17-02-2026, 06:36 PM
Pronto todo se volvió caos. No el tipo de caos elegante y funcional que se encuentra en un centro lleno de funcionarios, ni tampoco el de una fila autorregulada que se ha declarado anarquista. Aquello era puro y duro caos, de ese tan auténtico que te hace reconsiderar seriamente la posibilidad de huir al monte y dedicarse a la nada.
Y es que, la aparición del fluido morado a través de la oreja de Enji, trastocó a la mujer que hasta entonces se había considerado estoica.
Así, lo que primero ocurrió, fue que la rubia dio un brinco hacia atrás, alejándose de Enji como si este acabara de anunciar que poseía una enfermedad contagiosa.
— Secreción sin identificar saliendo por sus oídos.
» Jaqueca.
» Estado de confusión...
Vanessa empezó a murmurar un seguido de síntomas como si estuviera leyendo el folleto de un medicamento.
Mientras tanto, Cave permanecía tan inmóvil que cualquiera habría jurado que llevaba horas ahí, posando; «Tener horchata en las venas» le encajaba tan bien en ese instante que habría sido un eslogan publicitario perfecto para su futura biografía.
—¿Posible daño en la masa encefálica? —dejó caer la rubia justo en el instante en el que el marine empezaba a «sangrar» por la nariz.
Y Cave, que continuaba sin entrar en acción solo pudo mirar de uno a otro, con la expresión de alguien que no entiende las reglas del juego pero sospecha que debe hacer algún movimiento.
—¡Tiene el cerebro hecho papilla! —la voz de la mujer reverberó por toda la estancia cuando, finalmente llegó a la conclusión de que el joven no había resistido los efectos adversos del P.E.C.A., tal y como los manuales, siempre llenos de optimismo, advertían—. ¡Ni en mis mejores sueños me pongo eso encima, Don Átivos!
Como si las palabras fueran un desafío personal, Völker —firme seguidor del viejo y hombre tan pendenciero como brabucón— se abalanzó sobre ella, agarrándola por el cuello de la camiseta para zarandearla con la delicadeza de un terremoto con complejo de protagonismo.
—¿¡Qué acabas de decir!? —gruño.
En ese momento, Cave, todavía sin hacer nada, descubrió una verdad tan profunda como reveladora: su tolerancia al estrés era tan baja que, cuanto más gritaba su compañero y más volaba la rubia de un lado a otro, él más retrocedía.
—Chicos, yo... — el hombre asustado pronto se encontró pegado a la pared, como una pegatina que nadie recuerda haber puesto pero que en cualquier momento echará a volar.
—¡Suéltala, Völker!— Endika saltó de la silla dispuesto a separar a sus compañeros —. Es normal que esté asustada.
—¿¡Asustada!? ¡Es una cobarde! Desde el principio intentó que no usáramos la máquina.
Vanessa, consciente de que enfrentarse a Völker era tan útil como discutir con un ladrillo, aprovechó que él estaba distraído para deslizarse fuera de la camiseta, dejándola colgando de sus manos como la muda de una serpiente.
—¡Cabeza de chorlito! ¿¡No te das cuenta de que acabas de sobrecargarla!? —insistió el joven.
Pero, para aquel entonces, sin hacer ruido, la rubia estaba huyendo semidesnuda.
—¿Es eso cierto, Vane? —la frase quedó a medias al darse cuenta de que estaba sujetando una camisa sin portador.
Völker se giró hacia todas partes buscando a la mujer.
—¡Basta! —la voz de Don Átivos hizo que todos callaran de golpe.
El hombre continuaba sentado frente al supuesto cadáver. No se había movido un ápice. Y pese a que el fluido comenzaba a acercarse peligrosamente hacia él, no parecía tener intención de hacer ningún movimiento.
—¿No veis que este hombre nos viene como anillo al dedo? —con uno de sus raquíticos dedos de la mano izquierda lo pinchó en la espalda como si así pudiera comprobar si estaba vivo —Pongámosle el P.E.C.A. y que cargue con nuestros crímenes.
Endika, que en ese momento vio el cielo abierto, fue el primero en asentir. Después le siguió Völker pues, Vanessa y Cave habían desaparecido en algún momento.
En medio, Don Átivos presidirá la escena sentado en una silla ligeramente más alta que las demás, lo justo para marcar jerarquía; a su alrededor, varios desconocidos ocuparán sillas: una especie de secretaria que toma notas frenéticamente, un acusado jóven que murmura para sí y dos sillas vacías que presumiblemente son las de Cave y Völker.
Hasta entonces, todos se habrán estado acusando entre sí, buscando exculparse y convertirse en el único, junto al líder, que saldrá impune de allí. Pero ahora... Casi cualquier cosa puede llegar a pasar.
Si te fijas en el improvisado atril, frente a Don Átivos, descansa un collarín conectado a varios cables que serpentean hasta una caja metálica con una única palanca. Es un aparato que te recuerda a los documentos que has encontrado en tu camino, los mismos que aún posees y por los cuales te han confundido con uno de los bandidos pese a que, a todas luces, no eres uno de ellos.
De repente, el aparato emitirá un leve zumbido intermitente, como si aguardara con paciencia su turno de palabra. Esa es tu prueba irrefutable de que tenías razón y que no te has inventado nada. La misma que convencerá a tus compañeros de que tus palabras no son las de un zumbado cualquiera. Solo uno muy realista. El problema, si has llegado hasta aquí, será escoger bien entre el cabecilla, la máquina o una imaginativa forma de terminar.
