19-02-2026, 02:28 AM
Era inevitable sentir preocupación y su mirada no podía alejarse del hombre que se hallaba frente a él. La figura perfecta que ahora quería conservar con vida lejos de su propio problema, aquel linaje que lo ataba a un clan que en un inicio era una ruta de demostración y solo se convirtió en traición. La mano se mantuvo en su mejilla cuando la acomodó en ella. Por primera vez en toda su vida sintió que tenía una razón más que demostrarse a sí mismo que no era tan débil para ser más fuerte; conservarlo a él.
Por desgracia quizás Hakes hubiera informado, pero él se encargaría de defender esa parte. Si al final no sabía, era una ventaja, a saber. Si podían cubrirlo, era mejor así. De todas formas Hakes solo había visto la parte final, no como él mismo y el resto de los testigos ya estaban bajo tierra. —Sé que eres fuerte, y confío en tu fortaleza, en quien no confío es en la espontaneidad de Raigo, ni en él.
Escucharlo tras su confesión lo llenó de alivio y su cuerpo descendió, incluso encontrándose de rodillas, reposando su cabeza sobre los muslos del hombre y elevando ambas de sus manos alrededor de su cintura, abrazándolo como lo más precioso que existía en el mundo. De hecho, ni siquiera era eso, ahora mismo él era de las personas que más valor le tenía. Cerró los ojos, respirando el aroma característico de Tezca del que tanto parecía volverse adicto, más incluso que el hecho de fumar. Lo apretó hacia sí con fuerza. —Te amo, Tezca. Tenlo en cuenta en todo momento. — Su pecho lo oprimía. La sensación de miedo no se desvanecía, pero bajo su calor se suavizaba. Elevó la mirada, buscando el rostro del contrario, rompiendo el abrazo, mas no su cercanía, para elevar su cuerpo, estirando su cuello para alcanzar sus labios del rubio, dándole un beso más profundo y sincero. —Sé que saldremos de esta... Juntos.
Se separó, ahora revisando que no faltara nada, tomando el Den-Den Mushi que horas atrás el rubio había colgado. No conocía las consecuencias de aquella llamada, o lo que había ocurrido, solo esperaba que no afectara más de lo que debía. Tomó su cajita de metal, rellenando los cigarrilllos de un paquete de tabaco que tenía en el cajón y, ahora sí, con un último beso sobre la frente del hombre, partió hacia la dirección en la que planeaban encontrarse con el jefe yakuza.
Desde que salieron del domicilio, Jin había procurado mantenerse por delante de Tezca como guía, pero no hubo palabras, no hubo romance como antes de salir. Estaba acomodando su firmeza, convirtiéndose en alguien que quizás Tezca desconocía, esperando que no lo asumiera como algo negativo. Los pasos lo llevaron a un local, un bar simple, con el característico barril como apoyo en el exterior, donde algunas personas bebían tranquilamente. Un bar de pueblo dirían muchos. El dueño del local, una vez la presencia de Jin se volvió protagonista con la de Tezca, se volvió firme. Un rostro desconocido, una persona que se encontraba a pocos años de su jubilación. La mirada fue inmediata mientras Jin se acercaba a la barra. El hombre, con apariencia agradable, sonrió amablemente. —Ah, qué alegría verlo. Le están esperando en la planta superior. — inclinó su cabeza de forma educada, con una mano sobre el pecho. —Ahora mismo me encargo de vaciar el local. Le informé al Gran Jefe de que pueden llamarme cuando me necesiten. Tienen las bebidas a su completa disposición.
Jin no se inmutó, observó al hombre de reojo y luego las escaleras que ascendían a una planta superior. Miró a Tezca de reojo. Era la primera vez que se sentía invadido en su propio territorio. No hubo cambio en su expresión, sus manos estaban ahora en los bolsillos, el cigarrillo entre sus labios consumiéndose desde que ya llevaban la mitad del camino hecho. —Sígame, Norova. — La voz salió fría, nada habitual en lo que estaba acostumbrado, pero sabía que habían miles de ojos sobre ellos dos ahora mismo. Se limitó a subir escaleras arriba. Algunos, con gafas de sol, contemplaban a los hombres, tanto a Jin como a Tezca, otros sin ellas. Había un poco de todo, hasta que alcanzaron una puerta de madera. El suelo tenía una alfombra que llegaba desde el inicio de las escaleras hasta dicha puerta, pasando por un pasillo con otras dos puertas más en los laterales, a algo más de distancia. Ni siquiera llamó, solo abrió la puerta para encontrarse con Raigo. Los filosos ojos de ambos varones se encontraron. Al igual que el propio Jin, él también estaba fumando, solo que estaba sentado en su propio escritorio.
