Parte II: Un sabor nuevo en una vida repetida [PASADO | Uker]
#3
El salón ya había dejado de ser presentación para convertirse en espera.

Las copas circulaban con una naturalidad ensayada, las risas subían apenas un tono por encima de lo necesario y los aperitivos cumplían su función principal: ocupar manos que no sabían todavía dónde apoyarse. Mi padre hablaba con la soltura de quien mide resultados incluso mientras sonríe; mi madre orbitaba entre grupos, sosteniendo la armonía como si fuera un objeto físico que no podía permitirse caer.

Yo había estado exactamente donde correspondía durante el tiempo exacto.

La espalda recta. La sonrisa calibrada. El mentón apenas elevado, como si el aire mismo tuviera que pedirme permiso para tocarme. Saludé, asentí, escuché comentarios que no pedían respuesta real. Repetí nombres, sostuve miradas, ofrecí observaciones lo suficientemente neutras para que nadie sintiera distancia y lo suficientemente breves para que nadie confundiera cercanía.

Podría hacerlo con los ojos cerrados. Y quizá ese era el problema.

Pero llega un punto en que la atención ajena deja de ser interacción y pasa a ser iluminación. Y la iluminación cansa. No porque queme como un factor físico, sino porque no parpadea nunca.

Sentía el peso del peinado tirante en la nuca, el roce medido del vestido sobre la piel aún sensible por el viento de la tarde en las viñas. Me había retocado el maquillaje y había vuelto a ser impecable. Pero por dentro algo seguía desordenado, como una copa apenas corrida de lugar que nadie más nota.

Esperé el momento correcto —porque siempre hay uno— en el que mi ausencia no generara pregunta inmediata. Dos invitados se enfrascaron en una anécdota compartida, mi madre interceptó a un tercero antes de que me buscara y mi padre levantó su copa para marcar una transición hacia el comedor.

Ahí me deslicé.

No escapé. Simplemente dejé de estar en el centro.
Los ventanales del lateral daban al patio interior. Afuera, la noche era más clara: aire frío, oscuridad sin intención social, silencio sin expectativa. Apoyé apenas la yema de los dedos contra el vidrio. El contraste térmico borró el calor de la sala de mi piel como si alguien bajara el volumen de golpe.

Respiré.
No profundo. Solo distinto, y me volteé provocando un leve tremor de mis alas.

Sentí cómo los hombros descendían un milímetro. Cómo el gesto dejaba de estar sostenido por obligación. Desde ahí la música llegaba amortiguada, irrelevante. Las conversaciones se volvían murmullos sin contenido. La casa, vista desde ese borde, recuperaba escala mundana. No tenía que significar nada para nadie durante unos segundos.

Hasta que golpearon el cristal.

Giré la cabeza sin sobresalto. No por anticipación concreta… pero tampoco por sorpresa. Como si una parte de mí hubiera estado esperando que algo —o alguien— interrumpiera esa suspensión.

Entonces me acerqué lo suficiente para distinguir la silueta de Uker y abrí la hoja de vidrio apenas lo necesario.

El aire frío entró primero, erizándome la piel de los brazos. No me moví para cubrirme.

Lo miré un segundo antes de responder. Su presencia pertenecía a otro ritmo, uno que la noche todavía no había domesticado del todo. No tenía el brillo barnizado del salón; tenía textura.

— Buenas noches — contesté en el mismo tono, por si alguien cerca decidía escuchar más de lo debido.

Explicó el motivo, acercando la bandeja. Bajé la vista hacia el plato. No al conjunto primero, sino al detalle: cortes limpios, proporción pensada, ningún exceso. Nada gritaba ni suplicaba atención. Era casi… discreto.

Apoyé una mano en el marco de la ventana, inclinándome apenas hacia afuera para tomarlo. El corsé invisible de la etiqueta me obligó a moverme con precisión. Sentí la tela tensarse en la cintura, el aire frío colándose por el escote. No del todo; lo suficiente para acortar la distancia sin anularla.

— Mi padre siempre cree que retrasar la comida aumenta el apetito por la conversación — murmuré, observando la fruta como si estuviera evaluando una inversión — A veces funciona. La gente habla más cuando tiene algo que esperar. Es todo un tema.

Levanté la vista hacia él, suspirando corto.

— A mí me agota.

No lo dije como queja infantil. Lo dije como diagnóstico de la situación.

Sostuve la bandeja unos segundos sin moverme, evaluando la escena desde ambos lados del vidrio: él en la penumbra abierta, yo en la luz controlada. La línea del marco separándonos como si fuera una frontera diplomática.

— No es hambre lo que siento ahora — aclaré, bajando apenas la voz — Es saturación. Demasiadas frases que no significan nada. Demasiadas sonrisas que pesan sin importancia.

Tomé un trozo de fruta sin mirarlo mientras lo hacía y me lo llevé a la boca. Sentí el jugo ácido romper la dulzura acumulada del vino social —ese que uno bebe sin beber— y cerré apenas los ojos un instante mínimo, casi imperceptible.

— Mejor — dictaminé, con una media sonrisa — Esto al menos es honesto... rico, dulce y sin mentiras.

Apoyé el hombro contra el marco, ya menos rígida. Lo miré con una franqueza apenas más directa.

— ¿Te escapaste o te soltaron? — pregunté, ladeando la cabeza — Porque si te mandaron, es estratégico y poco ortodoxo. Y si viniste por cuenta propia… es interesante y elocuente de tu parte.

No era reproche ni ironía. Era distinción y curiosidad.

El murmullo del interior subió apenas: estaban ya la mayoría situados en el comedor. El tintinear de las copas marcaba la transición. Tenía poco tiempo antes de volver a ser requerida, antes de que alguien notara que la hija correcta no estaba en su sitio exacto.

Mis dedos jugaron con el borde de la bandeja, casi inconscientes.

— Podría llevar esto a la mesa, integrarlo al ritual. Servirlo con una frase elegante y una mirada medida.

Una pausa.

— Pero eso lo convertiría en parte de la noche. Y no creo que lo hayas hecho para eso.

Mi mirada descendió un segundo a sus manos, luego volvió a sus ojos. Era evaluación e interés contenido.

— Cinco minutos — añadí, casi como si negociara un tratado y tomaba otro trozo de fruta — Después vuelvo a existir oficialmente.

Incliné apenas el cuerpo hacia afuera, dejando que el aire frío me envolviera por completo esta vez, comiendo el bocado... que por cierto, me encantaba con todos los frutos rojos que contenía.

— Aprovechalos — murmuré con lisonja — No suelo concederlos.
[Imagen: CwHBiqT.png]
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RE: Parte II: Un sabor nuevo en una vida repetida [PASADO | Uker] - por Asherah Bel-Nadin - 18-02-2026, 10:03 AM

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