19-02-2026, 07:23 PM
(Última modificación: 21-02-2026, 05:49 PM por Runin D. Kitay.)
La positiva actitud y humor de Barald enternece en cierta medida las jocosas expresiones de la fémina. ¿Alguien más a quien se le ablanda el corazón ante la impavidez de los infantes que sueñan con cruzar fronteras, agarrar el mundo entre sus manos y devorarlo hasta obligarlo a generar cambios? Entre dientes de dragón pulidos en piedra, ensoñaciones visionarias que pueden llegar a convertirse en objetivos futuros y el aroma a estofado caliente con tinte hogareño; el nombre de ambos es pronunciado por el indómito espadachín.
La amazona asiente terminando de relajar los risueños gestos. La atención pasa de la voracidad de la pequeña estafadora hacia la amabilidad de una madre que se esfuerza a diario por su hija, una esposa que perdió a su compañero de vida, una persona resiliente que estira la mano aferrándose a sus ambiciones. Aún cuando el sueño de aquel hombre no era regentar una cantina, dio todo lo posible para que la persona que amaba pudiera hacerlo, ayudándola a cumplir sus deseos. El estómago de la fémina se contrae ante el pensamiento. Por acto reflejo, alza la copa con el cuidado necesario para no derramar su contenido y bebe un sorbo sin dejar de prestar atención.
El chocolate de su mirar solo se desvía cuando la dueña del local pide disculpas en un silencioso ademán, continuando con el labor que ella misma ha elegido para su vida. ¿Es oportuno cuestionar? ¿Emitir juicio sobre la profesión del hombre? ¿Mostrar mórbida curiosidad? Separa los húmedos labios cuando la voz de la infante interrumpe sus pensamientos e incógnitas morales. No hace falta preguntar, Star es la primera en continuar con una historia que no les concierne, pero que el par de azabaches están dispuestos a escuchar.
La sonrisa vuelve a depositarse en los labios de la morena cuando la pequeña casi vuelve a dejar escapar el engaño. ¿No es demasiado valiente al atreverse a hablar de un hecho que aún marca el sentido de su vida? ¿Contar acerca del tesoro que su padre resguardaba con cariño? Runin niega en movimientos tan tenues que el cabello resbala por su hombro. El “solo” no existe para aquellos que se atreven a soñar.
Los hombros descienden al notar las dulces lágrimas de quién, aún recordando a la persona que perdió, sonríe. ¿Así que el Grand Line? ¿Llevar a la acción las palabras?

—¿Sabes, Star Rivel? Tampoco tengo dudas.
Emite al notar la comodidad con la que se estira sobre la silla, mostrando el estómago repleto, un semblante optimista y la expectación de un futuro brillante en su mirar.
Los labios de la amazona se separan, deseando indagar, queriendo alentar a la pequeña, quizá jugar con ella o limpiarle los pequeños rastros de comida que se ha dejado en el rostro; mas la sonora advertencia se expande por el poblado como si de un incontrolable fuego se tratase. Los orbes chocolate buscan la intensa mirada carmín que adorna el rostro de Barald. ¿Qué dirían la asustada madre y la sorprendida hija si supieran que aquel par también busca ondear la bandera negra con calaveras? ¿Que, reunidos bajo la tenue luz de una taberna, brindaron por metas venideras, ambiciones y libertad?
Runin se levanta de la mesa, inconscientemente toca el pequeño bolso que lleva encima. Los dedos se deslizan por este cuando la voz de la mujer se alza entre ellos. ¿Querrán probar el dulce vino que aún tilita en el paladar de la fémina? ¿O sus intenciones son más hostiles?

—Daré un vistazo, cariño.
Guiña en dirección al azabache; encaminándose hacia la entrada mientras saca sus guantes, con rapidez acostumbrada se los coloca a modo de precaución. —Seguramente quieren beber algo de vino.
La embarcación se alza en la costa junto a una bandera de lo más ¿Única? Una risa corta escapa de entre los labios de la amazona antes de recuperar la compostura, notando algo particular en los hombres que encallan en la playa, a 20 metros de la entrada a la cantina. —Llevan armas. —Pronuncia en voz alta con la clara intención de alertar a su compañero. —En mano. —Culmina. Inconscientemente se coloca frente a Star y su madre, sintiendo una ligera brisa marina en el ambiente. El clima, aunque soleado, no ha llegado a su máximo punto de exposición, por lo que no encandila la vista ni genera malestar corporal.
—Cariño. ¿Puedes entrar? Escóndete tras el mesón. —Y aunque se lo dice a la pelirrosa a modo de pregunta, un deje de gravedad emerge en la profundidad de su voz. No es una petición, es una demanda. La apremia hacia el interior del local al tiempo que observa el panorama. Los hombres se aglomeran uno tras otro, las voces se vuelven ruido y las puertas de las casas se escuchan en fuertes portazos que indican el terror hacia los hombres del mar. La fémina no cierra del todo la puerta tras de sí.
Runin se adelanta hasta el borde del camino de piedra, habiendo avanzado cuatro metros. Alza la voz, ruidosa, como siempre; sabe que no puede ocultarse, así que llama la atención de los recién llegados con cierta dulzura seductora combinada con insana diversión, haciendo gala de la sorpresa y de sus cualidades. —¡Sean bienvenidos, buenos hombres! ¿Han venido a beber el mejor vino del South Blue?
Para ese instante los hombres han recorrido desde la playa una cantidad de 14 metros; sin perder tiempo después de sus vocablos, la fémina salta hacia adelante, la mirada encendida cuando su puño derecho desciende en un fuerte jab cargado de energía que es expelida hacia una horda de 50 piratas, derrotándolos en el acto.

