17-02-2026, 04:33 AM
Cuando mis manos interpretaban la delicada música de mi pueblo natal, Baquella, mi espíritu se transportaba a las bahías mercantiles y sus hermosos edificios, esculpidos de manera hogareñas y tan acogedoras para los isleños de Baterilla. Mi mente y mi corazón me llevaban a soñar con aquellos años en los que amaba caminar descalza por el banco de arena de la costa, dejando que el dulce beso del mar mojara mis pies mientras sus olas irrumpen suavemente sobre los cimientos de la isla.
Lentamente abrí mis ojos a la última entonada de aquella hermosa melodía, y me sentí observaba por las personas del bar con suma atención. No me incomodaba, porque la melodía que tocaba era para ellos, para brindar un hermoso momento. Aunque supongo que el dueño de la taberna únicamente ansiaba un poco de paz.
Cuando la última nota se desvaneció en el aire, un suspiro leve escapó de mis labios. No era nostalgía, era la sensación de soltar un recuerdo querido, como quién abre la mano y deja que el viento lo lleve sin tristeza. El silencio quedó suspendido unos instantes, y entonces, alcé la mirada hacia los comensales, ofreciéndoles una sonrisa cargada de gratitud por haberme escuchado. Ellos respondieron únicamente con aplausos y copas elevadas en silencioso elogio, y aquello me hizo feliz… porque por un momento sentí que la música no había sido solo mía, sino nuestra.
Ahora teniendo la oportunidad y la libertad de poder merendar, me levanté decidida de aquel banquillo, no sin antes haber guardado mi violín y su arco dentro del estuche. Lo acomodé sobre mis hombros y tomé ahora aquella bolsa de papel que contenía mi merienda. Fue entonces que ahora se escuchaba nada más que alguna tranquila melodía de la rocola. Pero, ya no había tanto ruido en el ambiente.
—Muchas gracias, jovencita… —- Dijo el señor del bar, el que me había traído cuál niñera que debían cantar una canción de cuna. —- Deja que te invite una bebida, ¿Que te gustaría?.
— Si se pudiera, me gustaría un poco de limonada. — Expresé con cierta timidez, mientras platicabamos de manera informal en lo que recorría el espacio entre mesas y los comensales del lugar.
— Por supuesto, en un segundo te lo doy.
Sin querer en mi torpeza, en la parte media de mi pierna derecha, choqué contra una mesa en específico. Me asusté, y exclamé cierto quejido pues me había dolido un poco. No había tirado nada con mi torpeza, sin embargo, sentí vergüenza con la persona que estaba sentada, sola, pero parecía buscar tranquilidad.
—- Lo siento mucho… — Expresé nerviosa. Era un hombre algo peculiar en apariencia. Vestía con un estilo fúnebre pero único, rayando un poco la moda gótica con lo misterioso. Su piel era morena, su pelo azabache, habían toques rojos no solo en su manera de vestir o en la pluma que reposaba en una cama de calaveras sobre su sombrero de copa. Eran sus ojos, carmesí intenso que casi podría confundirlos con sangre. Y fue entonces, que me di cuenta… que había arruinado un papel que contenía algún tipo de bosquejo a lápiz. Mis nervios aumentaron a flor de piel. — ¡¡Lo siento, lo siento, lo siento!!
¿Era mi día de mala suerte?, O simplemente encontré un interesante gato negro en mi camino.
Lentamente abrí mis ojos a la última entonada de aquella hermosa melodía, y me sentí observaba por las personas del bar con suma atención. No me incomodaba, porque la melodía que tocaba era para ellos, para brindar un hermoso momento. Aunque supongo que el dueño de la taberna únicamente ansiaba un poco de paz.
Cuando la última nota se desvaneció en el aire, un suspiro leve escapó de mis labios. No era nostalgía, era la sensación de soltar un recuerdo querido, como quién abre la mano y deja que el viento lo lleve sin tristeza. El silencio quedó suspendido unos instantes, y entonces, alcé la mirada hacia los comensales, ofreciéndoles una sonrisa cargada de gratitud por haberme escuchado. Ellos respondieron únicamente con aplausos y copas elevadas en silencioso elogio, y aquello me hizo feliz… porque por un momento sentí que la música no había sido solo mía, sino nuestra.
Ahora teniendo la oportunidad y la libertad de poder merendar, me levanté decidida de aquel banquillo, no sin antes haber guardado mi violín y su arco dentro del estuche. Lo acomodé sobre mis hombros y tomé ahora aquella bolsa de papel que contenía mi merienda. Fue entonces que ahora se escuchaba nada más que alguna tranquila melodía de la rocola. Pero, ya no había tanto ruido en el ambiente.
—Muchas gracias, jovencita… —- Dijo el señor del bar, el que me había traído cuál niñera que debían cantar una canción de cuna. —- Deja que te invite una bebida, ¿Que te gustaría?.
— Si se pudiera, me gustaría un poco de limonada. — Expresé con cierta timidez, mientras platicabamos de manera informal en lo que recorría el espacio entre mesas y los comensales del lugar.
— Por supuesto, en un segundo te lo doy.
Sin querer en mi torpeza, en la parte media de mi pierna derecha, choqué contra una mesa en específico. Me asusté, y exclamé cierto quejido pues me había dolido un poco. No había tirado nada con mi torpeza, sin embargo, sentí vergüenza con la persona que estaba sentada, sola, pero parecía buscar tranquilidad.
—- Lo siento mucho… — Expresé nerviosa. Era un hombre algo peculiar en apariencia. Vestía con un estilo fúnebre pero único, rayando un poco la moda gótica con lo misterioso. Su piel era morena, su pelo azabache, habían toques rojos no solo en su manera de vestir o en la pluma que reposaba en una cama de calaveras sobre su sombrero de copa. Eran sus ojos, carmesí intenso que casi podría confundirlos con sangre. Y fue entonces, que me di cuenta… que había arruinado un papel que contenía algún tipo de bosquejo a lápiz. Mis nervios aumentaron a flor de piel. — ¡¡Lo siento, lo siento, lo siento!!
¿Era mi día de mala suerte?, O simplemente encontré un interesante gato negro en mi camino.
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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