17-02-2026, 03:32 AM
El grito del fuego crepitaba en la costa. Enji lo podía escuchar, justo detrás de la voz de Miyori: caos y miedo convergiendo en un sonido particular, una armonía de muerte, aguda y penetrante. Cuán bien conocía ese ritmo y que fácil era perderse en sus compases, alejado de la realidad del mundo para sumirse y hundirse en las pesadillas del ayer. Esta vez, sin embargo, había algo por delante. Un latir particular, que, incluso lejos de su origen, podía sentir vibrando en las manos de la chica, en sus brazos, en su voz. Un golpeteo rápido y constante, cargado de temor, desesperación, frustración, y cariño. Reconocía todos esos sentimientos menos el último. El único que desentonó en su melodía y lo arrancó del ensueño. Su ancla a la realidad.
Los brazos de Enji respondieron levantándose del agua y rodeando esa figura pequeña, menuda, que lo sostenía. Se sentía frágil y aún así, firme. Valiente. Lo suficiente para tener el fin del mundo delante y no apartar la mirada.
Él no podía decir lo mismo.
—Estas loca, chica —dijo, y vio como un velo naranja caía frente a sus ojos. Sintió el descanso en ese hombro y sus párpados cayeron, cansados, mientras sus brazos apretaban la delicada figura que le brindaba cobijo—. Te vas a morir de frío en el agua.
Cosa que él no sufría. O si, pero no lo sentía. Todo el frío pesaba menos cuando habías sufrido el abrazo del fuego alguna vez.
En el muelle, las cosas no estaban mejorando. El fuego apenas y se había podido contener en la zona comercial y muchos temían que se fuera a extender por culpa del viento, que, inoportuno, había dejado de correr hacia el mar y ahora parecía regresarse, trayendo consigo el calor de las llamas. Los vecinos habían organizado líneas de pasamanos para llevar baldes de agua hacia el origen de las llamas, empapar las casas cercanas y las calles en busca de encerrar el incendio lo más lejos posible de la zona residencial. Los techos anaranjados, típicos de Baquella y una seña de identidad del pueblo, empezaban a ennegrecer.
Entonces, bajo el cobijo de la noche, llegaron los marines. Irrumpieron desde la calle principal con fuerza y autoridad, empujando a los civiles, abriéndose paso en el tumulto.
—¡Acordonen la zona! ¡Escuadron azul, al agua! ¡Escuadron rojo, a los baldes! ¡Vamos, vamos, vamos!
Una cuadrilla de gyojin uniformados corrieron al agua, pasando a un lado de Enji y Miyori, sorteando su momento para internarse en las aguas y formar entorno al barco que era el principal foco del fuego. Desde debajo, anclados a su casco por las palmados dedos, empezaron a arrastrarlos mar adentro, alejando la fuente del aceite y la antorcha que lo había empezado todo. Cuando hubieron separado un trecho seguro, la mitad del grupo regreso y mediante movimientos de Gyojin Karate, ejecutados en simultáneo y con suma precisión, precipitaron una lluvia de agua salada sobre esa sección del puerto. El fuego se revolvió, salvaje y rebelde, reticente a rendirse después de haber ardido con tantisima fuerza.
—¡Evacúen toda la costa hasta que podamos controlar el fuego! No quiera nadie cerca del agua. ¡Ya, ya, ya!
El superior ladraba las órdenes y sus subordinados asentían, rugían un “Sí” y corrían a cumplirlas.
—Necesitos que nos acompañen. Esta zona es muy peligrosa, jóvenes —dijo uno de los Gyojin que regresaban del mar al pasar junto a ellos—. Por favor, deben volver.
Los brazos de Enji respondieron levantándose del agua y rodeando esa figura pequeña, menuda, que lo sostenía. Se sentía frágil y aún así, firme. Valiente. Lo suficiente para tener el fin del mundo delante y no apartar la mirada.
Él no podía decir lo mismo.
—Estas loca, chica —dijo, y vio como un velo naranja caía frente a sus ojos. Sintió el descanso en ese hombro y sus párpados cayeron, cansados, mientras sus brazos apretaban la delicada figura que le brindaba cobijo—. Te vas a morir de frío en el agua.
Cosa que él no sufría. O si, pero no lo sentía. Todo el frío pesaba menos cuando habías sufrido el abrazo del fuego alguna vez.
En el muelle, las cosas no estaban mejorando. El fuego apenas y se había podido contener en la zona comercial y muchos temían que se fuera a extender por culpa del viento, que, inoportuno, había dejado de correr hacia el mar y ahora parecía regresarse, trayendo consigo el calor de las llamas. Los vecinos habían organizado líneas de pasamanos para llevar baldes de agua hacia el origen de las llamas, empapar las casas cercanas y las calles en busca de encerrar el incendio lo más lejos posible de la zona residencial. Los techos anaranjados, típicos de Baquella y una seña de identidad del pueblo, empezaban a ennegrecer.
Entonces, bajo el cobijo de la noche, llegaron los marines. Irrumpieron desde la calle principal con fuerza y autoridad, empujando a los civiles, abriéndose paso en el tumulto.
—¡Acordonen la zona! ¡Escuadron azul, al agua! ¡Escuadron rojo, a los baldes! ¡Vamos, vamos, vamos!
Una cuadrilla de gyojin uniformados corrieron al agua, pasando a un lado de Enji y Miyori, sorteando su momento para internarse en las aguas y formar entorno al barco que era el principal foco del fuego. Desde debajo, anclados a su casco por las palmados dedos, empezaron a arrastrarlos mar adentro, alejando la fuente del aceite y la antorcha que lo había empezado todo. Cuando hubieron separado un trecho seguro, la mitad del grupo regreso y mediante movimientos de Gyojin Karate, ejecutados en simultáneo y con suma precisión, precipitaron una lluvia de agua salada sobre esa sección del puerto. El fuego se revolvió, salvaje y rebelde, reticente a rendirse después de haber ardido con tantisima fuerza.
—¡Evacúen toda la costa hasta que podamos controlar el fuego! No quiera nadie cerca del agua. ¡Ya, ya, ya!
El superior ladraba las órdenes y sus subordinados asentían, rugían un “Sí” y corrían a cumplirlas.
—Necesitos que nos acompañen. Esta zona es muy peligrosa, jóvenes —dijo uno de los Gyojin que regresaban del mar al pasar junto a ellos—. Por favor, deben volver.
