22-02-2026, 03:18 AM
A veces, Bai creía comprender lo que los otros decían; otras, en cambio, la comprensión se desvanecía antes siquiera de llegarse a formar. Y es que, su lenguaje, nacía de una mezcla extraña de idiomas, una amalgama única, propia de criaturas tan irrepetibles como las que formaban a su estirpe. Por ello mismo, profundamente solitaria. No obstante, no resultaba extraño que ciertos sonidos resonaran con familiaridad en la lengua común de los mares pues, al fin y al cabo, su lengua también había tomado palabras de ese idioma.
Quizá por esa misma ilusión —mínima e incierta— es que el calor del deseo había empezado a insinuarse en su interior deslizándose por sus entrañas. O quizás, al Lana permitirle dejarse llevar por sus instintos más primitivos y territoriales, es que el calor descendía con una lentitud que sofocaba, reptando por regiones que Bai jamás había concebido vulnerables a ese tipo de fuego.
—Lana... —Durante un instante creyó entender a la otra o, más peligrosamente, creyó entender que aquello que hacía le era permitido —. Yo... quisiera también tocarte —comentó —Pero no me atrevo porque no te acabo de entender.
Su corazón estaba desbocado y empezando a imponer su propio idioma y normas.
Cada latido cerraba un poco más sus oídos a las palabras ajenas, perforando el hilo del pensamiento hasta sustituirlo por una conciencia puramente física. El pecho, en cambio, agitado por una lujuria que no terminaba de reconocerse como tal, adoptó un ritmo nuevo y más profundo, más lento pero también más pesado; la respiración por otro lado se expandía contra la pechera metálica, y la presión de ese límite material transformaba la sensación en una forma sutil de asfixia, íntima y extrañamente placentera.
Bai se movió al oírla hablar de nuevo. Inclinó la cabeza con un gesto instintivo, animal, semejante al de un perro que intenta descifrar el tono de su amo más que sus palabras y, aunque el cambio fue mínimo, fue suficiente para que su centro de gravedad se desplazara; la rodilla cedió unos centímetros y la hierba tembló bajo su peso. Su mirada descendió entonces, breve y cautelosa. No deseaba hacerle daño. No deseaba romper el equilibrio frágil que las sostenía. Pero, durante un instante, su atención fue únicamente la distancia entre ambos cuerpos.
Así, cuando volvió a alzar la vista, el carmesí natural había conquistado la piel de Lana.
—No creo que pueda contenerme...
Al ver cómo Lana se mordía sobre su propio labio, Bai se estremeció en un intento por contener el impulso que la incitaba a ir más allá.
Y, aun así, no fue eso lo que la desarmó. Fue el beso y el contacto. La yema de los dedos de Lana descendiendo por su piel, sintiéndose helada contra su calidez y regalándole una sensación de una invasión exquisita. Una sensación similar a una estela de frío que recorría su muñeca erizando la piel a su paso y tensando la carne en una respuesta involuntaria.
—¿Qué es lo que?
Bai la observó por un momento sin saber muy bien que hacer; su cuerpo se inclinó hacia adelante cuando ella retrocedió, dejándose vencer por los suaves tirones de la muchacha. Luego, cuando ella se sentó, inclinose un poco más salvo que, esta vez, sobre el diminuto cuerpo de Lana.
Desde su posición privilegiada, Bai sabía que podría someter a la muchacha sin dificultad. Sin embargo, la conciencia de esa ventaja no iba dirigida hacia la violencia sino hacia una tensión silenciosa que le recorría la boca hasta volverla húmeda.
Estaba salivando como un perro.
Lana parecía pequeña desde allí, vulnerable, tentadora y la invita a abalanzarse. Pero Bai no era así. No del todo.
Así que reprimiendo sus instintos más primarios, colocó una mano sobre la hierba, exactamente en el lugar que la joven había palmeado, como si aceptara esa muda señal. Mientras tanto, la otra descendió con cautela y, más que empujar, guió a la muchacha hacia la frescura del suelo verde.
–No me odies –masculló lamiéndose los labios para que Lana no se percatara de que tenía fauces por boca en aquel momento.
Entonces, la hierba cedió bajo sus cuerpos, liberando ese aroma verde y húmedo que parecía intensificar las sensaciones.
