16-02-2026, 01:23 AM
(Última modificación: 16-02-2026, 03:47 AM por Runin D. Kitay.)
La grata disposición de aquel que sonríe, pese al cúmulo de molestias generadas durante los acontecimientos de la noche, provoca intensas miradas, cálidas sensaciones y fluidos movimientos que no solo instan a la imaginación, sino también a la acción. ¿Decoro, prudencia o zozobra? Términos insignificantes para quienes desoyen el protocolo y prefieren fundirse en una desenfrenada danza, guiada por la complicidad, el líbido y el deseo. Allí donde las palabras se diluyen en delirantes gemidos y las tensiones se derriten, generando húmedos sonidos que compiten con el murmullo del agua al caer sobre la tina.
La acostumbrada competitividad de la fémina queda rezagada cuando de Ryota se trata. En esa intimidad que los invita a pertenecerse, a confiar y, finalmente, a permitirse escucharse de verdad. Sintiéndose lívidos y plácidos, en perfecta sintonía. Incluso podría cerrar los ojos y permitirse dejarse llevar por el tibio estímulo de flotar sobre el agua, percibiendo bajo su cuerpo el de aquel que la mantiene elevada en más de un sentido. Los labios se relamen aún sintiendo el dulce regusto del sabor ajeno. Se estremece.
—No vale la pena estarlo, cariño. —Un sonido dulce, semejante a una risa leve, se desliza entre los labios de la fémina. Más atenta escucha al castaño, asiente al tiempo que acomoda las largas hebras de su empapado cabello sobre su hombro izquierdo. —Realmente no sé qué hiciste cuando atacaste por primera vez a Tuerca; hasta ahora nunca había visto a alguien moviéndose así de rápido, pero… —Rememora el momento, ciertamente la pelirroja pareció sorprendida, pero a nivel daño, no vió demasiado.
—... es cierto que no pareció demasiado afectada durante el combate. Aún cuando conectabas golpes, ella continuaba. —Comenta, pensativa. Su voz no denota burla ni apatía, sigue el mismo curso que la de su compañero. —¿Estás seguro de continuar convirtiéndote, cariño? ¿No habrá eso influido en tus golpes? —Observa sus propias manos antes de dejarlas caer bajo el agua, buscando las de Ryota, entrelazándolas con las propias.
—Sé que odias las arañas, no sé si haga falta excederse así. —Ella no podría pensar siquiera en transformarse en una cucaracha, de solo pensarlo tiembla horrorizada, niega creando ondas. —¿No te llama la atención dar más puñetazos como yo? ¿O algún estilo? Por ejemplo, yo dejé de usar el arco; me gusta pero, no lo sé, sentía que no hacía demasiado. Isla Karate me abrió los ojos. —No puede evitar sonreír ampliamente porque sabe que quien le ayudó fue Ryota, no la isla, ni otra persona; le gusta molestarlo. Con algo de cuidado lleva las manos entrelazadas alrededor de su cuerpo, como si quisiera que el más alto la abrazara o, simplemente, la tocara.

—Si te decides, puedo ser tu maestra, fufufu.
Bien, eso último si ha sido una burla.
