16-02-2026, 03:38 AM
Los ojos cerúleos de Shin seguían ocultos tras el vidrio negro de las gafas que tiene puestas, aún cruzado de brazos y manteniéndose fijo en las acciones del gigante. Lo cierto es que hay un deje de expectación natural en el albino, sin embargo su sonrisa confiada exterioriza algo tan cierto como indiscutido: Está confiado, siente que no hay nada que pueda tocarlo o vencerlo allí, e inclusive si así fuese no lo vislumbraría hasta verse genuinamente derrotado.
Sólo algo puntual desarticuló su postura, en principio firme, y no se debió a la escandalosa risa que desató, ni mucho menos la breve advertencia que destinó a su persona, encomendándole cuidado con la honestidad que destilan sus palabras. Fue el arma del hombre bajando de su hombro, chocando contra el muelle en un sonido tan seco como destructivo, moviéndolo con amplias dosis de peligrosidad, al nivel de hacer que el marine busque hacer equilibrio, retornando ambos brazos a los laterales de su cuerpo.
Mucho más alerta a la posible destrucción de la madera vieja y los riesgos que ello conlleva, como caer al mar y quedar totalmente inhabilitado para cualquier acción, lo observó y escuchó, ampliando la curva en sus labios al reconocerlo como Kazan, "marea azul". Ese dato fue acompañado como auto-percibirse parte de la armada revolucionaria, uno de los enemigos más grandes del Gobierno Mundial y por lo tanto, una amenaza que las leyes y dogmas de la Marina lo obligan a derrotar con la mayor de las prioridades.
¿Pero por qué algo tan sencillo se sentía así de agrio? Escuchar las vivencias de Kazan, el uso indebido de sus fortalezas como arma para el entretenimiento de los adinerados, removía un asco absurdamente alto por todo lo que las altas esferas del Gobierno Mundial representaban, la casta que permitía esclavos, quitando derechos humanos a personas inocentes. Frente a sus ojos tenía a una persona con suficientes motivos para destruirlo todo a su paso, sin embargo, Hasegawa no podía permitirlo, ni aunque hubiese vivido tres décadas en el infierno.
Sin leyes, sin consecuencias para actos crueles e ilegales, la maldad asolaría con el triple de fuerza a la gente que sólo quieren vivir una vida tranquila, porque donde hay personas con ideales firmes como el gigante frente a él, existen tres más que ante la falta de retribuciones mediante una fuerza mayor como la marina, pierden el miedo y hacen que sus fantasías más oscuras se cumplan sobre quienes no pueden defenderse.
Y aunque muchos revolucionarios sean nobles, no podían protegerlos a todos. Porque incluso la mismísima marina fallaba en ello. Siempre habrá alguien asesinado injustamente, siempre se verán los derechos de algún inocente vulnerados, en alguna parte del mundo, donde ningún testigo pudiese evitarlo, y eso lo llenaba de rabia.
Kazan se niega a soltar el arma, y por desgracia eso sólo dejaba una única vía disponible a aquel encuentro. El gigante estaba en el momento equivocado, a la hora errónea, aunque algo le decía que independientemente de ello se habrían visto las caras para combatir por...
Shin suspiró, sus ojos tras las gafas mostraban el disgusto que vivía, aún anclado a las órdenes que se le fueron dadas, pero también protegiendo la ley y el orden por el cual se juró luchar tras la muerte de todos sus amigos a manos de piratas. A diferencia de aquel hombre, Hasegawa no iba a contar su historia, porque ya era tarde para eso. En el fondo se preguntaba cómo habría reaccionado el revolucionario si lo escuchaba abrirse desde el fondo de su corazón, ambos bebiendo en alguna cantina que permitiese a individuos de su tamaño ingresar. ¿Sentiría empatía? ¿Odio hacia los culpables de asesinar gente con buenos valores? ¿O por ser marines continuaría detestándolos?
—Jamás atacaría a un hombre por sus buenos ideales. —respondió, inmediatamente tras que dejase de hablar —Pero estás equivocado. Ningún mundo funciona desde la anarquía, porque incluso fuera de los márgenes que ahora mismo protegen a los aristócratas que mencionas, siempre existirá gente capaz de aprovecharse desde las sombras. Lo que nos diferencia es muy sencillo. —otro suspiro, aún sin romper su sonrisa.
