15-02-2026, 10:39 PM
El capataz había observado la dantesca escena con detalle. El alcohol ya no sabía tan dulce, se había estropeado con la sangre de sus camaradas. La amargura sería igual a la que proyectaría con la voz. Alek solo lo pudo mirar tras hablar, receloso, esperando quizás que se lanzase al ataque o que huyese. Por suerte para el no nativo de la isla, de aquel hombre brotaría una furia gutural producto de la escena. El lunarian clavó su mirada en la ajena, desafiante, sin moverse ni un ápice. - No te deberías haber molestado por un hecho entonces - Le replicó. Su tono de voz, a diferencia de su nuevo contrincante, parecía no fluctuar. Como si aquello lo hiciese todos los días y se hubiese convertido en un hábito más en su rutina.
Sintió la madera bajo sus pies retumbar, temblar, ante los pasos que avanzaban la distancia que separaba a ambos. Aquello parecía más la estampida de un rinoceronte que la carga de un solo hombre borracho. El moreno, temiendo la carga de aquellos brazos aferraría su arma con ambas manos. Frente a frente, levantó su arma en perpendicular a la descarga de la contraria con el único fin de interceptarlo en un choque limpio. No quería no podía permitirse que le rebana una mano o la oreja. Sintió la descarga de la fuerza del ataque, la vibración pasó por los músculos de su brazo. El choque metálico de ambas armas solo sería comparable con el crujir de los tablones. Sus pies estaban por ceder ante la madera, el lunarian, más astuto y sabiendo que no se llevaba muy bien con el mar hizo su jugada.
Sus alas vibraron en pleno choque y se extendieron ligeramente en un movimiento descendente desencadenando una repentina masa de aire contra el suelo y elevando todo su cuerpo en el aire tras el choque. Probablemente aquella acción terminaría por destruir aquellos tablones que estaban bajo sus pies. Desde su altura miraría hacia abajo, con cierta superioridad, observando al capataz. Aun sentía ese choque de armas.
Los tambores se volvieron frenéticos una vez más, el sonido de metales había quedado opacado, ensordecido, por una jauría de percusión y gente que seguía disfrutando del ambiente. Más tarde se darían cuenta de lo que allí estaba pasando, cuando el alcohol bajase. Intentando reprimir aquella sonrisa, delator de sus gustos por la pelea, se alejó dos metros en pleno aire y nuevamente se impulsó volando. El estallido de sus alas parecía el de una mano abofeteando una cara. Pegó el arma a su cuerpo mientras avanzaba en horizontal, su arma en una posición fija para aprovechar toda la inercia de su velocidad en el aire y terminar por golpearlo en su cabeza, buscaba uno de sus ojos pero cualquiera parte le valía para aquella tarea.
Su pelo blanco danzaba con el aire, sus ropas chocaban contra su propia piel, las plumas de sus alas vibraban con la emoción del combate, mientras las estrellas lo miraban. Aunque si conseguía descorchar aquel ojo, seguramente el capataz no iba a ver tanto.
Sintió la madera bajo sus pies retumbar, temblar, ante los pasos que avanzaban la distancia que separaba a ambos. Aquello parecía más la estampida de un rinoceronte que la carga de un solo hombre borracho. El moreno, temiendo la carga de aquellos brazos aferraría su arma con ambas manos. Frente a frente, levantó su arma en perpendicular a la descarga de la contraria con el único fin de interceptarlo en un choque limpio. No quería no podía permitirse que le rebana una mano o la oreja. Sintió la descarga de la fuerza del ataque, la vibración pasó por los músculos de su brazo. El choque metálico de ambas armas solo sería comparable con el crujir de los tablones. Sus pies estaban por ceder ante la madera, el lunarian, más astuto y sabiendo que no se llevaba muy bien con el mar hizo su jugada.
Sus alas vibraron en pleno choque y se extendieron ligeramente en un movimiento descendente desencadenando una repentina masa de aire contra el suelo y elevando todo su cuerpo en el aire tras el choque. Probablemente aquella acción terminaría por destruir aquellos tablones que estaban bajo sus pies. Desde su altura miraría hacia abajo, con cierta superioridad, observando al capataz. Aun sentía ese choque de armas.
Los tambores se volvieron frenéticos una vez más, el sonido de metales había quedado opacado, ensordecido, por una jauría de percusión y gente que seguía disfrutando del ambiente. Más tarde se darían cuenta de lo que allí estaba pasando, cuando el alcohol bajase. Intentando reprimir aquella sonrisa, delator de sus gustos por la pelea, se alejó dos metros en pleno aire y nuevamente se impulsó volando. El estallido de sus alas parecía el de una mano abofeteando una cara. Pegó el arma a su cuerpo mientras avanzaba en horizontal, su arma en una posición fija para aprovechar toda la inercia de su velocidad en el aire y terminar por golpearlo en su cabeza, buscaba uno de sus ojos pero cualquiera parte le valía para aquella tarea.
Su pelo blanco danzaba con el aire, sus ropas chocaban contra su propia piel, las plumas de sus alas vibraban con la emoción del combate, mientras las estrellas lo miraban. Aunque si conseguía descorchar aquel ojo, seguramente el capataz no iba a ver tanto.
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