22-02-2026, 03:20 PM
(Última modificación: 22-02-2026, 08:29 PM por Maria Merlot.
Razón: Dispense usted xD
)
Narrador / María Merlot
……………………………
Una decisión…
El sabor de la cena…
Oni enojada…
¡Qué difícil!
MUSIQUITA
……………………………
Una decisión…
El sabor de la cena…
Oni enojada…
¡Qué difícil!
María observaba la lista de la compra con atención, ella no sabia que era “Ajinomoto”, pero con el encerrado en un circulo y tres signos de exclamación asumió la importancia que Odeth quiso resaltar en el ingrediente. La hermosa Oni no se enojaba fácilmente, siempre estaba tranquila, sus gestos elegantes y sin prisas, la celeste no quería ser la causante de que su roomie de varios metros no tuviera lo que quisiera… y más aún, no quería que sus nakamas pasaran hambre o tuvieran una mala comida, así que debía encontrar ese condimento, especia o lo que fuera, así tuviera que recorrer cada centímetro de Whisky Peak.
Doblo cuidadosamente la lista, y la guardo entre su ropa, justo a la altura de su pecho izquierdo. Dio un paso lateral y quedo frente a más frascos con polvos coloridos, leyó con atención cada uno de ellos. ¿Y si mezclaba varios conseguiría Ajinomoto? Ella no era cocinera, no lo sabía pero era buena en comerciar, por eso la responsabilidad de las compras siempre recaía en sus manos, la única cualidad útil para la tripulación de Ashveil. No sabía dónde estaba él, luego del foso, el capitán había estado “silencioso”. María esperaba que regresará pronto, para seguir con la aventura libertadora que prometió. Aun no sabía por qué él la llevo a los Manos Muertas, pero le gustaba pensar que vio algo especial en ella… algo que ni ella veía, algo más que una simple cara bonita y exótica por genética mestiza.
Ese día la joven iba vestida muy colorida, consistía en un conjunto de falda y top, con terminados en encaje que parecía una obra abstracta: muchos colores, nada de formas. Los grillos en su cabeza eran así, inentendible. Los zapatos blancos aportaban la única sobriedad del atuendo. El largo (mitad de su pantorrilla), ondulado y celeste cabello danzaba a su alrededor como una cascada cristalina mientras que el top dejaba al descubierto sus hombros y nacimiento de sus pechos, lo primero revelaba las preciosas escamas azules tornasol de su herencia sirena.
— Si ustedes dos tienen una cita, luego se casan, van de luna de miel, disfrutan de la convivencia en pareja, se pierden en el deseo una noche cualquiera, quedan embarazados y nueve meses después nace un bebe… ¿Sería Ajinomoto? — pregunto con una sonrisa a dos nuevos frascos entre sus manos agitándolos para ver si tenían algún efecto que los hiciera cambiar de color o que los convirtiera en umami, sea lo que fuera eso.
Doblo cuidadosamente la lista, y la guardo entre su ropa, justo a la altura de su pecho izquierdo. Dio un paso lateral y quedo frente a más frascos con polvos coloridos, leyó con atención cada uno de ellos. ¿Y si mezclaba varios conseguiría Ajinomoto? Ella no era cocinera, no lo sabía pero era buena en comerciar, por eso la responsabilidad de las compras siempre recaía en sus manos, la única cualidad útil para la tripulación de Ashveil. No sabía dónde estaba él, luego del foso, el capitán había estado “silencioso”. María esperaba que regresará pronto, para seguir con la aventura libertadora que prometió. Aun no sabía por qué él la llevo a los Manos Muertas, pero le gustaba pensar que vio algo especial en ella… algo que ni ella veía, algo más que una simple cara bonita y exótica por genética mestiza.
Ese día la joven iba vestida muy colorida, consistía en un conjunto de falda y top, con terminados en encaje que parecía una obra abstracta: muchos colores, nada de formas. Los grillos en su cabeza eran así, inentendible. Los zapatos blancos aportaban la única sobriedad del atuendo. El largo (mitad de su pantorrilla), ondulado y celeste cabello danzaba a su alrededor como una cascada cristalina mientras que el top dejaba al descubierto sus hombros y nacimiento de sus pechos, lo primero revelaba las preciosas escamas azules tornasol de su herencia sirena.
