20-02-2026, 01:18 AM
(Última modificación: 20-02-2026, 02:06 AM por Kibai.
Razón: Colorear dialogos
)
Pista más nocturna
Cuando Asherah cerró su mano sobre la suya para aceptar la invitación de probar el guiso, el mundo pareció encogerse El contacto de los dedos de la Lunarian sobre su muñeca provocó un respingo en Kibai. Era plenamente consciente de cómo las yemas de Asherah, con una suavidad deliberada, acariciaban el vello de su muñeca mientras ella inclinaba su imponente figura para alcanzar la cuchara, como se detenía unos segundos de más inclinada hacia él, con los ojos cerrados para apreciar mejor el sabor.
Cuando ella se separó y ambos se centraron en sus propios cuencos, Kibai sumergió la cuchara con una mezcla de alivio y una nueva clase de euforia. Al llevarse la siguiente porción a la boca, su paladar de cocinero —entrenado para diseccionar cada matiz— detectó algo que no estaba en la receta original. Entre la miel y la pimienta, percibió el rastro sutil, casi inapreciable, pero presente, del "sabor" de Asherah que había quedado en la madera.
“Kibai, eres un caso perdido... oficialmente estás degustando a una civil de cuatro metros”, le recriminó su voz interna, aunque esta vez sonaba más resignada que molesta.
La comida transcurrió en una burbuja de calma extraña pero bienvenida. Las risas de los comensales y la música de la isla servían de telón de fondo para sus propias anécdotas. Kibai se descubrió a sí mismo gesticulando con más libertad de la habitual, olvidando por momentos el peso de la placa en su pecho.
Al terminar, se puso en pie y se sacudió las migas de pan de la casaca, recuperando el porte de oficial, aunque sus ojos verdes seguían brillando con una chispa traviesa.
— Si vamos a ir hasta esa cima, Asherah, necesitaremos un par de cosas. No me tiene pinta de que allí arriba haya otra amable mujer que nos prepare algo para comer, así que tendremos que ir preparados.
Tras dar un salto al otro lado de la mesa y ayudarla a levantarse, se internaron en el laberinto del mercado mientras las últimas luces del día iban desapareciendo tras el horizonte. El aire estaba saturado de incienso, sudor humano y el aroma a frito de los puestos callejeros. Mientras esquivaban a grupos de turistas y monjes, Kibai se movía con una economía de movimientos felina, abriendo camino para que algun tanseúnte despistado se chocase contra Asherah o sus alas.
— Oye, Asherah, dime una cosa. — dijo alzando la vista hacia ella en un momento que la calle se despejó y pudieron caminar uno al lado del otro. Kibai trató de que el tono fuera el de un interrogatorio casual, aunque su corazón latía con una curiosidad genuina—. ¿Es esta isla solo una parada en tu ruta comercial, o planeas establecerte aquí? No parece un lugar donde alguien con tus... características pase desapercibida por mucho tiempo.
Aprovechó el tiempo que la joven se tomó para responderle para detenerse en un puesto pequeño, casi oculto tras un estandarte de caligrafía. Allí, un anciano de dedos nudosos preparaba con suma lentitud unas pequeñas bolas de arroz. Kibai seleccionó con cuidado cuatro Onigiris de tamaño considerable, envueltos en un alga nori de un verde tan oscuro que parecía negro, asegurándose de que el arroz estuviera lo suficientemente compactado para poder llevarlas sin problema. Con un movimiento rápido de dedos, añadió a la compra un manojo de uvas rojas maduras, tan tensas que parecían a punto de estallar.
— Esto nos lo llevamos también. Seguro que podemos encontrarles un uso —explicó con una sonrisa que bailaba entre lo amable y lo travieso, guardando todo en una bolsa de tela que cruzó sobre su pecho.
El camino hacia la montaña los llevó a pasar por una plaza de entrenamiento abierta, donde los faroles iluminaban un cuadrilátero de tierra batida. Un grupo de alumnos avanzados de un dojo local realizaba una exhibición de artes marciales. Kibai se detuvo en seco, con las manos apoyadas en las caderas, estudiando cada giro, cada golpe de palma y cada transición de peso, señalando los movimientos a su acompañante
— Tienen buena técnica —admitió, entrecerrando sus ojos verdes de pupila vertical—. Aquí son muy perfeccionistas con eso. Pero les falta el hambre. En el la base de Roshwan, donde la Marina me envió para completar mi entrenamiento, los instructores no te corregían con palabras. Si tu guardia bajaba un centímetro, terminabas con la nariz contra la nieve y un sargento de guardia pisándote las costillas. Allí aprendí que la elegancia no sirve de nada si no tienes la intención de romper al enemigo.
