21-02-2026, 05:01 PM
Al principio, Bai permaneció estática, fundida en expectante silencio.
Desde su desventajosa posición —demasiado alejada de su líder y peligrosamente expuesta a los revolucionarios que las cercaban—, escudriñó aquel océano de cuerpos en busca de una sola chispa de resistencia que justificara su impulso de desenvainar el acero.
Nada.
Ninguno parecía dispuesto a moverse ni un ápice de dónde estaba, y esa parálisis le terminó arrancando un chasquido de fastidio.
Sin embargo, cuando su compañera tomó la palabra, la atmósfera cambió. Desconocía el porqué —y aunque suponía el motivo— lo que más le crispaba era notar cómo las miradas de los soldados oscilaban entre ellas y el hombre lobo; quizás fuera la impotencia de no comprender el discurso, quizás su búsqueda infatigable por una justificación o su propio ánimo errante, pero, al final, se empujó a observar más allá de lo que veía por si le tocaba pelear.
Y entonces lo vio. No estaban rodeadas por un círculo perfecto, pues los megalíticos árboles, auténticos protectores de la selva, fracturaban las líneas de tiro y obligaban a los revolucionarios a serpentear entre lianas y raíces que se enroscaban como ofidios en letargo en medio de una geometría caprichosa que definía quién estaba cerca y quién permanecía a una distancia prudencial.
De nuevo, Lan volvió a tomar la palabra.
Aprovechando ese momento, Bai pivotó sobre sus talones para comprobar si también había soldados a su espalda. Efectivamente, ahí estaban. Distando apenas unos catorce metros.
Entonces, amenazándolos también a ellos, con un gesto de muñeca logró que el acero asomara un poco más de su vaina. Sin embargo, había uno que no la dejaba de mirar y, en respuesta, Bai extendió sus alas emulando el gesto de un ave de presa amenazada en un intento por ensanchar su presencia. Pero, como si aquello hubiera servido de comburente para su instinto, en medio del primer silencio que dejó Lan, Bai tomó la decisión de dar un salto potente en el que usó de nuevo sus alas en un despliegue intimidante, como un depredador que eriza su pelaje para reclamar su espacio en medio de una pequeña jaula.
Y aun así trataba de controlarse para no ser ella quien empezara la pelea.
Con hojas aún flotando en el aire por el batir de alas, Bai se obligó a mirar hacia atrás por encima del hombro, manteniendo la mano firme sobre el hierro de su espada en un intento por confirmar que habían entendido sus intenciones; Lan volvió a hablar y ella, de reojo, se aseguró de tener a todos localizados por si a alguno se le ocurría disparar.
Y en ello estaba, atenta a cualquier movimiento que alguno de aquellos hombres ejerciera, cuando se percató de que algo pasaba con el líder perruno. Pues este, al parecer, había desenfundado su arma y alzaba el brazo con la pistola entre las garras. Ese era el símbolo de hostilidad absoluta que hizo que sus pupilas se dilataran de golpe, al tiempo que sus músculos —casi igual de rápidos que su cerebro— se tensaran, forzándola a tomar una postura donde su cuerpo se inclinaba hacia adelante.
¡Bang!
El disparo del líder fue el heraldo del caos, pues, tan pronto como desgarró el aire, Bai echó a correr en diagonal hacia el hombre más cercano y la tierra respondió con un fuerte latigazo.
Flush.
La espada quedó desembainada tan pronto como dio la segunda zancada. Dio un salto y, aprovechando la inercia, hundió la punta de su acero en la fosa de la clavícula del hombre que le cerraba el paso hasta aquel momento.
Gotas de sangre le salpicaron cuando el revolucionario se desplomó frente a ella, derribado por la brutalidad de la estocada. Y, por un momento, Bai creyó que el peligro había desaparecido.
Satisfecha por lo que había pasado, la birkiniana miró hacia Lan con una sonrisa que nació muerta; el gesto se le congeló en el rostro al advertir que los soldados ya no estaban.