— Si ustedes dos tienen una cita, luego se casan, van de luna de miel, disfrutan de la convivencia en pareja, se pierden en el deseo una noche cualquiera, quedan embarazados y nueve meses después nace un bebe… ¿Sería Ajinomoto? — pregunto con una sonrisa a dos nuevos frascos entre sus manos agitándolos para ver si tenían algún efecto que los hiciera cambiar de color o que los convirtiera en umami, sea lo que fuera eso.
Tilin
El sonido fue escuchado por María, pero no le prestó atención, estaba demasiado ensimismada en la reproducción condimental que su cabeza trazaba a diestra y siniestra — ¿Alguno se percibe como un ajinomoto? ¡Tu Pimienta Speziato! Habla, habla, aunque sea en Pimentez, o Pequeñez, aunque sé hablar es Gigantez… ¿Dónde está la victima de la ausencia en el segundo anaquel del reino Condimentación? — sus labios se presionaron para evitar una sonrisa en su interrogatorio “especial” (o sea, de especias).
Buenos días, necesito…
Una voz desconocida barítona, profunda y resonante se dejó escuchar en la tiendita. De nuevo, la mestiza no presto atención, estaba muy concentrada en su cruzada y el pequeño gran obstáculo de no encontrar el ingrediente más importante de su lista. Dejando el frasco en el anaquel, llevo la mano a su cintura ideando alguna estrategia que le permitiera salir victoriosa, no conocía otra tienda y bien era sabida su mala orientación… pero confiando en su suerte, y siempre optimista, no podía rendirse. Levanto sus puños y sus ojos brillaron con determinación, pondría esa isla patas para arriba, pero conseguiría Ajinomoto…
Cardamomo.
Para qué esa persona necesitaba Caldo de Gnomo…
Canela.
Caen las Velas… bueno, y lo que fuera eso.
Pimenta Negra.
Y a aquella cosa oscura que le haya mentido, Uy.
Hierbas secas.
¿Las Siervas Huecas para qué?
Venden un molinillo.
¿Por qué quería llevarse mil anillos?
¡No!
Esperen...
¿Ahí vendían anillos?
Para qué esa persona necesitaba Caldo de Gnomo…
Canela.
Caen las Velas… bueno, y lo que fuera eso.
Pimenta Negra.
Y a aquella cosa oscura que le haya mentido, Uy.
Hierbas secas.
¿Las Siervas Huecas para qué?
Venden un molinillo.
¿Por qué quería llevarse mil anillos?
¡No!
Esperen...
¿Ahí vendían anillos?
María totalmente intrigada se giro para ver al causante de esa lista rarísima de cosas, se suponía era una tienda de condimentos ¿no? ¿Por qué parecía que iba a hacer brebajes mágicos, vender esclavos y regalar anillos? ¿Se habría equivocado de lugar? A ella no le parecía. Cuando su cabeza volteo, su cabello bailo con el leve movimiento. Todo estaba en su lugar: el hombre de mediana edad, el mostrador pulido de madera… y el peluche de manchas bordeadas de negro, con un impecable sentido de la moda que Hyakinthos hubiera admirado…
Espera…
Un…
Peluche…
Un…
Peluche…
Los orbes ámbar de María se abrieron como plato, y su boca formo una perfecta “O”. No era alto, no era bajo, no era peludo mullido pero tenía pelos, no parecía indefenso, parecía un depredador, aunque sus gustos de compras fueran cuestionables, todo eso quedo en segundo plano. Había visto antes a otros como él pero no exactamente como él: Helena, Paavo y Varo Ganchin. El tema de los anillos se perdió entre los grillos que revoloteaban por ese animal humanoide.
¡Tenía que acercarse!
¡Tenía que tocarlo!
¡Tenía que acariciar sus redondas orejitas!
¿Ronronearía?
¡Tenía que tocarlo!
¡Tenía que acariciar sus redondas orejitas!
¿Ronronearía?
