Baile inolvidable
#2
El aire de Samba a esa hora tiene gusto dulce, como fruta abierta al sol. La primavera todavía duda, pero ya empuja: la piel lo sabe antes que la cabeza. Me acomodé detrás del tablón que había conseguido —dos cajones, una tela clara y paciencia— y dejé que la tarde hiciera su trabajo. Las joyas siempre brillan más cuando la luz está cansada.

No era un puesto elegante pero sí funcional.

Colgué los collares más finos en una cuerda tensada entre dos columnas: las pulseras, ordenadas por sonido antes que por precio; los anillos, en una bandeja de madera que había pulido con arena hasta que las vetas parecieran agua quieta. A mí me gusta vender así: primero el reflejo, después el peso, recién al final el valor.

La música venía por oleadas. Un bombo lejano, risas, pasos que no sabían si bailar o caminar. Samba siempre se mueve incluso cuando está quieta.

— Pasen, miren tranquilos — le dije a una pareja que apenas se animaba a acercarse— Las alhajas no muerden… salvo si lo piden, pero eso viene con precio extra. Es todo un tema.

Se rieron. Compraron un aro torcido que había dejado torcido a propósito. La imperfección bien puesta convence más que cualquier discurso.

El cielo se volvió violeta. Ese instante preciso en que el día baja la guardia y la noche todavía no tomó el mando. Ahí todo parece posible, incluso vender de más.

Me incliné sobre el tablón para acomodar una cadena rebelde. El metal frío contra los dedos me centraba; casi meditativo. El mundo podía hacer ruido alrededor, pero yo contaba eslabones.

Uno.
Dos.
Tres.

Entonces el ruido cambió.

No fue fuerte primero; fue direccional. Gritos que no pertenecían a la música. Pisadas que no querían ritmo sino distancia. Miré de reojo: gente apartándose, algunas cabezas alzándose como si un pájaro raro cruzara el cielo.

Después la risa.
Esa risa venía cayendo.
No supe todavía desde dónde, pero el cuerpo lo entendió antes que los ojos. Levanté la vista y apenas distinguí una sombra desordenada arriba, contra el violeta del atardecer. Una figura bajando demasiado rápido para ser decisión.

— ¿Eh…?

El tiempo, cuando decide hacerse el gracioso, se estira.

Vi los collares balancearse sin viento.
Vi a una señora guardar monedas en cámara lenta.
Vi mi propia respiración inflar la tela del vestido.

Y recién entonces escuché:

—¡¡CUIDADO AHí!!—

No era una advertencia.
Era una confesión de impotencia contrarreloj.

No tuve tiempo de mover el puesto. No tuve tiempo de apartarme. Apenas tiempo de entender que alguien venía directamente hacia mí desde varios metros arriba con la convicción absoluta de la gravedad.

El sobresalto no fue elegante.

Mi eje se aflojó como cuerda mojada, la espalda cedió apenas hacia atrás por reflejo y el impulso se concentró adelante. No pensé; reaccioné. El cuerpo eligió la solución más inmediata, más absurda… y más efectiva.

— ¡Kyaah! —

Grité cerrando los ojos, encogiendo instintivamente los hombros y girando el rostro en un reflejo inútil de defensa.

No fue un choque violento sino amortiguado, casi absurdo: un pom profundo, suave pero contundente, como caer sobre un almohadón divino diseñado específicamente para detener hombres voladores. La fuerza de su descenso quedó absorbida entre gravedad, impulso… y mi pecho.

Hubo silencio...

Después, un tintinear colectivo: mis joyas cayendo alrededor como lluvia cara.

El tablón crujió.
Las pulseras aplaudieron.
Un aro describió una parábola perfecta hasta incrustarse en una fruta abierta de un puesto vecino.

Quedamos así un segundo eterno: él detenido contra mí, yo sosteniéndolo por pura física celestial improvisada.

— … — parpadeé.

La multitud estalló en carcajadas.

Mi rostro tardó exactamente medio latido en comprender la escena completa. El segundo llegó con el calor subiéndome por las mejillas.

— Bueno — dije con calma cuidadosamente construida — Podrías haber pedido testeo primero.

Mis alas se acomodaron solas, irritadas, como si también sintieran pudor.

Miré alrededor: pulseras en el suelo, collares colgando de un cajón, un pendiente balanceándose del borde del tablón como si dudara de la realidad.

Suspiré.
No era tragedia.
Era espectáculo.

— Si era una demostración de caída libre — continué — te aviso que acá cobramos por uso del mobiliario.

El tipo seguía demasiado cerca para fingir normalidad… y mi cuerpo todavía no decidía qué hacer con eso.



Cositas
[Imagen: CwHBiqT.png]
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Baile inolvidable - por Cill Blinton - 17-02-2026, 03:55 AM
RE: Baile inolvidable - por Asherah Bel-Nadin - 19-02-2026, 09:31 PM

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