17-02-2026, 09:50 AM
Día 40 de Verano, Año 16
El suelo de madera cruje bajo cada paso como si la tierra protestara. Diez metros de piel azul cerúlea avanzan despacio por el barrio ribereño de Samba alli donde las casas parecen que se acurrucan unas con otras. Kazan lleva el kanaboo apoyado sobre el hombro izquierdo, el mango en vertical y la cabeza señalando al cielo. A su derecha a unos tres metros una hilera de fachadas de madera desgastada. A su izquierda el río ancho y lento distante quizás veinte metros río abajo por la calle que baja.
El calor de Samba es asolador. Lleva cuatro días en la isla y es suficiente para entender la geometría de la desigualdad, cuanto más lejos del río más piedra en las paredes, simple ¿verdad?. Cuanto más cerca más madera y más bailarines descalzos usando los pies para decir lo que la boca no puede. Eso lo entiende Kazan sin que nadie se lo explique. Se detiene frente al Centro de Danza a solo cinco metros hasta la entrada. Las paredes exteriores vibran suavemente. Saca la pipa del fajón rojo, la carga con movimientos que sus dedos ya conocen de memoria, y la prende con el chisquero que guarda en la túnica amarilla. La primera calada sale despacio, el humo sube. "Bailan porque no pueden gritar." No es juicio. Es reconocimiento.
Rodea el edificio lentamente, orientando el cuerpo hacia el sur, hacia el patio trasero donde el sonido es más nítido. Sus pasos mantienen un metro y medio de separación respecto a la pared para no derrumbar nada con el hombro sin querer. Los tablones del suelo dejan marcas profundas bajo sus pies, hendiduras circulares que seguirán ahí mañana. En el patio hay gente y Kazan se detiene a unos ocho metros del grupo más cercano, de espaldas a la pared del callejón que bordea el edificio por el este. Desde ahí puede ver la entrada al patio y el tramo de calle que viene del río. Hay un ritmo en este lugar que no tiene que ver con la música.
-Por las profundidades... hace tiempo que no veía a gente moverse así.-
No habla para nadie en particular. O quizás sí. Toca los cuernos con la mano libre, una sola vez, como uno golpea una campana antes de formular una pregunta importante. "Division." La palabra lleva semanas revoloteando en algún lugar entre la garganta y el estómago, sin encontrar el momento exacto para aterrizar. Las misiones solitarias tienen un límite. Exhala humo. El olor dulzón del tabaco se mezcla con el aire húmedo del verano. Quien quiera notar a un gigante azul de diez metros fumando pipa en el patio trasero de un centro de danza tiene pocos motivos para no hacerlo.