El varón no contestó, solo miró a Tezca de reojo. —Cierre la puerta, Norova.
—Que no lo haga él. — la mano de Raigo de coló debajo de la mesa, momento en que se escuchó un quejido, un lamento. La mano del hombre arrancó una mujer, con la camisa desabrochada, en sujetador siendo sujetada desde el cabello. —Lárgate de mi vista y cierra la puerta. Luego me encargaré de ti. — La mujer cubrió sus senos, temblando de terror, observando con súplica a los dos hombres que estaban frente a ellos, como si solo con eso pudiera recibir la ayuda que pedía en silencio. Jin no se inmutó, ni siquiera la miró directamente. —¿A qué mierda esperas, puta? Muévete si no quieres un castigo.
—S-sí señor, l-lo, lo... lo siento... — La mujer comenzó a correr, el rímel corría por sus ojos dejando una marca visible de sus lágrimas, el cabello ahora despeinado por el agarre sin cuidado de Raigo mientras se escuchaba la cremallera ascender. Era más que claro lo que había ocurrido allí. La puerta se cerró con un cuidado minucioso, hasta escucharse el clic. Jin no parecía sorprendido mientras se acercaba y se sentaba en una de las dos sillas que había.
El hombre dejó escapar una pequeña risa, descendiendo su torso, con los codos sobre la mesa y sus manos juntándose bajo su mentón, divertido. —Me tocaba darte un espectáculo después de que me lo dierais durante la llamada esta mañana, ¿no crees? — los ojos de Raigo ascendieron hasta donde se encontraba Tezca, viendo en silencio si se había sentado antes de siquiera serle ordenado, o en su defecto, había “aprendido la lección” con Jin. No hicieron falta palabras para saber qué pensaba.
—Norova, siéntese. — No lo miró directamente, solo lanzó la orden con autoridad, con una voz fría, seria, volviendo la mirada hacia Raigo. —Bien, ya estamos todos, y creo que nos hemos divertido suficiente con los espectáculos.
Raigo miró fijamente a Tezca, con una sonriendo con malicia, descendiendo sus manos y juntándolas entre sí, entrelazando sus dedos en un aire seguro, autoritario. —Dígame, Norova. ¿Qué tan bien se le da su trabajo como para que haya captado la atención a Jin?

—Mantengamos en secreto lo de tu Akuma.
Por desgracia quizás Hakes hubiera informado, pero él se encargaría de defender esa parte. Si al final no sabía, era una ventaja, a saber. Si podían cubrirlo, era mejor así. De todas formas Hakes solo había visto la parte final, no como él mismo y el resto de los testigos ya estaban bajo tierra. —Sé que eres fuerte, y confío en tu fortaleza, en quien no confío es en la espontaneidad de Raigo, ni en él.
Escucharlo tras su confesión lo llenó de alivio y su cuerpo descendió, incluso encontrándose de rodillas, reposando su cabeza sobre los muslos del hombre y elevando ambas de sus manos alrededor de su cintura, abrazándolo como lo más precioso que existía en el mundo. De hecho, ni siquiera era eso, ahora mismo él era de las personas que más valor le tenía. Cerró los ojos, respirando el aroma característico de Tezca del que tanto parecía volverse adicto, más incluso que el hecho de fumar. Lo apretó hacia sí con fuerza. —Te amo, Tezca. Tenlo en cuenta en todo momento. — Su pecho lo oprimía. La sensación de miedo no se desvanecía, pero bajo su calor se suavizaba. Elevó la mirada, buscando el rostro del contrario, rompiendo el abrazo, mas no su cercanía, para elevar su cuerpo, estirando su cuello para alcanzar sus labios del rubio, dándole un beso más profundo y sincero. —Sé que saldremos de esta... Juntos.
Se separó, ahora revisando que no faltara nada, tomando el Den-Den Mushi que horas atrás el rubio había colgado. No conocía las consecuencias de aquella llamada, o lo que había ocurrido, solo esperaba que no afectara más de lo que debía. Tomó su cajita de metal, rellenando los cigarrilllos de un paquete de tabaco que tenía en el cajón y, ahora sí, con un último beso sobre la frente del hombre, partió hacia la dirección en la que planeaban encontrarse con el jefe yakuza.