La mestiza tomo su cesta, y se dirigió a la caja sin apartar su mirada del espécimen — ¡Tu! ¡Peluche! — lo llamo cuando estuvo apenas a medio metro, dejando la cesta sobre el aparador. Su rostro adornado con su traviesa y encantadora sonrisa, además del brillo curioso en sus orbes, hizo sonrojar de nuevo al hombre detrás del mostrador, algo que ella ignoro porque su mirada estaba sobre esos 1,76 metros de gatunez — Nunca lo he practicado, pero si ha servido con los gigantes, servirá contigo… — hablo con dulzura sin darle chance de reacción a ningún hombre… ¿qué había funcionado con los gigantes? Simple, su improvisación del idioma “Gigantez” ahora hablaría "Gatunez" — Miau mIau miAu miau Miau miua miau Miau mIau miAu miau Miau miua miau — su voz salió como un canto hipnótico bello y etéreo, como la sirena que era. Hizo énfasis en algunas M, I, U y A, como si realmente se estuviera comunicando con él.
¿Qué le estaba diciendo?
Hola, soy María. ¿Puedo tocar tus orejitas?
Hola, soy María. ¿Puedo tocar tus orejitas?
La chica, en su energía de vendaval extrovertido no se quedó quieta, lo rodeo detallando cada parte de su peluchezco cuerpo. Ella no veía lo bien formado que estaba, o que dentro de los cánones de masculinidad desprendía ese porte de macho alfa, lo que procesaba su cerebro era un lindo gatito con cara de estreñido… ¿normal en los gatos, no? — ¡Eres tan peludito que muerooooooooooooo! — exclamo llevándose una mano al pecho y la otra a la frente, como si realmente fuera a sufrir un desmayo.
De pronto su mirada traviesa cambio, y sus orbes se llenaron de determinación, como si hubiera recordado algo — Te ayudare, Gatito. No se para que quieras mil anillos, ni siervas huecas o caldo de gnomo. Tampoco porque la oscuridad te miente o las velas se caen, pero lo descubriremos, lo encontraremos… y ronronearemos Prrrrrrrr Prrrrrrrrrr Prrrrrrrrrr — le ronroneo llevando sus propias manos a la cabeza como si fueran orejitas y moviéndolas con cada sonido que salía de su boca. El tipo detrás del mostrador llevo su mano a la nariz, la cual empezó a sangrar, después de todo estaba viendo a una mujer, de exuberante belleza y buen cuerpo, imitar a una gatita.
— Rápido amable Señor, díganos donde encontrar todo eso que pidió MI amiguito gatito… y también ajinomoto — se volteo a mirarlo, la chica inclino la cabeza cuando vio sangre en su mano — ¿Está usted bien? — la travesura en su voz se esfumo, ver a alguien “enfermo” no era divertido así que se inclino hacia la barra perdiendo el interés momentáneamente en el gato, y sacando del bolsillo de su falda un pequeño pañuelo — ¿Necesita un médico? — su voz se tiño de preocupación genuina.
— No, estoy bien. Gracias Señorita — respondió tomando el pañuelo y colocándolo en su nariz. El sonrojo aumento, y posiblemente el sangrado, cuando la mirada marrón lasciva dejó de verla a la cara, recorrido su cuello y llego al nacimiento de sus pechos. ¡Qué mujer tan hermosa! Y esa piel que se veía como porcelana fina. El hombre levanto la mirada al Mink, si tan solo él no estuviera ahí. Parecía tonta, hubiera sido tan fácil…
— Uuuummmm — musito María, no paso desapercibida la mirada evaluativa del humano. Siempre le sucedía, así que no le dio importancia — Miau mIau miAu miau Miau miua miau Miau mIau miAu miau Miau miua — se irguió y volvió su atención al gato, contándole en su idioma que todo estaba bien, que no se preocupara, y restándole importancia con la diestra.
— Hay un mercado ambulante de barcos de las islas más pequeñas que circundan esta, en el lado noreste, en el muelle gris. Ahí venden de todo lo que quieran para reponer sus despensas — explico el hombre mientras limpiaba su nariz, el pañuelo olía a mar… tan delicioso como la chica misma — … si quieres puedo llevarte, seguro nuestro amigo mink tiene otras cosas que hacer… — su voz aunque amable, iba teñida de algo más, algo que los humanos tenían muy arraigado en si mismos, una nota de desprecio hacia otras especies pero también, un leve deseo insano por estar a solas con la hermosa, y aparentemente, ingenua, chica…
— ¡Oh! — la respuesta de María fue de decepción, pensar que el peluche se iría tan pronto la hizo dejar de brillar — ¿No iras al mercadillo por tus gnomos? — esta vez la pregunta salió sin usar el gatunez, la emoción de encontrarse con un peluche se fue a pique, hasta sus hombros decayeron… porque ella, aunque quisiera seguirlo por el resto de la tarde, también tenia un deber que cumplir con Odeth, además no podía desaprovechar la oportunidad de que el buen hombre detrás del mostrador la ayudara a llegar al sitio en cuestión, porque ella no sabia orientarse.