—Qué... —Su voz murió mientras sus orbes miraban nerviosos en todas direcciones. ¡Mierda! —añadió al toparse con lo imposible: una piel grisácea que se resquebrajaba como piedra milenaria y un ojo enorme, fijo, que la observaba sin pestañear.
En ese momento, el pulso que había sentido hasta entonces se transformó de euforia a un pavor primigenio y, pronto, el miedo se volvió parálisis. Bai estaba petrificada, espada aún en mano, sintiendo cómo la vibración del acero —aún hundido en el herido— ascendía por su muñeca como una advertencia.
—Quieto —murmuró pisándole la rodilla, amenazando con partirsela y sin dejar de mirar al dinosaurio.
Después, bajó la vista hacia el hombre a sus pies, empezando a sentir cómo toda la sangre se le iba al cerebro; su mente, una máquina de vapor que trataba de procesar la realidad a una velocidad vertiginosa, analizó rápidamente la herida.
Era grave, pero no definitiva.
Entonces, un aliento pútrido emergió de la criatura, un aire de tumba que la hizo reaccionar. Arrancó la espada con un tirón seco, trastabillando ante la resistencia de la carne. La sangre caliente le salpicó los pies, pero su juicio ya era frío como el hielo. Aquel hombre era su única salida. Si quería huir, necesitaba un sacrificio, una distracción que saciara momentáneamente a la bestia o que, al menos, le permitiera ganar unos segundos vitales.
Sin dudarlo, apuntó a la ingle del caído y volvió a estocar, buscando con precisión el gran canal donde la vida fluye con urgencia. Era una decisión cruel, pero dictada por la lógica de la supervivencia: un hombre desangrándose era un ancla para el enemigo y una oportunidad para ambas.
—¡Corre, Lan! —gritó Bai, su voz compitiendo con el rugido que acababa de sacudir la selva.
Sin mirar atrás, rodeó al moribundo y emprendió una carrera desesperada, buscando la silueta de Lan entre la frondosidad, mientras el instinto le gritaba que el tiempo de la diplomacia y estudio había terminado para dar paso a una cacería donde ambas eran la presa.
Desde su desventajosa posición —demasiado alejada de su líder y peligrosamente expuesta a los revolucionarios que las cercaban—, escudriñó aquel océano de cuerpos en busca de una sola chispa de resistencia que justificara su impulso de desenvainar el acero.
Nada.
Ninguno parecía dispuesto a moverse ni un ápice de dónde estaba, y esa parálisis le terminó arrancando un chasquido de fastidio.
Sin embargo, cuando su compañera tomó la palabra, la atmósfera cambió. Desconocía el porqué —y aunque suponía el motivo— lo que más le crispaba era notar cómo las miradas de los soldados oscilaban entre ellas y el hombre lobo; quizás fuera la impotencia de no comprender el discurso, quizás su búsqueda infatigable por una justificación o su propio ánimo errante, pero, al final, se empujó a observar más allá de lo que veía por si le tocaba pelear.
Y entonces lo vio. No estaban rodeadas por un círculo perfecto, pues los megalíticos árboles, auténticos protectores de la selva, fracturaban las líneas de tiro y obligaban a los revolucionarios a serpentear entre lianas y raíces que se enroscaban como ofidios en letargo en medio de una geometría caprichosa que definía quién estaba cerca y quién permanecía a una distancia prudencial.
De nuevo, Lan volvió a tomar la palabra.
Aprovechando ese momento, Bai pivotó sobre sus talones para comprobar si también había soldados a su espalda. Efectivamente, ahí estaban. Distando apenas unos catorce metros.
Entonces, amenazándolos también a ellos, con un gesto de muñeca logró que el acero asomara un poco más de su vaina. Sin embargo, había uno que no la dejaba de mirar y, en respuesta, Bai extendió sus alas emulando el gesto de un ave de presa amenazada en un intento por ensanchar su presencia. Pero, como si aquello hubiera servido de comburente para su instinto, en medio del primer silencio que dejó Lan, Bai tomó la decisión de dar un salto potente en el que usó de nuevo sus alas en un despliegue intimidante, como un depredador que eriza su pelaje para reclamar su espacio en medio de una pequeña jaula.
