22-02-2026, 03:09 AM
(Última modificación: 22-02-2026, 03:28 AM por Dimitri St. George.)
El dolor de cabeza se convirtió en la última de mis preocupaciones, cuando un nuevo traspié me hizo perder el aliento. Había comenzado a descender de mi posición tras vislumbrar una posible ruta de fuga por parte del enemigo, pero antes de informar a mi compañera el vértigo me sobrecogió. Ni siquiera tuve tiempo de pensar o gritar. La gravilla se desprendió bajo mis botas, perdí el apoyo y mis dedos arañaron la roca sin éxito alguno.
Ese segundo en el que todo parece a punto de terminar para siempre, lo conocía bien. Mi mente no formuló palabra alguna, pero justo antes de que las yemas de mis dedos se resbalaran por completo, yo ya había visualizado con claridad todo lo que se avecinaba. Una ráfaga de imágenes. Ese fue el modo que tuvo mi mente de advertir lo que se avecinaba. Es curioso la lucidez que uno adquiere en momentos así, junto a un punto de rendición.
«Protégete la cabeza».
Deseché todo intento por evitar la caída, para optar por cubrir nunca y cabeza con los brazos y las manos. El peor momento no fue durante la caída. Ahí, la adrenalina todavía cumplía su función de anestesiar todo el dolor que después se convertiría en una tortura agónica. No. Lo peor siempre viene después, cuando todo pasa. Ni siquiera puedo decir cuál fue el punto exacto en el que todo se estuvo. No lo recuerdo. Todo lo que sé es que perdí por completo el aire, que los pulmones volvieron a fallarme y me hallé de nuevo con los ojos anegados en lágrimas por la imposibilidad de respirar. El cuerpo me pesaba demasiado para intentar moverme. Estaba aturdido. La lucha por recuperar el oxígeno fue tal, que ni siquiera se comparaba a las náuseas o al ardor que aquejaba mi cuerpo magullado.
A día de hoy, cuando pienso en ese momento, me abruma la rabia y la impotencia por un accidente tan estúpido. Efecto, supongo, de llevar continuamente el cuerpo al límite cuando, a todas luces, resultaba evidente que debería haber solicitado un permiso médico para ausentarme. Para cuando pude recomponerme, me hallé a mí mismo con la diestra aferrada con fuerza al pecho de la camisa. Seguía encogido sobre mí mismo en el suelo. Tosí. Nunca antes había agradecido tanto la tos ni el sonido sibilino que emitía mi garganta cuando por fin el oxígeno comenzaba a pasar por ella. Y con él llegaron los primeros hilos de pensamiento: la misión, las palmeras, los piratas. La misión, las palmeras, los piratas. Las palmeras. Los piratas. Choi.
Traté de enfocar la vista para buscarla, aunque una parte de mí temía la reacción que pudiera encontrar y ardía de vergüenza. La otra, no obstante, estaba demasiado ocupada regulando la respiración.
—Las… palmeras… —jadeé, con la voz raspada por la tráquea inflamada y las náuseas—. Hay… un rastro…
Si hubiera tenido fuerzas para incorporarme, ya me habría sacudido la mugre del uniforme. En su lugar, el cansancio tiraba de mí con la fuerza suficiente para que mantener los ojos abiertos ya fuera todo un logro.
Ese segundo en el que todo parece a punto de terminar para siempre, lo conocía bien. Mi mente no formuló palabra alguna, pero justo antes de que las yemas de mis dedos se resbalaran por completo, yo ya había visualizado con claridad todo lo que se avecinaba. Una ráfaga de imágenes. Ese fue el modo que tuvo mi mente de advertir lo que se avecinaba. Es curioso la lucidez que uno adquiere en momentos así, junto a un punto de rendición.
«Protégete la cabeza».
Deseché todo intento por evitar la caída, para optar por cubrir nunca y cabeza con los brazos y las manos. El peor momento no fue durante la caída. Ahí, la adrenalina todavía cumplía su función de anestesiar todo el dolor que después se convertiría en una tortura agónica. No. Lo peor siempre viene después, cuando todo pasa. Ni siquiera puedo decir cuál fue el punto exacto en el que todo se estuvo. No lo recuerdo. Todo lo que sé es que perdí por completo el aire, que los pulmones volvieron a fallarme y me hallé de nuevo con los ojos anegados en lágrimas por la imposibilidad de respirar. El cuerpo me pesaba demasiado para intentar moverme. Estaba aturdido. La lucha por recuperar el oxígeno fue tal, que ni siquiera se comparaba a las náuseas o al ardor que aquejaba mi cuerpo magullado.
A día de hoy, cuando pienso en ese momento, me abruma la rabia y la impotencia por un accidente tan estúpido. Efecto, supongo, de llevar continuamente el cuerpo al límite cuando, a todas luces, resultaba evidente que debería haber solicitado un permiso médico para ausentarme. Para cuando pude recomponerme, me hallé a mí mismo con la diestra aferrada con fuerza al pecho de la camisa. Seguía encogido sobre mí mismo en el suelo. Tosí. Nunca antes había agradecido tanto la tos ni el sonido sibilino que emitía mi garganta cuando por fin el oxígeno comenzaba a pasar por ella. Y con él llegaron los primeros hilos de pensamiento: la misión, las palmeras, los piratas. La misión, las palmeras, los piratas. Las palmeras. Los piratas. Choi.
Traté de enfocar la vista para buscarla, aunque una parte de mí temía la reacción que pudiera encontrar y ardía de vergüenza. La otra, no obstante, estaba demasiado ocupada regulando la respiración.
—Las… palmeras… —jadeé, con la voz raspada por la tráquea inflamada y las náuseas—. Hay… un rastro…
Si hubiera tenido fuerzas para incorporarme, ya me habría sacudido la mugre del uniforme. En su lugar, el cansancio tiraba de mí con la fuerza suficiente para que mantener los ojos abiertos ya fuera todo un logro.
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