—Elegiste tomar tus vivencias para destruir. Yo, las mías para transformar el mundo en algo más justo. —el tono gradualmente se transforma, la fanfarronería vuelve a ocupar lugar en sus palabras —Porque ninguna historia le da a nadie el derecho para desestabilizar al mundo. —reafirmó, como antesala de lo que vendría. Fue en ese instante que se llevó la mano izquierda a las gafas de sol, quitándoselas, y observando al gigante con una mirada llena de determinación, ego y confianza.
—Así que Marea Azul, ¿eh? Que tierno... —bajó los lentes a la altura de su mentón, con su otra mano quieta al lateral de su cuerpo. —Yo, para ti... —su sonrisa resplandece, y sólo suelta unas últimas palabras antes de desatar lo que es el anuncio de lo inevitable. Sus piernas habían comenzado a brillar.
Soltó las gafas de sol. Frente a Kazan, no sólo el objeto de cristal negro quedó suspendido en el aire, también, la gorra con atribución clara hacia la marina. Los segundos parecieron ralentizarse, convirtiéndose en eternos, donde incluso la gravedad perdía sentido, costándole el llevarse hacia el centro dos accesorios sin nada que evitase su caída.
Shin había desaparecido. Al menos, bajo la percepción de la mismísima Marea Azul, porque prácticamente de inmediato se lo pudo observar a 2 metros adicionales de distancia, un total de 17 que lo separaban del gigante, de pie sobre tierra firme, apuntando con su brazo derecho y el izquierdo sosteniéndose el hombro, dedos índice, medio y pulgar extendidos. Desde las yemas apareció una esfera dorada de quince centímetros, breve destello que ni siquiera funcionaba como advertencia, pues tan pronto como se hizo visible, se disparó en dirección a la mano derecha de Kazan.
La velocidad resultaba absurda, y el impacto fue fructífero, las intenciones de Hasegawa eran desarmarlo de un sólo ataque, pero algo le decía que a lo mejor no iba a ser posible, considerando los valores altísimos que su oponente parecía exhibir mediante el collar de cuentas y la enorme maza que portaba. Sin embargo, ¿conseguiría salir en una pieza de su ofensiva?
Los objetos aún no habían tocado el suelo, el rayo de luz cruzando entre ambos mientras la mirada cerúlea del marine reflejaba aquel fulgor.
Sólo algo puntual desarticuló su postura, en principio firme, y no se debió a la escandalosa risa que desató, ni mucho menos la breve advertencia que destinó a su persona, encomendándole cuidado con la honestidad que destilan sus palabras. Fue el arma del hombre bajando de su hombro, chocando contra el muelle en un sonido tan seco como destructivo, moviéndolo con amplias dosis de peligrosidad, al nivel de hacer que el marine busque hacer equilibrio, retornando ambos brazos a los laterales de su cuerpo.
Mucho más alerta a la posible destrucción de la madera vieja y los riesgos que ello conlleva, como caer al mar y quedar totalmente inhabilitado para cualquier acción, lo observó y escuchó, ampliando la curva en sus labios al reconocerlo como Kazan, "marea azul". Ese dato fue acompañado como auto-percibirse parte de la armada revolucionaria, uno de los enemigos más grandes del Gobierno Mundial y por lo tanto, una amenaza que las leyes y dogmas de la Marina lo obligan a derrotar con la mayor de las prioridades.
¿Pero por qué algo tan sencillo se sentía así de agrio? Escuchar las vivencias de Kazan, el uso indebido de sus fortalezas como arma para el entretenimiento de los adinerados, removía un asco absurdamente alto por todo lo que las altas esferas del Gobierno Mundial representaban, la casta que permitía esclavos, quitando derechos humanos a personas inocentes. Frente a sus ojos tenía a una persona con suficientes motivos para destruirlo todo a su paso, sin embargo, Hasegawa no podía permitirlo, ni aunque hubiese vivido tres décadas en el infierno.
El mundo necesita sistemas que contengan el anarquismo.
Sin leyes, sin consecuencias para actos crueles e ilegales, la maldad asolaría con el triple de fuerza a la gente que sólo quieren vivir una vida tranquila, porque donde hay personas con ideales firmes como el gigante frente a él, existen tres más que ante la falta de retribuciones mediante una fuerza mayor como la marina, pierden el miedo y hacen que sus fantasías más oscuras se cumplan sobre quienes no pueden defenderse.
