19-02-2026, 11:04 PM
(Última modificación: 19-02-2026, 11:07 PM por Dimitri St. George.)
Cerré los ojos.
El dolor de cabeza no era solo una invención para disimular el mal que me afligía en aquel momento, pero mentiría si no admitiera que me servía para camuflar otro tipo de malestar. No dejé de pellizcarme el puente de la nariz. Sentado en aquella silla de la oficina, había echado la cabeza ligeramente hacia atrás para evadirme de todo. En especial, para eludir el relato de la Marine. Sin saberlo, acababa de hundir el dedo en dos heridas que aún no terminaban de cicatrizar.
La segunda de ellas era fresca y estaba más infectada de lo que jamás habría admitido. Apenas había cumplido un año desde que lograra escapar de Pulmones Negros y las pesadillas seguían siendo parte de mi rutina. La mención de la esclavitud trajo consigo el hedor a puros mezclados con el salitre. Tardé en percatarme de que había apretado la mandíbula más de la cuenta.
La primera herida, no obstante, era tan antigua que ni la costra debería quedar de ella. Incluso así, tuve la sensación de que alguien volvía a clavar un puñal justo en la marca de la cicatriz. El cuerpo inerte de mi madre no era más que un borrón en mis recuerdos al igual que los brazos largos y gruesos de mi padre, esos que evadí antes de que se convirtieran en prisión o tumba. Lo que sí recordaba, mejor que todo eso, eran las sonrisas, los paseos y calidez de un amor que poco a poco se tornó incertidumbre.
—Yo… —comenzó a balbucear Sandy.
«Yo también sé lo que es desear que la normalidad regrese» pensé.
Fue entonces cuando me permití abrir los ojos y la vi de nuevo encogida sobre sí misma, pero esta vez algo era diferente. No se rodeaba los brazos, sino el vientre. Había vuelto a romperse en un llanto desconsolado del que tardaría recomponerse.
—¿Estás embarazada?
No debería haberme metido, pero la pregunta ya había escapado de mis labios antes de ser consciente del ardor que me provocaba.
Ella solo asintió, mientras con una mano aferraba el pañuelo y trataba desesperadamente de limpiar el llanto que le embargaba las mejillas. Entonces, por primera vez, clavó las enormes pupilas en la Marine de un modo muy similar al que alguien contemplaría a un Santo.
—¿Qué debo hacer? —balbuceó—. No tengo a nadie…
«Poner una denuncia, para empezar».
Esta vez sí me contuve a tiempo. Preferí dejar que la autoridad allí presente le diera la orientación oportuna.
El dolor de cabeza no era solo una invención para disimular el mal que me afligía en aquel momento, pero mentiría si no admitiera que me servía para camuflar otro tipo de malestar. No dejé de pellizcarme el puente de la nariz. Sentado en aquella silla de la oficina, había echado la cabeza ligeramente hacia atrás para evadirme de todo. En especial, para eludir el relato de la Marine. Sin saberlo, acababa de hundir el dedo en dos heridas que aún no terminaban de cicatrizar.
La segunda de ellas era fresca y estaba más infectada de lo que jamás habría admitido. Apenas había cumplido un año desde que lograra escapar de Pulmones Negros y las pesadillas seguían siendo parte de mi rutina. La mención de la esclavitud trajo consigo el hedor a puros mezclados con el salitre. Tardé en percatarme de que había apretado la mandíbula más de la cuenta.
La primera herida, no obstante, era tan antigua que ni la costra debería quedar de ella. Incluso así, tuve la sensación de que alguien volvía a clavar un puñal justo en la marca de la cicatriz. El cuerpo inerte de mi madre no era más que un borrón en mis recuerdos al igual que los brazos largos y gruesos de mi padre, esos que evadí antes de que se convirtieran en prisión o tumba. Lo que sí recordaba, mejor que todo eso, eran las sonrisas, los paseos y calidez de un amor que poco a poco se tornó incertidumbre.
—Yo… —comenzó a balbucear Sandy.
«Yo también sé lo que es desear que la normalidad regrese» pensé.
Fue entonces cuando me permití abrir los ojos y la vi de nuevo encogida sobre sí misma, pero esta vez algo era diferente. No se rodeaba los brazos, sino el vientre. Había vuelto a romperse en un llanto desconsolado del que tardaría recomponerse.
—¿Estás embarazada?
No debería haberme metido, pero la pregunta ya había escapado de mis labios antes de ser consciente del ardor que me provocaba.
Ella solo asintió, mientras con una mano aferraba el pañuelo y trataba desesperadamente de limpiar el llanto que le embargaba las mejillas. Entonces, por primera vez, clavó las enormes pupilas en la Marine de un modo muy similar al que alguien contemplaría a un Santo.
—¿Qué debo hacer? —balbuceó—. No tengo a nadie…
«Poner una denuncia, para empezar».
Esta vez sí me contuve a tiempo. Preferí dejar que la autoridad allí presente le diera la orientación oportuna.
