El Día que el Umami Salvó el Saborrrr de un Horrible Pato Dientón :: Pasado :: Priv.
#2
Joder, aún dolía...

Kibai apretó los dientes mientras el costado izquierdo le enviaba una punzada de protesta cuando se estiró para agarrar un bote en el estante superior de la pequeña cocina a bordo del Royal Quiver. Hacía unos días que su extraña aventura en los Cabos Gemelos había terminado, y el mink seguía despertándose buscando a tientas la empuñadura de Raimei mientras la estúpida risa de Uosan Sakana resonaba en sus oídos.

"Fui demasiado débil.."

Había perdido la cuenta de veces que se había repetido aquella misma frase. Era un Marine, se suponía que tenía que proteger a la gente, pero de no haber sido por aquel chico-topo que le había ayudado, todo se habría ido al traste, y aquel gyojin del demonio los habría matado a todos. La mano de Kibai se crispó alrededor del bote, enviando una chispa azul que hizo estallar el cristal en mil pedazos, derramando las especias secas que contenía. El mink soltó un sonoro juramento, a la vez que se agarraba la mano, que ya empezaba a sangrar. Furioso, cerró la palma lesionada y asestó un puñetazo contra la madera del barco, haciendo temblar la vajilla asegurada en sus anaqueles encadenados para evitar que s erompiesen con cualquier zozobra de la nave.

Desanimado, Kibai recogió todo el desastre, desechando con mala cara las especias. Aunque era un firme defensor de no desperdiciar ni un gramo de comida, aquellas especias mezcladas con la salitre del barco, la suciedad y las astillas de madera no tenía absolutamente ninguna cualidad culinaria. Para lo único que serviría sería para abono si les daba por tener una planta en el Royal, o para quemarlo en los faroles y ahuyentar a los mosquitos.

Tras dejar terminada la cena para aquella noche, el mink subió a cubierta, saludando con un gesto de la cabeza a Stroud que seguía en el timón, y se dirigió a su puesto favorito sobre el bauprés del barco. Por lo que le habían dicho, llegarían al día siguiente a la Isla de Whiskey Peak, dónde sería un buen lugar en el que reaprovisionar su bodega, reparar su equipo y también hacerle algunas chapucillas al Royal Quiver, que si bien continuaba navegando bien tras salir del South Blue, los grandes choques contra el convoy de mercantes y la posterior entrada al Grand Line no eran algo baladí.

Tumbado cuando largo era a lo largo del bauprés, Kibai dejó finalmente caer la cabeza sobre los antebrazos, respirando el aire nocturno, antes de cerrar los ojos. Mañana sería otro día, tendría que ir a reponer las especias que había perdido, y tampoco le haría mal buscar a ver si encontraba algo decente que comprar con los berries que había conseguido.



A la mañana siguiente...

Tras solicitar el oportuno permiso a su superior para ausentarse del barco, Kibai saltó a la orilla del muelle y se dirigió sin más preábulo al interior de la isla. Ansioso por explorar aquel nuevo territorio (la primera isla del Grand Line nada menos!) y poseído por aquella energía renovadora que solamente la emoción era capaz de darle, el mink esbozó una sonrisa mientras avanzaba por las calles de Whiskey Peak.

La gente parecía especialmente amable en aquel lugar, al menos con él. Kibai notaba muchas menos miradas que a lo que estaba acostumbrado en Roshwan. A buen seguro, el Grand Line tenía sus peligros, pero también tenía algo bueno: la diversidad era tan grande que a nadie parecía importarle.

"Eso, o que hay tantos peligros que pararte a considerar si tu vecino es un Mink o un Lunarian es algo que no puedes permitirte" pensó el mink con una sonrisa mientras se detenía en un puesto de fruta para examinar un cargamento de naranjas sanguinas, oler un par de ellas y entregarle al dueño el dinero por una caja y las dirección a la cual llevar su compra en el puerto.