Cuando ya estuvo encima de ella, su rostro se acerco a su oído para susurrar primero su propio nombre y después el de la otra. Bajó la mano con la que la había empujado y tomó la de la muchachapara llevarla hasta su reluciente pechera y que ella se la quitara.
—Por favor... —suplicó entre susurros para luego acercarse a su cuello.
Quizá por esa misma ilusión —mínima e incierta— es que el calor del deseo había empezado a insinuarse en su interior deslizándose por sus entrañas. O quizás, al Lana permitirle dejarse llevar por sus instintos más primitivos y territoriales, es que el calor descendía con una lentitud que sofocaba, reptando por regiones que Bai jamás había concebido vulnerables a ese tipo de fuego.
—Lana... —Durante un instante creyó entender a la otra o, más peligrosamente, creyó entender que aquello que hacía le era permitido —. Yo... quisiera también tocarte —comentó —Pero no me atrevo porque no te acabo de entender.
Su corazón estaba desbocado y empezando a imponer su propio idioma y normas.
Cada latido cerraba un poco más sus oídos a las palabras ajenas, perforando el hilo del pensamiento hasta sustituirlo por una conciencia puramente física. El pecho, en cambio, agitado por una lujuria que no terminaba de reconocerse como tal, adoptó un ritmo nuevo y más profundo, más lento pero también más pesado; la respiración por otro lado se expandía contra la pechera metálica, y la presión de ese límite material transformaba la sensación en una forma sutil de asfixia, íntima y extrañamente placentera.
Bai se movió al oírla hablar de nuevo. Inclinó la cabeza con un gesto instintivo, animal, semejante al de un perro que intenta descifrar el tono de su amo más que sus palabras y, aunque el cambio fue mínimo, fue suficiente para que su centro de gravedad se desplazara; la rodilla cedió unos centímetros y la hierba tembló bajo su peso. Su mirada descendió entonces, breve y cautelosa. No deseaba hacerle daño. No deseaba romper el equilibrio frágil que las sostenía. Pero, durante un instante, su atención fue únicamente la distancia entre ambos cuerpos.
Así, cuando volvió a alzar la vista, el carmesí natural había conquistado la piel de Lana.
—No creo que pueda contenerme...
Al ver cómo Lana se mordía sobre su propio labio, Bai se estremeció en un intento por contener el impulso que la incitaba a ir más allá.
Y, aun así, no fue eso lo que la desarmó. Fue el beso y el contacto. La yema de los dedos de Lana descendiendo por su piel, sintiéndose helada contra su calidez y regalándole una sensación de una invasión exquisita. Una sensación similar a una estela de frío que recorría su muñeca erizando la piel a su paso y tensando la carne en una respuesta involuntaria.
—¿Qué es lo que?
Bai la observó por un momento sin saber muy bien que hacer; su cuerpo se inclinó hacia adelante cuando ella retrocedió, dejándose vencer por los suaves tirones de la muchacha. Luego, cuando ella se sentó, inclinose un poco más salvo que, esta vez, sobre el diminuto cuerpo de Lana.
Desde su posición privilegiada, Bai sabía que podría someter a la muchacha sin dificultad. Sin embargo, la conciencia de esa ventaja no iba dirigida hacia la violencia sino hacia una tensión silenciosa que le recorría la boca hasta volverla húmeda.
Estaba salivando como un perro.
Lana parecía pequeña desde allí, vulnerable, tentadora y la invita a abalanzarse. Pero Bai no era así. No del todo.
Así que reprimiendo sus instintos más primarios, colocó una mano sobre la hierba, exactamente en el lugar que la joven había palmeado, como si aceptara esa muda señal. Mientras tanto, la otra descendió con cautela y, más que empujar, guió a la muchacha hacia la frescura del suelo verde.
–No me odies –masculló lamiéndose los labios para que Lana no se percatara de que tenía fauces por boca en aquel momento.
Entonces, la hierba cedió bajo sus cuerpos, liberando ese aroma verde y húmedo que parecía intensificar las sensaciones.
Cuando ya estuvo encima de ella, su rostro se acerco a su oído para susurrar primero su propio nombre y después el de la otra. Bajó la mano con la que la había empujado y tomó la de la muchachapara llevarla hasta su reluciente pechera y que ella se la quitara.
—Por favor... —suplicó entre susurros para luego acercarse a su cuello.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
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Nv.23 — Silogista
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