19-02-2026, 12:37 AM
El avance silencioso de Kibai se vio interrumpido por una súbita distorsión en la red sensorial que había tejido a su alrededor. Una de las avispas situadas en el extremo del arco radial había detectado un movimiento que no encajaba con el de la patrulla que perseguía. En menos de un segundo, otras tres avispas replicaron la alerta desde ángulos opuestos. Kibai notó como la adrelanina inundaba su sistema. El cazador estaba siendo tratando de ser cazado. Era casi más divertido.
Kibai sintió cómo la presión atmosférica cambiaba. La coordinación de aquellos seres era asombrosa; habían detectado su rastro sutil mucho antes de lo que cualquier criatura de Little Garden hubiera logrado. Con un pensamiento veloz, el mink reorganizó su enjambre.
—¡Arriba! —ordenó mentalmente.
Setenta de sus avispas salieron disparadas hacia las copas de los árboles, formando una cúpula zumbante sobre su cabeza para interceptar cualquier ataque descendente o proyectil que pudiera llover desde el dosel. Las diez restantes se pegaron a su cuerpo, camuflándose entre su pelaje erizado, actuando como centinelas de retaguardia para cubrir los puntos ciegos de su espalda.
Comprendiendo que la ventaja de las alturas se había perdido ante un enemigo que dominaba la verticalidad tan bien como él o incluso más, Kibai se dejó caer desde la rama con la ingravidez de un felino, aterrizando en el suelo húmedo en un silencio absoluto. El acero de Raimei abandonó su vaina con un siseo metálico que pareció cortar la tensión del claro.
Las sombras se materializaron en carne y hueso. De los huecos en la tierra y tras los troncos ciclópeos, los simios emergieron en un cerco que se cerraba con una disciplina aterradora. Kibai escaneó el perímetro con una mirada gélida, contando las siluetas que se recortaban contra el verde profundo. Diez, veinte... treinta.
—Treinta contra uno... —Kibai dejó escapar una sonrisa salvaje, mostrando unos colmillos que brillaban con una promesa de violencia—. Me gustan esas probabilidades.
Con un movimiento fluido, soltó los broches de su capa de marine. La tela blanca, con el kanji de la palabra JUSTICIA en brillantes caracteres negros se deslizó por sus hombros hasta caer sobre la alfombra vegetal de Little Garden con un revoloteo sordo. Libre ya de cualquier impedimento, el mink flexionó las rodillas y giró los hombros, mientras pequeñas chispas azules empezaban a saltar desde su pelaje.
—¡Vamos allá!
Antes de que la horda pudiera coordinar el primer lanzamiento de redes, Kibai estalló en movimiento. No esperó a ser rodeado; se lanzó como una exhalación hacia el grupo frontal de simios. Raimei trazó un arco amplio que seccionó la primera línea de lanzas de hueso como si fueran paja. El mink no se tomó el lujo de quedarse en campo abierto; usando los troncos de los árboles como escudos naturales, pivotó sobre ellos, apoyándose en los troncos verticales para ganar ángulos imposibles. Sabía que el mayor peligro del que debía preguntarse no eran las piedras afiladas, sino las redes que podían lastrar su movilidad y dejarle más vulnerable. Cada vez que una de esas trampas de fibra volaba hacia él, Kibai usaba la velocidad de su paso para posicionar un árbol entre él y el proyectil, o simplemente la desgarraba con un tajo ascendente de su espada.
El combate se convirtió en una vorágine de sangre, pelo y chispas. Kibai se movía con una brutalidad calculada, combinando el acero de Raimei con zarpazos de sus garras libres y mordiscos defensivos cuando la distancia se acortaba demasiado. Desvió una lanza dirigida a su garganta, barrió las piernas de un simio con un giro de su cola y hundió su hoja en el pecho de un tercero, descargando una breve ráfaga de Electro que lo mandó convulsionando hacia la maleza.
Mientras masacraba a los atacantes, sus ojos amarillos no dejaban de analizar la horda. Buscaba una debilidad, no física, sino jerárquica o psicológica. Finalmente, lo vio: un ejemplar más joven y pequeño que el resto, que se movía con una vacilación que los veteranos cubiertos de cicatrices no poseían. Era el eslabón más débil, el más propenso al pánico.
Esquivando una red que rozó su oreja en medio de su vorágine de sangre y destrucción, Kibai encaminó su camino hacia aquel ejemplar más pequeño, buscando una apertura mientras continuaba segando enemigos. Cuando la encontró, saltó hacai el pequeño mono, soltando un fuerte zarpazo contra él, abriendo cuatro profundas heridas en su torso desde el hombro a la cadera. La criatura, sorprendida, soltó un alarido agudo, una mezcla de dolor y puro terror.
Kibai se plantó frente a él, con el rostro manchado de la sangre de sus otros veintinueve compañeros y sus ojos brillando con una intensidad inhumana. Emitió un rugido ensordecedor, un sonido que nació en lo más profundo de su herencia Mink, cargado de una intención asesina tan palpable que el aire pareció vibrar.
Era un rugido de depredador contra la pesa, comninándolo a huir, si es que quería sobrevivir.
Sin perder un segundo, Kibai ordenó a las avispas que aguardaban pacientemente a salvo a dos decenas de metros del suelo que descendieran de su salvaguarda aérea. El enjambre se reorganizó en un instante, volviendo a su formación radial de detección de amenazas, extendiéndose alrededor de Kibai, casi tan emocionadas como su señor por la adrenalina del combate.
La Caja de Pandora
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