16-02-2026, 08:29 PM
El choque de los metales fue un alarido agónico que se impuso, por un breve y violento segundo, al estruendo de los tambores de Samba. No fue un encuentro elegante; fue la colisión de dos voluntades brutas. La pesada hoja del espadón del Capataz, cargada con la inercia de su odio y sus músculos, se hundió contra el filo blanco de la katana de Alek. La vibración resultante recorrió los huesos del Lunarian como una descarga eléctrica, un recordatorio de que aquel hombre, aunque sucio y ebrio, poseía la fuerza de un buey de carga.
Bajo el punto de impacto, el muelle del Bar en el Río finalmente se rindió. Las maderas, ya castigadas por la humedad y la sangre, estallaron en una lluvia de astillas cuando Alek ejecutó su maniobra. La presión descendente del espadón, combinada con el violento aleteo del pirata, convirtió los tablones en meros escombros que cayeron al agua turbia. El Capataz, sintiendo que su golpe no encontraba la resistencia final del suelo sino el vacío, gruñó al ver cómo su presa desafiaba la gravedad.
El batir de las alas de Alek no solo lo elevó, sino que generó una onda expansiva de aire que dispersó el humo de las hogueras cercanas y el vaho de alcohol que flotaba sobre la barcaza. Desde las alturas, la figura del Lunarian se recortaba contra las estrellas. Abajo, el Capataz recuperaba el equilibrio a duras penas, con las botas hundidas en lo que quedaba de la estructura, rodeado de los restos de sus hombres y el agua del río Samba que empezaba a lamer sus tobillos.
Alek no le concedió tiempo para respirar. En el aire, el tiempo pareció dilatarse. El pirata ajustó su trayectoria, convirtiéndose en un proyectil de plumas negras y cabello blanco. Aprovechando la inercia del descenso y la velocidad acumulada, Alek se lanzó en un vuelo horizontal rasante, con la katana firme, apuntando con precisión quirúrgica al rostro del gigante.
El Capataz, viendo la luz del fuego reflejada en el acero que se aproximaba a su cabeza, soltó un rugido de pura desesperación. No tenía la agilidad para esquivar un ataque que venía del cielo, pero sí el instinto de supervivencia de una bestia herida. En el último instante, inclinó la cabeza hacia abajo para proteger el ojo que Alek buscaba con tanto ahínco.
La katana de Alek cortó el aire y encontró su marca, pero no del todo limpia. El acero se hundió en la carne del Capataz, abriendo un surco profundo que hizo brotar un chorro de sangre caliente, empapando las ropas sucias del estibador. El impulso del Lunarian fue tal que ambos terminaron rodando por la plataforma del bar flotante, que se balanceó violentamente, amenazando con soltarse de sus amarres.
Su adversario retrocedió trastabillando, tapándose la herida con una mano mientras la otra aún aferraba su arma. El dolor, lejos de amedrentarlo, pareció terminar de romper lo poco que quedaba de su cordura. El alcohol y la adrenalina habían creado un cóctel letal en su sistema. Su mirada, ahora nublada por el dolor pero fija en el pirata, delataba que no se detendría hasta que uno de los dos terminara en el fondo del río. Empuñando con ambas manos su espadón, saltó hacia Alek, lanzando un corte horizontal que cubrió todo el rango del desvencijado muelle.
Bajo el punto de impacto, el muelle del Bar en el Río finalmente se rindió. Las maderas, ya castigadas por la humedad y la sangre, estallaron en una lluvia de astillas cuando Alek ejecutó su maniobra. La presión descendente del espadón, combinada con el violento aleteo del pirata, convirtió los tablones en meros escombros que cayeron al agua turbia. El Capataz, sintiendo que su golpe no encontraba la resistencia final del suelo sino el vacío, gruñó al ver cómo su presa desafiaba la gravedad.
El batir de las alas de Alek no solo lo elevó, sino que generó una onda expansiva de aire que dispersó el humo de las hogueras cercanas y el vaho de alcohol que flotaba sobre la barcaza. Desde las alturas, la figura del Lunarian se recortaba contra las estrellas. Abajo, el Capataz recuperaba el equilibrio a duras penas, con las botas hundidas en lo que quedaba de la estructura, rodeado de los restos de sus hombres y el agua del río Samba que empezaba a lamer sus tobillos.
Alek no le concedió tiempo para respirar. En el aire, el tiempo pareció dilatarse. El pirata ajustó su trayectoria, convirtiéndose en un proyectil de plumas negras y cabello blanco. Aprovechando la inercia del descenso y la velocidad acumulada, Alek se lanzó en un vuelo horizontal rasante, con la katana firme, apuntando con precisión quirúrgica al rostro del gigante.
El Capataz, viendo la luz del fuego reflejada en el acero que se aproximaba a su cabeza, soltó un rugido de pura desesperación. No tenía la agilidad para esquivar un ataque que venía del cielo, pero sí el instinto de supervivencia de una bestia herida. En el último instante, inclinó la cabeza hacia abajo para proteger el ojo que Alek buscaba con tanto ahínco.
La katana de Alek cortó el aire y encontró su marca, pero no del todo limpia. El acero se hundió en la carne del Capataz, abriendo un surco profundo que hizo brotar un chorro de sangre caliente, empapando las ropas sucias del estibador. El impulso del Lunarian fue tal que ambos terminaron rodando por la plataforma del bar flotante, que se balanceó violentamente, amenazando con soltarse de sus amarres.
Su adversario retrocedió trastabillando, tapándose la herida con una mano mientras la otra aún aferraba su arma. El dolor, lejos de amedrentarlo, pareció terminar de romper lo poco que quedaba de su cordura. El alcohol y la adrenalina habían creado un cóctel letal en su sistema. Su mirada, ahora nublada por el dolor pero fija en el pirata, delataba que no se detendría hasta que uno de los dos terminara en el fondo del río. Empuñando con ambas manos su espadón, saltó hacia Alek, lanzando un corte horizontal que cubrió todo el rango del desvencijado muelle.
La caja de Pandora