Y aunque muchos revolucionarios sean nobles, no podían protegerlos a todos. Porque incluso la mismísima marina fallaba en ello. Siempre habrá alguien asesinado injustamente, siempre se verán los derechos de algún inocente vulnerados, en alguna parte del mundo, donde ningún testigo pudiese evitarlo, y eso lo llenaba de rabia.
Kazan se niega a soltar el arma, y por desgracia eso sólo dejaba una única vía disponible a aquel encuentro. El gigante estaba en el momento equivocado, a la hora errónea, aunque algo le decía que independientemente de ello se habrían visto las caras para combatir por...
Ideales idénticos, desde bandos opuestos.
Shin suspiró, sus ojos tras las gafas mostraban el disgusto que vivía, aún anclado a las órdenes que se le fueron dadas, pero también protegiendo la ley y el orden por el cual se juró luchar tras la muerte de todos sus amigos a manos de piratas. A diferencia de aquel hombre, Hasegawa no iba a contar su historia, porque ya era tarde para eso. En el fondo se preguntaba cómo habría reaccionado el revolucionario si lo escuchaba abrirse desde el fondo de su corazón, ambos bebiendo en alguna cantina que permitiese a individuos de su tamaño ingresar. ¿Sentiría empatía? ¿Odio hacia los culpables de asesinar gente con buenos valores? ¿O por ser marines continuaría detestándolos?
—Jamás atacaría a un hombre por sus buenos ideales. —respondió, inmediatamente tras que dejase de hablar —Pero estás equivocado. Ningún mundo funciona desde la anarquía, porque incluso fuera de los márgenes que ahora mismo protegen a los aristócratas que mencionas, siempre existirá gente capaz de aprovecharse desde las sombras. Lo que nos diferencia es muy sencillo. —otro suspiro, aún sin romper su sonrisa.
—Elegiste tomar tus vivencias para destruir. Yo, las mías para transformar el mundo en algo más justo. —el tono gradualmente se transforma, la fanfarronería vuelve a ocupar lugar en sus palabras —Porque ninguna historia le da a nadie el derecho para desestabilizar al mundo. —reafirmó, como antesala de lo que vendría. Fue en ese instante que se llevó la mano izquierda a las gafas de sol, quitándoselas, y observando al gigante con una mirada llena de determinación, ego y confianza.
—Así que Marea Azul, ¿eh? Que tierno... —bajó los lentes a la altura de su mentón, con su otra mano quieta al lateral de su cuerpo. —Yo, para ti... —su sonrisa resplandece, y sólo suelta unas últimas palabras antes de desatar lo que es el anuncio de lo inevitable. Sus piernas habían comenzado a brillar.
—Soy un jodido Dios, grandullón.
Soltó las gafas de sol. Frente a Kazan, no sólo el objeto de cristal negro quedó suspendido en el aire, también, la gorra con atribución clara hacia la marina. Los segundos parecieron ralentizarse, convirtiéndose en eternos, donde incluso la gravedad perdía sentido, costándole el llevarse hacia el centro dos accesorios sin nada que evitase su caída.
Shin había desaparecido. Al menos, bajo la percepción de la mismísima Marea Azul, porque prácticamente de inmediato se lo pudo observar a 2 metros adicionales de distancia, un total de 17 que lo separaban del gigante, de pie sobre tierra firme, apuntando con su brazo derecho y el izquierdo sosteniéndose el hombro, dedos índice, medio y pulgar extendidos. Desde las yemas apareció una esfera dorada de quince centímetros, breve destello que ni siquiera funcionaba como advertencia, pues tan pronto como se hizo visible, se disparó en dirección a la mano derecha de Kazan.
La velocidad resultaba absurda, y el impacto fue fructífero, las intenciones de Hasegawa eran desarmarlo de un sólo ataque, pero algo le decía que a lo mejor no iba a ser posible, considerando los valores altísimos que su oponente parecía exhibir mediante el collar de cuentas y la enorme maza que portaba. Sin embargo, ¿conseguiría salir en una pieza de su ofensiva?
Los objetos aún no habían tocado el suelo, el rayo de luz cruzando entre ambos mientras la mirada cerúlea del marine reflejaba aquel fulgor.
Resumen
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