Y es que, la aparición del fluido morado a través de la oreja de Enji, trastocó a la mujer que hasta entonces se había considerado estoica.
Así, lo que primero ocurrió, fue que la rubia dio un brinco hacia atrás, alejándose de Enji como si este acabara de anunciar que poseía una enfermedad contagiosa.
— Secreción sin identificar saliendo por sus oídos.
» Jaqueca.
» Estado de confusión...
Vanessa empezó a murmurar un seguido de síntomas como si estuviera leyendo el folleto de un medicamento.
Mientras tanto, Cave permanecía tan inmóvil que cualquiera habría jurado que llevaba horas ahí, posando; «Tener horchata en las venas» le encajaba tan bien en ese instante que habría sido un eslogan publicitario perfecto para su futura biografía.
—¿Posible daño en la masa encefálica? —dejó caer la rubia justo en el instante en el que el marine empezaba a «sangrar» por la nariz.
Y Cave, que continuaba sin entrar en acción solo pudo mirar de uno a otro, con la expresión de alguien que no entiende las reglas del juego pero sospecha que debe hacer algún movimiento.
—¡Tiene el cerebro hecho papilla! —la voz de la mujer reverberó por toda la estancia cuando, finalmente llegó a la conclusión de que el joven no había resistido los efectos adversos del P.E.C.A., tal y como los manuales, siempre llenos de optimismo, advertían—. ¡Ni en mis mejores sueños me pongo eso encima, Don Átivos!
Como si las palabras fueran un desafío personal, Völker —firme seguidor del viejo y hombre tan pendenciero como brabucón— se abalanzó sobre ella, agarrándola por el cuello de la camiseta para zarandearla con la delicadeza de un terremoto con complejo de protagonismo.
—¿¡Qué acabas de decir!? —gruño.
En ese momento, Cave, todavía sin hacer nada, descubrió una verdad tan profunda como reveladora: su tolerancia al estrés era tan baja que, cuanto más gritaba su compañero y más volaba la rubia de un lado a otro, él más retrocedía.
—Chicos, yo... — el hombre asustado pronto se encontró pegado a la pared, como una pegatina que nadie recuerda haber puesto pero que en cualquier momento echará a volar.
—¡Suéltala, Völker!— Endika saltó de la silla dispuesto a separar a sus compañeros —. Es normal que esté asustada.
—¿¡Asustada!? ¡Es una cobarde! Desde el principio intentó que no usáramos la máquina.
Vanessa, consciente de que enfrentarse a Völker era tan útil como discutir con un ladrillo, aprovechó que él estaba distraído para deslizarse fuera de la camiseta, dejándola colgando de sus manos como la muda de una serpiente.
—¡Cabeza de chorlito! ¿¡No te das cuenta de que acabas de sobrecargarla!? —insistió el joven.
Pero, para aquel entonces, sin hacer ruido, la rubia estaba huyendo semidesnuda.
—¿Es eso cierto, Vane? —la frase quedó a medias al darse cuenta de que estaba sujetando una camisa sin portador.
Völker se giró hacia todas partes buscando a la mujer.
—¡Basta! —la voz de Don Átivos hizo que todos callaran de golpe.
El hombre continuaba sentado frente al supuesto cadáver. No se había movido un ápice. Y pese a que el fluido comenzaba a acercarse peligrosamente hacia él, no parecía tener intención de hacer ningún movimiento.
—¿No veis que este hombre nos viene como anillo al dedo? —con uno de sus raquíticos dedos de la mano izquierda lo pinchó en la espalda como si así pudiera comprobar si estaba vivo —Pongámosle el P.E.C.A. y que cargue con nuestros crímenes.
Endika, que en ese momento vio el cielo abierto, fue el primero en asentir. Después le siguió Völker pues, Vanessa y Cave habían desaparecido en algún momento.
Endika
En medio, Don Átivos presidirá la escena sentado en una silla ligeramente más alta que las demás, lo justo para marcar jerarquía; a su alrededor, varios desconocidos ocuparán sillas: una especie de secretaria que toma notas frenéticamente, un acusado jóven que murmura para sí y dos sillas vacías que presumiblemente son las de Cave y Völker.
Hasta entonces, todos se habrán estado acusando entre sí, buscando exculparse y convertirse en el único, junto al líder, que saldrá impune de allí. Pero ahora... Casi cualquier cosa puede llegar a pasar.
Si te fijas en el improvisado atril, frente a Don Átivos, descansa un collarín conectado a varios cables que serpentean hasta una caja metálica con una única palanca. Es un aparato que te recuerda a los documentos que has encontrado en tu camino, los mismos que aún posees y por los cuales te han confundido con uno de los bandidos pese a que, a todas luces, no eres uno de ellos.
De repente, el aparato emitirá un leve zumbido intermitente, como si aguardara con paciencia su turno de palabra. Esa es tu prueba irrefutable de que tenías razón y que no te has inventado nada. La misma que convencerá a tus compañeros de que tus palabras no son las de un zumbado cualquiera. Solo uno muy realista. El problema, si has llegado hasta aquí, será escoger bien entre el cabecilla, la máquina o una imaginativa forma de terminar.
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Bai Mudan
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⚖️ Capitana del Wu Wei
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Nv.23 — Silogista
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