Asherah lo observaba desde su altura, y Kibai se dio cuenta de que acababa de revelar más de su pasado militar de lo que pretendía. Se aclaró la garganta, sintiendo un leve calor bajo el pelaje de sus mejillas, y señaló hacia el siguiente espectáculo para desviar la atención.
En el centro de la plaza principal, un grupo de acróbatas de armas blancas estaba realizando una exhibición de puntería con estrellas metálicas de múltiples puntas. El público vitoreaba con cada impacto en las dianas de madera. El ambiente era eléctrico, cargado de la adrenalina de los fuegos artificiales que ya empezaban a estallar en el horizonte.
Kibai, sin embargo, no miraba las dianas. Arrugando la nariz, sus orejas se orientaron hacia el suelo del escenario. Sus fosas nasales captaron el aroma punzante de un licor de arroz barato. Un espectador distraído había derramado una jarra de sake justo en el punto donde los artistas realizaban el apoyo para el salto.
— Mierda, ese charco... —murmuró Kibai, con la voz volviéndose un gruñido bajo a la vez que agazapaba un poco su postura y golpeaba la guarda de Raimei para despegarla de la vaina— va a causar un desastre.
No tuvo tiempo de avisar. Uno de los lanzadores, un joven ansioso por impresionar a la multitud, inició una maniobra de máxima dificultad: un salto con giro completo de 360 grados en el aire. En el momento en que sus pies tocaron el suelo para el impulso final, el sake hizo su trabajo. El pie del artista patinó, su equilibrio se desmoronó y la estrella metálica, lanzada con una fuerza desmedida, se desvió de su rumbo.
El proyectil salió disparado hacia la multitud, directamente hacia donde una niña pequeña miraba el espectáculo con los ojos abiertos de par en par.
Para Asherah, lo que ocurrió después fue un borrón. Kibai no corrió; simplemente dejó de estar a su lado. El aire silbó con el desplazamiento súbito de su cuerpo. Antes de que el público pudiera siquiera gritar, se oyó un sonido metálico, agudo y vibrante: ¡CLANG!
Kibai estaba allí, plantado entre la multitud y el peligro. Su mano derecha se movía a una velocidad que el ojo humano no podía seguir. Raimei, no llegó a salir completamente de la vaina, pero la hoja brilló lo suficiente para interceptar el proyectil. Con un giro de muñeca que aprovechaba la inercia del ataque, Kibai desvió la estrella metálica hacia el cielo. El objeto voló verticalmente, perdiéndose en la oscuridad de la noche, para caer segundos después tintineando inofensivamente en un callejón vacío detrás de la plaza.
El silencio que siguió fue absoluto. Kibai, con la respiración apenas alterada, envainó la espada con un clic seco y profesional. Se acercó al lanzador, que se había quedado lívido en el suelo. En lugar de reprenderlo, le tendió la mano y lo ayudó a levantarse.
— Ten cuidado la próxima vez, vale? Alguien habría podido salir herido.
Dedicó un saludo discreto, a la multitud que empezaba a aplaudir, y regresó caminando hacia Asherah con calma.
Algo incómodo, se detuvo junto a ella, apoyando la espalda contra el poste de madera de un puesto de fideos. Se cruzó de brazos, una postura que intentaba proyectar una indiferencia absoluta ante lo que acababa de hacer.
— Puedes ahorrarte los comentarios de esto. No pretendía fardar. Solo he cumplido con el protocolo de seguridad de la Marina. Es... parte de mi descripción de funciones, supongo —murmuró, desviando la mirada hacia las luces de la cima.
Pero su lenguaje corporal decía otra cosa. El pecho de Kibai, ancho y poderoso, se mantenía ligeramente más hinchado de lo normal. La postura de brazos cruzados no era casual: estaba diseñada para tensar sus bíceps y tríceps, haciendo que los músculos se marcaran con fuerza bajo el pelaje moteado. Sus venas, dilatadas por el chute de adrenalina de la acción rápida, se dibujaban como relieves bajo la piel de sus antebrazos descubiertos.
En ese momento, un griterio anunció que los enlaces nocturnos iban a comenzar a celebrarse. Kibai alzó la mirada hacia Asherah, señalando con un gesto de la barbilla hacia los operarios de los fuegos artificiales, que ya estaban empezando a moverse.
— Si queremos llegar a la cima a tiempo, no deberíamos retrasarnos mucho más. No quiero que la mitad de los fuegos me pillen con la cabeza contra la piedra, sería un auténtico despedicio, no crees?
La mirada del mink se clavó en la de Lunarian, provista de una nueva seguridad, minetras su vocecilla interna permanecía amordazada y agitándose en un rincón de su mente.
— Un espectáculo debede apreciarse siempre en su totalidad, sin distracciones.
La caja de Pandora