Un par de calles más adelante, las tiendas cambiaron radicalmente de estilo, sustituyendo las viandas y puestos callejeros por escaparates cristalinos con maniquíes de madera lacada. Kibai refrenó su andar, rascándose la cabeza, algo indeciso. En el combate contra Uosan había perdido su gorra, pero no sabía si allí habría algo decente que la sustituyese. Diciendo para sí que no tenía nada que perder, entró al interior de la tienda.

El dueño, un humano bajito y calvo con unas gafas de montura de oro sujetas por una cadena al cuello se levantó de un salto de su silla tras el mostrador al verlo entrar.

— Oh mi buen señor, parece que haya pasado por un vendaval! Como puede ir así por la vida! Vamos vamos, pase por aquí, lo arreglaremos en un abrir y cerrar de ojos!

Antes de que Kibai pudiese siquiera protestar o argumentar que solo buscaba una gorra, el hombrecillo lo estaba empujando hacia uno de los probadores mientras le ordenaba que se fuese desvistiendo. Más por curiosidad que por otra cosa, el mink decidió obedecerle.

Mientras se quitaba la camisa y la capa, con cuidado de no sobreestirar su costado dolorido, escuchó como cajones se abrian y cerraban, mientras el dueño de la tienda murmuraba para si mismo acerca de dónde había metido esto o aquello.

Finalmente, abrió la cortina del probador (importándole muy poco que Kibai estuviese en ropa interior) y depositó un conjunto de prendas en la mesita.

—  Esto es lo que te llevarás. Te quedará estupendo. Y ahora dame eso. — dijo echando mano a su uniforme y su capa.

— Eh, qué se supone que hace? — protestó Kibai.

— A callar. En la tienda de Amancicus Ortiga no permito harapos. La lavaré y la coseré, solo dime donde tengo que enviarla.

Kibai optó por no protestar y se puso las ropas que aquel tal Amancicus le había traído. Descubrió un par de pantalones de color gris acero y una americana de color marrón claro, que se mantenía suejta por un cordón vegetal del que prendía una rosa dorada. Con una sonrisa, el mink advirtió que su modisto particular no le había traído zapatos.

"Un vendedor observador... Es de apreciar, la verdad."

Cuando se hubo ajustado el conjunto, Kibai se miró al espejo. Lo cierto es que le quedaba bastante bien, hasta se podía decir que iba... guapo?. El mink negó con la cabeza, riendo por lo bajo. Aquel nunca había sido un concepto que habia pensado en decir sobre si mismo.

Vestimenta de Kibai

Saliendo del probador, se encaminó al mostrador, dónde depositó gratamente el dinero, añadiendo a sus ropas unas protecciones para las piernas, por si acaso. Sus garras eran útiles, pero aquello evitaría dolores y le permitiría bloquear mejor ataques, dado el caso.

Tras indicarle donde estaba el Royal Quiver y darle las gracias a Amancius (que lo roció con una nube de un perfume amaderado con olor a sándalo de propina) Kibai se ajustó a Raimei a la cintura y guardó su Den Den Mushi en la americana. Una vez listo, se alisó la prenda y salió de nuevo a la calle, sintiéndose algo raro, pero cómodo. 

Unos minutos después, sus nariz captó el inconfundible aroma de las especies, provenientes de una pequeña tienda cuyas estanterías llegaban hasta el techo. Satisfecho de haber encontrado el lugar que buscaba, Kibai entró al interior, haciendo sonar la pequeña campana que colgaba de la puerta.

El interior estaba relativamente vació, con la excepción de una joven de pelo azul que parecía inmersa en jugar con dos botes de colores como su fuesen muñequitos mientras les hablaba. El mink la observó de reojo antes de acercarse al mostrador, apoyando ambas manos en la madera pulida.

— Buenos días. Necesito cardamomo, canela, pimienta negra, y todas las hierbas secas que tengan. Y si venden un molinillo, no descarto llevarmelo también.

La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
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RE: El Día que el Umami Salvó el Saborrrr de un Horrible Pato Dientón :: Pasado :: Priv. - por Kibai - 20-02-2026, 12:23 AM

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