Y aun así trataba de controlarse para no ser ella quien empezara la pelea.
Con hojas aún flotando en el aire por el batir de alas, Bai se obligó a mirar hacia atrás por encima del hombro, manteniendo la mano firme sobre el hierro de su espada en un intento por confirmar que habían entendido sus intenciones; Lan volvió a hablar y ella, de reojo, se aseguró de tener a todos localizados por si a alguno se le ocurría disparar.
Y en ello estaba, atenta a cualquier movimiento que alguno de aquellos hombres ejerciera, cuando se percató de que algo pasaba con el líder perruno. Pues este, al parecer, había desenfundado su arma y alzaba el brazo con la pistola entre las garras. Ese era el símbolo de hostilidad absoluta que hizo que sus pupilas se dilataran de golpe, al tiempo que sus músculos —casi igual de rápidos que su cerebro— se tensaran, forzándola a tomar una postura donde su cuerpo se inclinaba hacia adelante.
¡Bang!
El disparo del líder fue el heraldo del caos, pues, tan pronto como desgarró el aire, Bai echó a correr en diagonal hacia el hombre más cercano y la tierra respondió con un fuerte latigazo.
Flush.
La espada quedó desembainada tan pronto como dio la segunda zancada. Dio un salto y, aprovechando la inercia, hundió la punta de su acero en la fosa de la clavícula del hombre que le cerraba el paso hasta aquel momento.
Gotas de sangre le salpicaron cuando el revolucionario se desplomó frente a ella, derribado por la brutalidad de la estocada. Y, por un momento, Bai creyó que el peligro había desaparecido.
Satisfecha por lo que había pasado, la birkiniana miró hacia Lan con una sonrisa que nació muerta; el gesto se le congeló en el rostro al advertir que los soldados ya no estaban.
—Qué... —Su voz murió mientras sus orbes miraban nerviosos en todas direcciones. ¡Mierda! —añadió al toparse con lo imposible: una piel grisácea que se resquebrajaba como piedra milenaria y un ojo enorme, fijo, que la observaba sin pestañear.
En ese momento, el pulso que había sentido hasta entonces se transformó de euforia a un pavor primigenio y, pronto, el miedo se volvió parálisis. Bai estaba petrificada, espada aún en mano, sintiendo cómo la vibración del acero —aún hundido en el herido— ascendía por su muñeca como una advertencia.
—Quieto —murmuró pisándole la rodilla, amenazando con partirsela y sin dejar de mirar al dinosaurio.
Después, bajó la vista hacia el hombre a sus pies, empezando a sentir cómo toda la sangre se le iba al cerebro; su mente, una máquina de vapor que trataba de procesar la realidad a una velocidad vertiginosa, analizó rápidamente la herida.
Era grave, pero no definitiva.
Entonces, un aliento pútrido emergió de la criatura, un aire de tumba que la hizo reaccionar. Arrancó la espada con un tirón seco, trastabillando ante la resistencia de la carne. La sangre caliente le salpicó los pies, pero su juicio ya era frío como el hielo. Aquel hombre era su única salida. Si quería huir, necesitaba un sacrificio, una distracción que saciara momentáneamente a la bestia o que, al menos, le permitiera ganar unos segundos vitales.
Sin dudarlo, apuntó a la ingle del caído y volvió a estocar, buscando con precisión el gran canal donde la vida fluye con urgencia. Era una decisión cruel, pero dictada por la lógica de la supervivencia: un hombre desangrándose era un ancla para el enemigo y una oportunidad para ambas.
—¡Corre, Lan! —gritó Bai, su voz compitiendo con el rugido que acababa de sacudir la selva.
Sin mirar atrás, rodeó al moribundo y emprendió una carrera desesperada, buscando la silueta de Lan entre la frondosidad, mientras el instinto le gritaba que el tiempo de la diplomacia y estudio había terminado para dar paso a una cacería donde ambas eran la presa.
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
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Nv.23 — Silogista
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