20-02-2026, 06:53 AM
El mundo volvió a tomar color, poco a poco, en sus ojos cansados. Pese a que las ojeras seguían allí, el cansancio seguía allí, y el hambre, definitivamente, seguía allí, algo fundamental estaba cambiando. De pronto, sintió ganas de dormir en una buena cama y no en el primer callejón donde pudiera acomodarse. Deseó comer algo, una comida lo suficientemente deliciosa como para activar su dormido sentido del gusto. Saborear algo más que el tibio humo del cigarrillo. Nada había cambiado y, a la vez, nada era lo mismo.
Enji se detuvo dos metros por delante de dónde Miyori frenó su andar. Se giró, y, con el mar y la luna de fondo, dejó caer su mirada en ella.
¿Qué importaba su nombre? No era nadie. Ya no. Una cáscara vacía, resignada al fracaso, que abrazaba la tragedia en la que se había convertido su vida. ¿Su apellido? No quería recordarlo. Le daba pesadillas. ¿Su nombre? No recordaba la última vez que alguien lo mencionó. Era una sombra, vagando por el mundo bajo la falsa premisa de un objetivo. Temiendo el día que la casualidad lo llevase demasiado cerca de él. Aterrado de la sola idea de tener la verdad a tiro, y correr en dirección opuesta. Un patético…
—Me llamo Enji —dijo, y todos esos pensamientos quedaron atrás. Se evaporaron, sepultados por un simple paso al frente—. Recordaré tu nombre, Miyori Hoshino, como el nombre de la mujer más terca que he conocido. —Chistó con la lengua y negó con la cabeza, pero sonreía de forma muy tenue—. Vamos, tienes que encontrar a tu hermano. Deben estar preocupados por ti.
Señaló al frente, al tumulto, tanto con la mano como con la cabeza. El temor se reflejaba en todas y cada una de las miradas de los civiles, quienes, llamados por la columna de humo que se levantaba al cielo desde la costa, se habían acercado desde todos los rincones de Baquella. Algunos para tratar de ayudar. Otros atraídos por el morbo de saber que estaba pasando. Afortunadamente, la mayoría parecía formar parte del primer grupo.
—La próxima vez que te topes con un vagabundo desequilibrado, Hoshino, haz el favor de no acercarte tanto —dijo, de pronto y tras pensarlo unos segundos. Se rascó el cuello con la mano derecha mientras caminaban entre el caos de gente y estiró la otra mano para tomar a Miyori por el antebrazo. No quería que se le perdiera en medio del tumulto—. No todos serán tan amables como yo.
Y eso él lo sabía bien, después de meses y meses conviviendo en la calle, algunas cicatrices nuevas en el torso y muchas, pero muchas peleas. Nadie le tenía compasión a un loco desahuciado, mucho menos otro sujeto en las mismas circunstancias y con un callejón que defender. Resultaba increíble lo mucho que se podían echar por un trozo de suelo que estuviera cubierto de la lluvia.
Enji no los culpaba.
—Oye… —Se detuvo y su mano se elevó, señalando al frente con el índice—. ¿Ese de ahí no es tu hermano?
Enji se detuvo dos metros por delante de dónde Miyori frenó su andar. Se giró, y, con el mar y la luna de fondo, dejó caer su mirada en ella.
¿Qué importaba su nombre? No era nadie. Ya no. Una cáscara vacía, resignada al fracaso, que abrazaba la tragedia en la que se había convertido su vida. ¿Su apellido? No quería recordarlo. Le daba pesadillas. ¿Su nombre? No recordaba la última vez que alguien lo mencionó. Era una sombra, vagando por el mundo bajo la falsa premisa de un objetivo. Temiendo el día que la casualidad lo llevase demasiado cerca de él. Aterrado de la sola idea de tener la verdad a tiro, y correr en dirección opuesta. Un patético…
—Me llamo Enji —dijo, y todos esos pensamientos quedaron atrás. Se evaporaron, sepultados por un simple paso al frente—. Recordaré tu nombre, Miyori Hoshino, como el nombre de la mujer más terca que he conocido. —Chistó con la lengua y negó con la cabeza, pero sonreía de forma muy tenue—. Vamos, tienes que encontrar a tu hermano. Deben estar preocupados por ti.
Señaló al frente, al tumulto, tanto con la mano como con la cabeza. El temor se reflejaba en todas y cada una de las miradas de los civiles, quienes, llamados por la columna de humo que se levantaba al cielo desde la costa, se habían acercado desde todos los rincones de Baquella. Algunos para tratar de ayudar. Otros atraídos por el morbo de saber que estaba pasando. Afortunadamente, la mayoría parecía formar parte del primer grupo.
—La próxima vez que te topes con un vagabundo desequilibrado, Hoshino, haz el favor de no acercarte tanto —dijo, de pronto y tras pensarlo unos segundos. Se rascó el cuello con la mano derecha mientras caminaban entre el caos de gente y estiró la otra mano para tomar a Miyori por el antebrazo. No quería que se le perdiera en medio del tumulto—. No todos serán tan amables como yo.
Y eso él lo sabía bien, después de meses y meses conviviendo en la calle, algunas cicatrices nuevas en el torso y muchas, pero muchas peleas. Nadie le tenía compasión a un loco desahuciado, mucho menos otro sujeto en las mismas circunstancias y con un callejón que defender. Resultaba increíble lo mucho que se podían echar por un trozo de suelo que estuviera cubierto de la lluvia.
Enji no los culpaba.
—Oye… —Se detuvo y su mano se elevó, señalando al frente con el índice—. ¿Ese de ahí no es tu hermano?
