15-02-2026, 09:51 AM
Tanto su mirada como su mente permanecían absortas en aquellas páginas extendidas frente a él. El hombre de piel morena y ojos rojizos se refugiaba en el discreto anonimato que le ofrecía una de las mesas más alejadas del bar, como si la penumbra y el murmullo general fueran un velo conveniente tras el cual podía pensar sin ser perturbado. Volvió a llevar el vaso de whisky a sus labios y dio otro trago pausado, sintiendo cómo la intensidad del licor descendía con firmeza por su garganta, dejando tras de sí un calor áspero y persistente.
Entre las hojas que repasaba con paciencia, sus dedos se detuvieron una vez más en uno de los primeros apuntes que había redactado tras examinar la escena del crimen correspondiente al segundo asesinato, ocurrido en las cercanías de la zona comercial norte de la ciudad. Aquel recuerdo seguía tan vívido como el primer día.
La pulcra caligrafía con la que había trazado aquellas líneas le confirmaba algo que no lograba quitarse de la cabeza: aquel asesino no era un hombre común. Había en sus actos una meticulosidad casi clínica, una precisión que no dejaba espacio para errores ni descuidos. Esa certeza, lejos de tranquilizarlo, lo frustraba aún más. Con un leve suspiro contenido, pasó la hoja hasta encontrarse con una página en blanco, observándola fijamente, como si esperara que esta le devolviera alguna respuesta. Sin embargo, solo halló el silencio inmóvil del papel.
Fue entonces cuando el movimiento en la entrada del bar captó su atención. El dueño, un hombre canoso de andar tranquilo, ingresó acompañado por una joven de cabellos pelirrojos y ojos de un azul intenso que resaltaba incluso bajo la luz tenue del lugar. Vestía un holgado vestido blanquecino y un amplio sombrero del mismo tono, creando un contraste armonioso que acentuaba la claridad de su mirada.
La figura de aquella muchacha parecía ser el reverso exacto de la suya. Bones, con su piel morena, su elegante traje negro de detalles rojizos oscuros, los accesorios de huesos y calaveras que adornaban su atuendo, y la pluma de rojo intenso que reposaba sobre su sombrero de copa tan negro como la noche, proyectaba una presencia solemne y enigmática. Sus pupilas rojizas se cruzaron con las azulinas de Miyori en un instante cargado de silenciosa curiosidad.
La joven tomó asiento en un taburete cercano, dejó una bolsa a su costado y, con movimientos delicados pero seguros, extrajo su instrumento del estuche. El violín, de un tono azulino que parecía reflejar la profundidad de sus ojos, fue colocado ceremoniosamente bajo su mentón. Apenas el arco rozó las cuerdas, una melodía suave comenzó a desplegarse en el aire. Poco a poco, las voces de los ebrios que conversaban a viva voz fueron apagándose, sustituidas por una atención respetuosa que duró más de unos segundos.
La música era lenta, pero envolvente; cálida en su cadencia y armoniosa en la forma en que el arco se deslizaba entre los finos dedos de la pelirroja. Cada nota parecía flotar con intención propia, llenando los espacios vacíos del lugar con una serenidad inesperada. Bones, por su parte, dejó que aquellas tonadas lo arrastraran lejos de sus pensamientos sombríos. Cerró el cuaderno y apartó los apuntes con cuidado. Ya no tenía ánimo para escribir conclusiones ni teorías.
En su lugar, tomó el lápiz con una precisión casi automática y comenzó a trazar líneas sobre la página en blanco. No redactaba palabras esta vez; dibujaba. Su mano, acostumbrada al análisis minucioso, se movía ahora con una sensibilidad distinta, capturando en un bosquejo la figura de la joven que se había subido a la tarima para interpretar aquella delicada y cautivadora melodía.
Entre las hojas que repasaba con paciencia, sus dedos se detuvieron una vez más en uno de los primeros apuntes que había redactado tras examinar la escena del crimen correspondiente al segundo asesinato, ocurrido en las cercanías de la zona comercial norte de la ciudad. Aquel recuerdo seguía tan vívido como el primer día.
Cita:“Sujeto masculino, de unos 34 años. Su atuendo resalta que proviene de una zona adinerada de la ciudad: traje a medida y zapatos de cuero de cocodrilo. Aun así, no parece que el asesino estuviera interesado en el dinero, ya que tanto su billetera como las joyas que adornaban sus dedos y la gargantilla de oro en su cuello no fueron sustraídas.
No existen pruebas de forcejeo o lucha. Quien haya cometido el asesinato fue preciso y rápido, notándose un control de los cortes casi quirúrgico, algo muy poco propio de un psicópata que solo desea matar para satisfacer una necesidad.
Seguiré investigando a detalle.”
La pulcra caligrafía con la que había trazado aquellas líneas le confirmaba algo que no lograba quitarse de la cabeza: aquel asesino no era un hombre común. Había en sus actos una meticulosidad casi clínica, una precisión que no dejaba espacio para errores ni descuidos. Esa certeza, lejos de tranquilizarlo, lo frustraba aún más. Con un leve suspiro contenido, pasó la hoja hasta encontrarse con una página en blanco, observándola fijamente, como si esperara que esta le devolviera alguna respuesta. Sin embargo, solo halló el silencio inmóvil del papel.
Fue entonces cuando el movimiento en la entrada del bar captó su atención. El dueño, un hombre canoso de andar tranquilo, ingresó acompañado por una joven de cabellos pelirrojos y ojos de un azul intenso que resaltaba incluso bajo la luz tenue del lugar. Vestía un holgado vestido blanquecino y un amplio sombrero del mismo tono, creando un contraste armonioso que acentuaba la claridad de su mirada.
La figura de aquella muchacha parecía ser el reverso exacto de la suya. Bones, con su piel morena, su elegante traje negro de detalles rojizos oscuros, los accesorios de huesos y calaveras que adornaban su atuendo, y la pluma de rojo intenso que reposaba sobre su sombrero de copa tan negro como la noche, proyectaba una presencia solemne y enigmática. Sus pupilas rojizas se cruzaron con las azulinas de Miyori en un instante cargado de silenciosa curiosidad.
La joven tomó asiento en un taburete cercano, dejó una bolsa a su costado y, con movimientos delicados pero seguros, extrajo su instrumento del estuche. El violín, de un tono azulino que parecía reflejar la profundidad de sus ojos, fue colocado ceremoniosamente bajo su mentón. Apenas el arco rozó las cuerdas, una melodía suave comenzó a desplegarse en el aire. Poco a poco, las voces de los ebrios que conversaban a viva voz fueron apagándose, sustituidas por una atención respetuosa que duró más de unos segundos.
La música era lenta, pero envolvente; cálida en su cadencia y armoniosa en la forma en que el arco se deslizaba entre los finos dedos de la pelirroja. Cada nota parecía flotar con intención propia, llenando los espacios vacíos del lugar con una serenidad inesperada. Bones, por su parte, dejó que aquellas tonadas lo arrastraran lejos de sus pensamientos sombríos. Cerró el cuaderno y apartó los apuntes con cuidado. Ya no tenía ánimo para escribir conclusiones ni teorías.
En su lugar, tomó el lápiz con una precisión casi automática y comenzó a trazar líneas sobre la página en blanco. No redactaba palabras esta vez; dibujaba. Su mano, acostumbrada al análisis minucioso, se movía ahora con una sensibilidad distinta, capturando en un bosquejo la figura de la joven que se había subido a la tarima para interpretar aquella delicada y cautivadora melodía.
