17-02-2026, 08:31 PM
Kibai se agachó sobre la rama de un cedro milenario, hundiendo sus rodillas en el musgo blando mientras su cuerpo se convertía en una estatua de pelaje y tensión. El viento, caprichoso en las cercanías de los volcanes, soplaba ahora con una constancia salvadora desde el noreste, barriendo el claro y llevando el hedor de la masacre hacia el rostro del mink, asegurando que su propio aroma a salitre y ozono quedara sepultado a sus espaldas. Sus fosas nasales vibraron, filtrando el hierro de la sangre y el azufre, pero lo que realmente hizo que sus pupilas se contrajeran hasta ser meras rendijas fue la visión de los perpetradores.
Las garras de Kibai emergieron de sus almohadillas con un siseo casi imperceptible, enterrándose en la madera de la rama hasta hacer saltar pequeñas astillas. Un gruñido sordo, una vibración que nació en su pecho y murió tras sus colmillos apretados, escapó de sus labios.
—Tché… monos. Otra vez monos. Estoy harto de los malditos simios de esta isla —murmuró para sí mismo, con la voz cargada de un desprecio visceral.
Recordaba a los otros primates de Little Garden a los que se había enfrentado, bestias territoriales de fuerza bruta, pero esto era diferente. Lo que veía abajo no era la anarquía de una manada, sino una parodia macabra de la disciplina que él mismo conocía. La forma en que manipulaban los rifles, el orden con el que apilaban el equipo saqueado y, sobre todo, ese silencio funcional, le revolvía el estómago más que la propia carnicería. Era como ver un reflejo deformado en un espejo roto; una imitación de la humanidad despojada de su propósito, dejando solo la eficacia del asesinato.
El instinto de Kibai le gritaba que saltara. Sus músculos estaban cargados, listos para liberar una descarga de Electro que calcinara al primer mono que tuviera la osadía de vestir los jirones de un uniforme de la Marina. Sin embargo, en el último segundo, su mente de rastreador impuso su lógica sobre la rabia del cazador. Se obligó a esperar, presionando su pecho contra la madera para fundirse con la silueta del árbol. Había algo en la forma en que esos seres se comunicaban, en esos gruñidos que dictaban turnos y prioridades, que sugería que no eran el final de la cadena. Si los mataba allí, solo obtendría diez cadáveres peludos y malolientes, pero por supuesto ninguna respuesta sobre el paradero de los posibles supervivientes del grupo de reconocimiento o el origen de tal aberración.
Observó con una mezcla de fascinación y asco cómo la horda comenzaba a replegarse, moviéndose con la premura calculada de una patrulla cargada de botín. Cuando el último de ellos, el que cubría los cuerpos con una eficiencia gélida, se dio la vuelta para internarse en la espesura, Kibai supo que su juego de caza particular acababa de empezar.
Con movimientos lentos y precisos, Kibai se descolgó de la rama principal para posicionarse en una más baja que le permitiera una salida rápida. Se desató el cinturón de Raimei y lo cruzó sobre su pecho, asegurando la vaina de la espada firmemente a su espalda. No podía permitirse que el metal chocara contra la madera o el cuero en mitad del seguimiento. Ajustó su capa de marine, enrollando los extremos y fijándolos para que la tela no se enganchara en las espinas de los helechos ni restara un ápice de esa movilidad felina que iba a necesitar para mantenerse en las alturas sin ser visto.
Entonces, extendió ambas manos frente a él, con las palmas abiertas hacia el cielo.
De sus poros brotó un torrente de negro y amarillo. A las cincuenta avispas que ya patrullaban el perímetro, se sumaron otras treinta que emergieron con un zumbido sordo, una marea de insectos que vibraba con la energía del mink. En total, ochenta centinelas alados se distribuyeron en el aire siguiendo su voluntad mental. Kibai las organizó en una formación radial, un abanico de sensores vivientes que se proyectó por delante de él, barriendo toda la zona inmediatamente enfente a él.
Las avispas se adelantaron, manteniendo una distancia de seguridad de unos veinte metros respecto a los monos, comunicando directamente al marine un mapa constante de vibraciones, olores y movimientos. Gracias a ellas, el mink podía permitirse seguir a la horda desde una distancia de margen considerable, evitando el contacto visual directo y neutralizando cualquier posible emboscada de un centinela rezagado.
