Sus sentidos se habían paralizado y flotaba en el aire, ajeno al mundo más allá de las llamas. Todo lo que lo rodeaba ardía. Cómo esa vez en la casa, debajo de los tirantes de madera y encima de los cadáveres de su familia. Todo ardía.
Hasta que algo lo alcanzó.
Era… tibio. Un toque cálido que atravesó el ardor en su piel. Una fuerza pequeña, gentil, que lo envolvía. ¿Cuándo fue la última vez que sintió ese cobijo? El frío del mar no apagaba el calor en su piel, pero esos brazos… esos brazos podían hacerlo. Podían aislarlo un momento de sus pesadillas, brindarle un segundo de silencio, dotarlo de paz. Un segundo, nada más. Un único segundo de calma después de años sumido en la locura. Se sentía bien. Cómo la primera bocanada de aire después de un largo tiempo bajo el agua.
Enji abrió los ojos.
Estaba de espaldas al fuego y, aún así, podía sentir el calor llegando desde el incendio que rápidamente se propagaba por la costa. Los esfuerzos de los locales y marineros de todos lados que habían atacado en Baquella lograron contener una parte, evitar que se extendiera hacia dentro de la isla, pero las llamas eran enormes y el humo negro se debía ver desde Samba. El barco que transportaba aceite era ahora una enorme antorcha y a su alrededor, en el agua, el fuego crepitaba contra las olas, pues varios habían optado por hundirlo para que el mar se tragara las llamas. El aceite encendido flotaba y tenías en el mar una alfombra roja, brillante y aterradora.
Estaban lo suficientemente lejos como para sentirse a salvo.
—Tu hermano está ahí —señaló tras reparar en quién era la persona que lo sostenía entre sus brazos—. ¿Qué haces consolando a un vagabundo? ¡Tu maldito hermano está ahí!
Apretó los dientes, apretó los ojos, tensó todo el cuerpo y aún así no pudo moverse. No pudo girarse. Estaba atrapado en el terror y solo se sentía capaz de hablar porque le daba la espalda.
—¡Yo no puedo ayudar! ¡Dejame aquí y busca a alguien que pueda mover el culo!
