17-02-2026, 08:06 PM
Mi corazón latía con una inquietud dulce y dolorosa, me hallaba entre la espada y la pared, y aún así elegía la espada, aceptando la posibilidad de la herida. Pero no sentía miedo a las posibilidades de un final trágico, presiento que todo terminaría en calma cuando el fuego abandonase el lugar en una silenciosa despedida.
En mi pecho floreció un sentimiento sin nombre, difícil de comprender, pero cuando lo sentí corresponder mi abrazo al rodear mi cuerpo con sus brazos, algo en mí sintió felicidad. No fue solo alivio… en sus brazos me sentí eterna.
Ya no era únicamente yo intentando rescatarlo del abismo; era él quien, en silencio, me permitía entrar.
Sus manos, su cuerpo… todo en él me resultaba cálido, aún cuando el oleaje frío del mar nos bañaba de forma constante. Sí, estaba loca, y me enorgullecía serlo, porque de no estarlo… no quedaría en mí una pizca de humanidad, y lo vería como los demás, como alguien que no merece que se le extienda la mano. Como él, me aferré a nuestro abrazo como si fuera lo único importante en ese instante, y lo era.
—No me importa. —- Respondí con voz tranquila, dejando reposar una suave sonrisa en mis labios, gentil y dulce. No sentía el frío, solo su calidez alrededor de mi cuerpo.
La ayuda de los marines finalmente había llegado. Sus órdenes resonaban entre el estruendo y el caos, desplegándose para resguardar al pueblo. ¿Sería este, por fin, el final de aquella noche infernal?, los sentí correr a nuestro alrededor, pasar junto a nosotros como una ráfaga urgente, y aún así, no me aparté de este hombre al cuál le brindaba refugio.
En la costa, la situación parecía tensarse cada vez más. Aunque los gyojin de la Marina intentaban dominar aquel barco devorado por las obstinadas llamas, no sería tarea sencilla…no mientras personas como nosotros permanecieran dentro del margen del peligro.
Me separé apenas de su abrazo, pero no sin antes sumergirme en la profundidad de sus ojos, del chico de cabellos desordenados y mirada carmesí. Mi duda seguía allí, una leve preocupación de alejarme, aunque lo sentía más tranquilo, no estaba segura de que fuera el momento de apartarme. Mis manos permanecieron en sus hombros, como si apartarlas del todo fuera traicionar lo que aún nos unía.
Mi atención se vio obligada a desplazarse hacia los gyojin, que nos indicaban la urgencia de abandonar la zona en llamas —- Si, señor... —- Dije sutil, casi a regañadientes, pero obediente. Y fue entonces que decidí levantarme. Con mi vestido, pelo y cuerpo empapado. Extendí mi mano derecha al hombre que aún desconocía por completo, quizás en la posibilidad que vuelva a golpear mi mano en rechazo. Pero soy terca, y me gusta serlo.
—- ¿Está bien si te acompaño hasta el muelle?, bueno lo que queda de él. — Dije con una sonrisa suave, teñida de ironía. No habia un lugar realmente agradable donde quedarse, pronto las cenizas cubrirían más que los recuerdos bellos de Baquella.
Aun así, había una promesa que debía cumplir, no causarle más molestias.
En mi pecho floreció un sentimiento sin nombre, difícil de comprender, pero cuando lo sentí corresponder mi abrazo al rodear mi cuerpo con sus brazos, algo en mí sintió felicidad. No fue solo alivio… en sus brazos me sentí eterna.
Ya no era únicamente yo intentando rescatarlo del abismo; era él quien, en silencio, me permitía entrar.
Sus manos, su cuerpo… todo en él me resultaba cálido, aún cuando el oleaje frío del mar nos bañaba de forma constante. Sí, estaba loca, y me enorgullecía serlo, porque de no estarlo… no quedaría en mí una pizca de humanidad, y lo vería como los demás, como alguien que no merece que se le extienda la mano. Como él, me aferré a nuestro abrazo como si fuera lo único importante en ese instante, y lo era.
—No me importa. —- Respondí con voz tranquila, dejando reposar una suave sonrisa en mis labios, gentil y dulce. No sentía el frío, solo su calidez alrededor de mi cuerpo.
La ayuda de los marines finalmente había llegado. Sus órdenes resonaban entre el estruendo y el caos, desplegándose para resguardar al pueblo. ¿Sería este, por fin, el final de aquella noche infernal?, los sentí correr a nuestro alrededor, pasar junto a nosotros como una ráfaga urgente, y aún así, no me aparté de este hombre al cuál le brindaba refugio.
En la costa, la situación parecía tensarse cada vez más. Aunque los gyojin de la Marina intentaban dominar aquel barco devorado por las obstinadas llamas, no sería tarea sencilla…no mientras personas como nosotros permanecieran dentro del margen del peligro.
Me separé apenas de su abrazo, pero no sin antes sumergirme en la profundidad de sus ojos, del chico de cabellos desordenados y mirada carmesí. Mi duda seguía allí, una leve preocupación de alejarme, aunque lo sentía más tranquilo, no estaba segura de que fuera el momento de apartarme. Mis manos permanecieron en sus hombros, como si apartarlas del todo fuera traicionar lo que aún nos unía.
Mi atención se vio obligada a desplazarse hacia los gyojin, que nos indicaban la urgencia de abandonar la zona en llamas —- Si, señor... —- Dije sutil, casi a regañadientes, pero obediente. Y fue entonces que decidí levantarme. Con mi vestido, pelo y cuerpo empapado. Extendí mi mano derecha al hombre que aún desconocía por completo, quizás en la posibilidad que vuelva a golpear mi mano en rechazo. Pero soy terca, y me gusta serlo.
—- ¿Está bien si te acompaño hasta el muelle?, bueno lo que queda de él. — Dije con una sonrisa suave, teñida de ironía. No habia un lugar realmente agradable donde quedarse, pronto las cenizas cubrirían más que los recuerdos bellos de Baquella.
Aun así, había una promesa que debía cumplir, no causarle más molestias.
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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