18-02-2026, 05:07 PM
El impacto de la estocada ascendente de Alek resonó con un chasquido húmedo y metálico. El Capataz, a pesar de su tosco intento de cubrirse, recibió estocada de y acero directamente en su abdomen. La carne se abrió en un tajo profundo y limpio, haciendo brillar la tela húmeda de sangre bajo la luz vacilante de las antorchas.
El gigante retrocedió un paso, sus botas pesadas patinando sobre la mezcla de ron y sangre que cubría la plataforma. Por un momento, sus rodillas parecieron flaquear y el espadón golpeó la madera, sirviéndole de improvisado bastón para no terminar de bruces en el suelo.
El hombre escupió una mezcla de felma y sangre, antes de levantar la mirada hacia el Lunarian. Sus ojos, ahora inyectados en un odio puro que superaba cualquier rastro de embriaguez, relucían con la desesperación de una bestia que no piensa marchar sola a la tumba.
—¡¿Crees que dos alas de gallina y una espada brillante te hacen dueño de este río?! —bramó el Capataz, su voz era un rugido roto, cargado de flemas y furia—. ¡He visto caimanes con más agallas que tú, fenómeno! ¡Si voy a alimentar a los peces esta noche, juro que te usaré de lastre!
Con un esfuerzo que hizo que la herida de su hombro supurara un nuevo chorro de carmesí, el líder de los estibadores apretó los dientes hasta que sus encías sangraron. Ignorando el dolor punzante que le inutilizaba parte del brazo izquierdo, aferró el espadón con una fuerza demencial. El aire a su alrededor pareció tensarse mientras el hombre acumulaba lo último de su potencia física en un solo movimiento desesperado.
Con un grito que desgarró sus cuerdas vocales, el Capataz ejecutó un tajo circular masivo. El espadón, esa losa de hierro mellado, barrió la totalidad de la plataforma en un arco de trescientos sesenta grados. La hoja pasó silbando a escasos centímetros del suelo, destrozando las barandillas restantes de la barcaza, reventando los barriles de licor que aún quedaban en pie y proyectando una lluvia de astillas y alcohol hacia todas direcciones. Los cuerpos de sus compañeros caídos fueron golpeados de nuevo por el hierro inerte, algunos siendo desplazados hacia el borde mientras la estructura entera del bar flotante se inclinaba peligrosamente, amenazando con volcar bajo la inercia del ataque.
El estruendo de los tambores de Samba, en la orilla, parecía jalear la destrucción. El fuego de las hogueras se reflejaba en el arco de metal sucio que cortaba el espacio, buscando que las piernas de Alek fueran segadas como simple caña de azúcar.
Finalizando el violento giro, el Capataz utilizó la propia inercia del arma para retroceder dos metros, creando una distancia de seguridad mientras jadeaba de forma errática. El sudor y la sangre le cegaban un ojo, pero su instinto seguía alerta. Al llegar al límite de la plataforma, donde el agua del río ya empezaba a lamer la madera, su mirada descendió hacia uno de sus subordinados muertos. Sin soltar su espadón, se agachó con un movimiento rápido y rudo para arrebatarle el machete de caña que el cadáver aún sujetaba con dedos rígidos.
Ahora, con el espadón en su diestra y el machete en su mano izquierda herida, el Capataz se erguía de nuevo, encorvado pero letal. El muelle había desaparecido, la barcaza estaba a la deriva y el hombre frente a él ya no era solo un forastero, sino el demonio que debía morir para que su honor, aunque fuera en el fondo del río Samba, quedara intacto.
—Vamos pelo lejía —susurró el Capataz, extendiendo el machete hacia Alek en un desafío final—. A ver si esas alas te llevan directo a tu camino al infierno.
El gigante retrocedió un paso, sus botas pesadas patinando sobre la mezcla de ron y sangre que cubría la plataforma. Por un momento, sus rodillas parecieron flaquear y el espadón golpeó la madera, sirviéndole de improvisado bastón para no terminar de bruces en el suelo.
El hombre escupió una mezcla de felma y sangre, antes de levantar la mirada hacia el Lunarian. Sus ojos, ahora inyectados en un odio puro que superaba cualquier rastro de embriaguez, relucían con la desesperación de una bestia que no piensa marchar sola a la tumba.
—¡¿Crees que dos alas de gallina y una espada brillante te hacen dueño de este río?! —bramó el Capataz, su voz era un rugido roto, cargado de flemas y furia—. ¡He visto caimanes con más agallas que tú, fenómeno! ¡Si voy a alimentar a los peces esta noche, juro que te usaré de lastre!
Con un esfuerzo que hizo que la herida de su hombro supurara un nuevo chorro de carmesí, el líder de los estibadores apretó los dientes hasta que sus encías sangraron. Ignorando el dolor punzante que le inutilizaba parte del brazo izquierdo, aferró el espadón con una fuerza demencial. El aire a su alrededor pareció tensarse mientras el hombre acumulaba lo último de su potencia física en un solo movimiento desesperado.
Con un grito que desgarró sus cuerdas vocales, el Capataz ejecutó un tajo circular masivo. El espadón, esa losa de hierro mellado, barrió la totalidad de la plataforma en un arco de trescientos sesenta grados. La hoja pasó silbando a escasos centímetros del suelo, destrozando las barandillas restantes de la barcaza, reventando los barriles de licor que aún quedaban en pie y proyectando una lluvia de astillas y alcohol hacia todas direcciones. Los cuerpos de sus compañeros caídos fueron golpeados de nuevo por el hierro inerte, algunos siendo desplazados hacia el borde mientras la estructura entera del bar flotante se inclinaba peligrosamente, amenazando con volcar bajo la inercia del ataque.
El estruendo de los tambores de Samba, en la orilla, parecía jalear la destrucción. El fuego de las hogueras se reflejaba en el arco de metal sucio que cortaba el espacio, buscando que las piernas de Alek fueran segadas como simple caña de azúcar.
Finalizando el violento giro, el Capataz utilizó la propia inercia del arma para retroceder dos metros, creando una distancia de seguridad mientras jadeaba de forma errática. El sudor y la sangre le cegaban un ojo, pero su instinto seguía alerta. Al llegar al límite de la plataforma, donde el agua del río ya empezaba a lamer la madera, su mirada descendió hacia uno de sus subordinados muertos. Sin soltar su espadón, se agachó con un movimiento rápido y rudo para arrebatarle el machete de caña que el cadáver aún sujetaba con dedos rígidos.
Ahora, con el espadón en su diestra y el machete en su mano izquierda herida, el Capataz se erguía de nuevo, encorvado pero letal. El muelle había desaparecido, la barcaza estaba a la deriva y el hombre frente a él ya no era solo un forastero, sino el demonio que debía morir para que su honor, aunque fuera en el fondo del río Samba, quedara intacto.
—Vamos pelo lejía —susurró el Capataz, extendiendo el machete hacia Alek en un desafío final—. A ver si esas alas te llevan directo a tu camino al infierno.
La caja de Pandora
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