A todo esto, la chica, en su locura, no se dio cuenta que él nunca hablo en “gatunez”, siempre lo hizo en perfecto español. Claro, en su mente se comunicaban en gatunez.
De pronto su mirada traviesa cambio, y sus orbes se llenaron de determinación, como si hubiera recordado algo — Te ayudare, Gatito. No se para que quieras mil anillos, ni siervas huecas o caldo de gnomo. Tampoco porque la oscuridad te miente o las velas se caen, pero lo descubriremos, lo encontraremos… y ronronearemos Prrrrrrrr Prrrrrrrrrr Prrrrrrrrrr — le ronroneo llevando sus propias manos a la cabeza como si fueran orejitas y moviéndolas con cada sonido que salía de su boca. El tipo detrás del mostrador llevo su mano a la nariz, la cual empezó a sangrar, después de todo estaba viendo a una mujer, de exuberante belleza y buen cuerpo, imitar a una gatita.
— Rápido amable Señor, díganos donde encontrar todo eso que pidió MI amiguito gatito… y también ajinomoto — se volteo a mirarlo, la chica inclino la cabeza cuando vio sangre en su mano — ¿Está usted bien? — la travesura en su voz se esfumo, ver a alguien “enfermo” no era divertido así que se inclino hacia la barra perdiendo el interés momentáneamente en el gato, y sacando del bolsillo de su falda un pequeño pañuelo — ¿Necesita un médico? — su voz se tiño de preocupación genuina.
— No, estoy bien. Gracias Señorita — respondió tomando el pañuelo y colocándolo en su nariz. El sonrojo aumento, y posiblemente el sangrado, cuando la mirada marrón lasciva dejó de verla a la cara, recorrido su cuello y llego al nacimiento de sus pechos. ¡Qué mujer tan hermosa! Y esa piel que se veía como porcelana fina. El hombre levanto la mirada al Mink, si tan solo él no estuviera ahí. Parecía tonta, hubiera sido tan fácil…
— Uuuummmm — musito María, no paso desapercibida la mirada evaluativa del humano. Siempre le sucedía, así que no le dio importancia — Miau mIau miAu miau Miau miua miau Miau mIau miAu miau Miau miua — se irguió y volvió su atención al gato, contándole en su idioma que todo estaba bien, que no se preocupara, y restándole importancia con la diestra.
— Hay un mercado ambulante de barcos de las islas más pequeñas que circundan esta, en el lado noreste, en el muelle gris. Ahí venden de todo lo que quieran para reponer sus despensas — explico el hombre mientras limpiaba su nariz, el pañuelo olía a mar… tan delicioso como la chica misma — … si quieres puedo llevarte, seguro nuestro amigo mink tiene otras cosas que hacer… — su voz aunque amable, iba teñida de algo más, algo que los humanos tenían muy arraigado en si mismos, una nota de desprecio hacia otras especies pero también, un leve deseo insano por estar a solas con la hermosa, y aparentemente, ingenua, chica…
— ¡Oh! — la respuesta de María fue de decepción, pensar que el peluche se iría tan pronto la hizo dejar de brillar — ¿No iras al mercadillo por tus gnomos? — esta vez la pregunta salió sin usar el gatunez, la emoción de encontrarse con un peluche se fue a pique, hasta sus hombros decayeron… porque ella, aunque quisiera seguirlo por el resto de la tarde, también tenia un deber que cumplir con Odeth, además no podía desaprovechar la oportunidad de que el buen hombre detrás del mostrador la ayudara a llegar al sitio en cuestión, porque ella no sabia orientarse.
A todo esto, la chica, en su locura, no se dio cuenta que él nunca hablo en “gatunez”, siempre lo hizo en perfecto español. Claro, en su mente se comunicaban en gatunez.
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Karma Fanático: Hyakinthos.
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