Kibai inició el descenso controlado, saltando de tronco en tronco con la ligereza de una pluma, manteniendo siempre el viento de cara y la mirada fija en los puntos de luz que sus avispas marcaban en su percepción. Aquella patrulla de simios creía que se retiraba en silencio hacia su cubil, pero no sabían que, sobre sus cabezas, la justicia de la División 60 los seguía con ochenta pares de ojos eléctricos y un par de colmillos sedientos de venganza.
Las garras de Kibai emergieron de sus almohadillas con un siseo casi imperceptible, enterrándose en la madera de la rama hasta hacer saltar pequeñas astillas. Un gruñido sordo, una vibración que nació en su pecho y murió tras sus colmillos apretados, escapó de sus labios.
—Tché… monos. Otra vez monos. Estoy harto de los malditos simios de esta isla —murmuró para sí mismo, con la voz cargada de un desprecio visceral.
Recordaba a los otros primates de Little Garden a los que se había enfrentado, bestias territoriales de fuerza bruta, pero esto era diferente. Lo que veía abajo no era la anarquía de una manada, sino una parodia macabra de la disciplina que él mismo conocía. La forma en que manipulaban los rifles, el orden con el que apilaban el equipo saqueado y, sobre todo, ese silencio funcional, le revolvía el estómago más que la propia carnicería. Era como ver un reflejo deformado en un espejo roto; una imitación de la humanidad despojada de su propósito, dejando solo la eficacia del asesinato.
El instinto de Kibai le gritaba que saltara. Sus músculos estaban cargados, listos para liberar una descarga de Electro que calcinara al primer mono que tuviera la osadía de vestir los jirones de un uniforme de la Marina. Sin embargo, en el último segundo, su mente de rastreador impuso su lógica sobre la rabia del cazador. Se obligó a esperar, presionando su pecho contra la madera para fundirse con la silueta del árbol. Había algo en la forma en que esos seres se comunicaban, en esos gruñidos que dictaban turnos y prioridades, que sugería que no eran el final de la cadena. Si los mataba allí, solo obtendría diez cadáveres peludos y malolientes, pero por supuesto ninguna respuesta sobre el paradero de los posibles supervivientes del grupo de reconocimiento o el origen de tal aberración.
Observó con una mezcla de fascinación y asco cómo la horda comenzaba a replegarse, moviéndose con la premura calculada de una patrulla cargada de botín. Cuando el último de ellos, el que cubría los cuerpos con una eficiencia gélida, se dio la vuelta para internarse en la espesura, Kibai supo que su juego de caza particular acababa de empezar.
Con movimientos lentos y precisos, Kibai se descolgó de la rama principal para posicionarse en una más baja que le permitiera una salida rápida. Se desató el cinturón de Raimei y lo cruzó sobre su pecho, asegurando la vaina de la espada firmemente a su espalda. No podía permitirse que el metal chocara contra la madera o el cuero en mitad del seguimiento. Ajustó su capa de marine, enrollando los extremos y fijándolos para que la tela no se enganchara en las espinas de los helechos ni restara un ápice de esa movilidad felina que iba a necesitar para mantenerse en las alturas sin ser visto.
Entonces, extendió ambas manos frente a él, con las palmas abiertas hacia el cielo.
De sus poros brotó un torrente de negro y amarillo. A las cincuenta avispas que ya patrullaban el perímetro, se sumaron otras treinta que emergieron con un zumbido sordo, una marea de insectos que vibraba con la energía del mink. En total, ochenta centinelas alados se distribuyeron en el aire siguiendo su voluntad mental. Kibai las organizó en una formación radial, un abanico de sensores vivientes que se proyectó por delante de él, barriendo toda la zona inmediatamente enfente a él.
Las avispas se adelantaron, manteniendo una distancia de seguridad de unos veinte metros respecto a los monos, comunicando directamente al marine un mapa constante de vibraciones, olores y movimientos. Gracias a ellas, el mink podía permitirse seguir a la horda desde una distancia de margen considerable, evitando el contacto visual directo y neutralizando cualquier posible emboscada de un centinela rezagado.
Kibai inició el descenso controlado, saltando de tronco en tronco con la ligereza de una pluma, manteniendo siempre el viento de cara y la mirada fija en los puntos de luz que sus avispas marcaban en su percepción. Aquella patrulla de simios creía que se retiraba en silencio hacia su cubil, pero no sabían que, sobre sus cabezas, la justicia de la División 60 los seguía con ochenta pares de ojos eléctricos y un par de colmillos sedientos de venganza.
La Caja de Pandora