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Desde que salieron del domicilio, Jin había procurado mantenerse por delante de Tezca como guía, pero no hubo palabras, no hubo romance como antes de salir. Estaba acomodando su firmeza, convirtiéndose en alguien que quizás Tezca desconocía, esperando que no lo asumiera como algo negativo. Los pasos lo llevaron a un local, un bar simple, con el característico barril como apoyo en el exterior, donde algunas personas bebían tranquilamente. Un bar de pueblo dirían muchos. El dueño del local, una vez la presencia de Jin se volvió protagonista con la de Tezca, se volvió firme. Un rostro desconocido, una persona que se encontraba a pocos años de su jubilación. La mirada fue inmediata mientras Jin se acercaba a la barra. El hombre, con apariencia agradable, sonrió amablemente. —Ah, qué alegría verlo. Le están esperando en la planta superior. — inclinó su cabeza de forma educada, con una mano sobre el pecho. —Ahora mismo me encargo de vaciar el local. Le informé al Gran Jefe de que pueden llamarme cuando me necesiten. Tienen las bebidas a su completa disposición.
Jin no se inmutó, observó al hombre de reojo y luego las escaleras que ascendían a una planta superior. Miró a Tezca de reojo. Era la primera vez que se sentía invadido en su propio territorio. No hubo cambio en su expresión, sus manos estaban ahora en los bolsillos, el cigarrillo entre sus labios consumiéndose desde que ya llevaban la mitad del camino hecho. —Sígame, Norova. — La voz salió fría, nada habitual en lo que estaba acostumbrado, pero sabía que habían miles de ojos sobre ellos dos ahora mismo. Se limitó a subir escaleras arriba. Algunos, con gafas de sol, contemplaban a los hombres, tanto a Jin como a Tezca, otros sin ellas. Había un poco de todo, hasta que alcanzaron una puerta de madera. El suelo tenía una alfombra que llegaba desde el inicio de las escaleras hasta dicha puerta, pasando por un pasillo con otras dos puertas más en los laterales, a algo más de distancia. Ni siquiera llamó, solo abrió la puerta para encontrarse con Raigo. Los filosos ojos de ambos varones se encontraron. Al igual que el propio Jin, él también estaba fumando, solo que estaba sentado en su propio escritorio.

—No hay forma de hacer que llames por una maldita puerta, Jin.
El varón no contestó, solo miró a Tezca de reojo. —Cierre la puerta, Norova.
—Que no lo haga él. — la mano de Raigo de coló debajo de la mesa, momento en que se escuchó un quejido, un lamento. La mano del hombre arrancó una mujer, con la camisa desabrochada, en sujetador siendo sujetada desde el cabello. —Lárgate de mi vista y cierra la puerta. Luego me encargaré de ti. — La mujer cubrió sus senos, temblando de terror, observando con súplica a los dos hombres que estaban frente a ellos, como si solo con eso pudiera recibir la ayuda que pedía en silencio. Jin no se inmutó, ni siquiera la miró directamente. —¿A qué mierda esperas, puta? Muévete si no quieres un castigo.
—S-sí señor, l-lo, lo... lo siento... — La mujer comenzó a correr, el rímel corría por sus ojos dejando una marca visible de sus lágrimas, el cabello ahora despeinado por el agarre sin cuidado de Raigo mientras se escuchaba la cremallera ascender. Era más que claro lo que había ocurrido allí. La puerta se cerró con un cuidado minucioso, hasta escucharse el clic. Jin no parecía sorprendido mientras se acercaba y se sentaba en una de las dos sillas que había.

—No cambias, viejo.
El hombre dejó escapar una pequeña risa, descendiendo su torso, con los codos sobre la mesa y sus manos juntándose bajo su mentón, divertido. —Me tocaba darte un espectáculo después de que me lo dierais durante la llamada esta mañana, ¿no crees? — los ojos de Raigo ascendieron hasta donde se encontraba Tezca, viendo en silencio si se había sentado antes de siquiera serle ordenado, o en su defecto, había “aprendido la lección” con Jin. No hicieron falta palabras para saber qué pensaba.
—Norova, siéntese. — No lo miró directamente, solo lanzó la orden con autoridad, con una voz fría, seria, volviendo la mirada hacia Raigo. —Bien, ya estamos todos, y creo que nos hemos divertido suficiente con los espectáculos.

—Tienes razón.
Raigo miró fijamente a Tezca, con una sonriendo con malicia, descendiendo sus manos y juntándolas entre sí, entrelazando sus dedos en un aire seguro, autoritario. —Dígame, Norova. ¿Qué tan bien se le da su trabajo como para que haya captado la atención a Jin?
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