—Lástima, se agotó.
Masculla, confiando que su compañero cubra su espalda. Incluso si ellos son piratas, no son del tipo que entran a un poblado pobre con armas en manos, aterrando a los pobladores con su presencia. A sus espaldas, en ese bar, hay una pequeña niña soñadora con una madre preocupada que no merece ver su local mancillado por hombres hostiles.
La amazona asiente terminando de relajar los risueños gestos. La atención pasa de la voracidad de la pequeña estafadora hacia la amabilidad de una madre que se esfuerza a diario por su hija, una esposa que perdió a su compañero de vida, una persona resiliente que estira la mano aferrándose a sus ambiciones. Aún cuando el sueño de aquel hombre no era regentar una cantina, dio todo lo posible para que la persona que amaba pudiera hacerlo, ayudándola a cumplir sus deseos. El estómago de la fémina se contrae ante el pensamiento. Por acto reflejo, alza la copa con el cuidado necesario para no derramar su contenido y bebe un sorbo sin dejar de prestar atención.
El chocolate de su mirar solo se desvía cuando la dueña del local pide disculpas en un silencioso ademán, continuando con el labor que ella misma ha elegido para su vida. ¿Es oportuno cuestionar? ¿Emitir juicio sobre la profesión del hombre? ¿Mostrar mórbida curiosidad? Separa los húmedos labios cuando la voz de la infante interrumpe sus pensamientos e incógnitas morales. No hace falta preguntar, Star es la primera en continuar con una historia que no les concierne, pero que el par de azabaches están dispuestos a escuchar.
La sonrisa vuelve a depositarse en los labios de la morena cuando la pequeña casi vuelve a dejar escapar el engaño. ¿No es demasiado valiente al atreverse a hablar de un hecho que aún marca el sentido de su vida? ¿Contar acerca del tesoro que su padre resguardaba con cariño? Runin niega en movimientos tan tenues que el cabello resbala por su hombro. El “solo” no existe para aquellos que se atreven a soñar.
Los hombros descienden al notar las dulces lágrimas de quién, aún recordando a la persona que perdió, sonríe. ¿Así que el Grand Line? ¿Llevar a la acción las palabras?

—¿Sabes, Star Rivel? Tampoco tengo dudas.
Emite al notar la comodidad con la que se estira sobre la silla, mostrando el estómago repleto, un semblante optimista y la expectación de un futuro brillante en su mirar.
Los labios de la amazona se separan, deseando indagar, queriendo alentar a la pequeña, quizá jugar con ella o limpiarle los pequeños rastros de comida que se ha dejado en el rostro; mas la sonora advertencia se expande por el poblado como si de un incontrolable fuego se tratase. Los orbes chocolate buscan la intensa mirada carmín que adorna el rostro de Barald. ¿Qué dirían la asustada madre y la sorprendida hija si supieran que aquel par también busca ondear la bandera negra con calaveras? ¿Que, reunidos bajo la tenue luz de una taberna, brindaron por metas venideras, ambiciones y libertad?
Runin se levanta de la mesa, inconscientemente toca el pequeño bolso que lleva encima. Los dedos se deslizan por este cuando la voz de la mujer se alza entre ellos. ¿Querrán probar el dulce vino que aún tilita en el paladar de la fémina? ¿O sus intenciones son más hostiles?

—Daré un vistazo, cariño.
Guiña en dirección al azabache; encaminándose hacia la entrada mientras saca sus guantes, con rapidez acostumbrada se los coloca a modo de precaución. —Seguramente quieren beber algo de vino.
La embarcación se alza en la costa junto a una bandera de lo más ¿Única? Una risa corta escapa de entre los labios de la amazona antes de recuperar la compostura, notando algo particular en los hombres que encallan en la playa, a 20 metros de la entrada a la cantina. —Llevan armas. —Pronuncia en voz alta con la clara intención de alertar a su compañero. —En mano. —Culmina. Inconscientemente se coloca frente a Star y su madre, sintiendo una ligera brisa marina en el ambiente. El clima, aunque soleado, no ha llegado a su máximo punto de exposición, por lo que no encandila la vista ni genera malestar corporal.
—Cariño. ¿Puedes entrar? Escóndete tras el mesón. —Y aunque se lo dice a la pelirrosa a modo de pregunta, un deje de gravedad emerge en la profundidad de su voz. No es una petición, es una demanda. La apremia hacia el interior del local al tiempo que observa el panorama. Los hombres se aglomeran uno tras otro, las voces se vuelven ruido y las puertas de las casas se escuchan en fuertes portazos que indican el terror hacia los hombres del mar. La fémina no cierra del todo la puerta tras de sí.
Runin se adelanta hasta el borde del camino de piedra, habiendo avanzado cuatro metros. Alza la voz, ruidosa, como siempre; sabe que no puede ocultarse, así que llama la atención de los recién llegados con cierta dulzura seductora combinada con insana diversión, haciendo gala de la sorpresa y de sus cualidades. —¡Sean bienvenidos, buenos hombres! ¿Han venido a beber el mejor vino del South Blue?
Para ese instante los hombres han recorrido desde la playa una cantidad de 14 metros; sin perder tiempo después de sus vocablos, la fémina salta hacia adelante, la mirada encendida cuando su puño derecho desciende en un fuerte jab cargado de energía que es expelida hacia una horda de 50 piratas, derrotándolos en el acto.

—Lástima, se agotó.
Masculla, confiando que su compañero cubra su espalda. Incluso si ellos son piratas, no son del tipo que entran a un poblado pobre con armas en manos, aterrando a los pobladores con su presencia. A sus espaldas, en ese bar, hay una pequeña niña soñadora con una madre preocupada que no merece ver su local mancillado por hombres hostiles.
BOLSA DE ESTRELLITAS

