22-02-2026, 03:45 PM
El amanecer del South Blues era siempre el mismo, por lo visto, no importaba en qué isla se encontrara ella. Recordaba amaneceres distintos de tiempos cuando era muy chica. En las alturas celestiales, el sol nacía tras una neblina eléctrica. No le era posible recordar mucho más, pero eso le era suficiente como para querer encontrar un lugar en el que los amaneceres fueran únicos, donde ella pudiera ser completamente libre. Allí en Kárate, el sol era una bola de fuego naranja y pesada que emergía del agua con una parsimonia casi insultante.
Yuuki, acurrucada en el camarote de la embarcación en la que se había metido como polisonte, abrió un ojo con la elegancia de una gata. Sus alas blancas, ligeramente desordenadas por el sueño, se agitaron buscando espacio en el reducido camarote. Lo primero que sintió no fue hambre, ni el miedo a ser perseguida por los tripulantes de la nave a quienes había estado evitando todo el viaje. Sintió fue un vacío.
Ese vacío solo tenía un remedio.
Se levantó con tranquilidad y en silencio, esperando que nadie la notara. En cuanto puso los pies sobre el suelo de la cubierta, casi de inmediato, sus dedos empezaron a tamborilear rítmicamente contra su propio muslo. Tap, tap-tap, tap.. Sin su dosis de té, se le caía toda la impresión de señorita educada.
—Té… —susurró sobándose la cara y como si fuera ese el único líquido que pudiera beber jamás—. Ahora, ¿Dónde fue que lo puse? Ah, cierto...
Sacó su maletín de palisandro. Dentro, protegidos por terciopelo, descansaban los tesoros que había logrado robar mientras viajaba de isla en isla: una tetera de porcelana que parecía fina y tres frascos de cerámica sellados con cera con diferentes colores. Eligió el frasco verde. Era un té raro, o eso le dijo el dueño de una tienda a quien quiso vender inicialmente aquél botín. Un té que a Yuuki le daba un sabor metálico y que tenía un efecto tranquilizante y adormecedor.
Preparar el té era para Yuuki una forma de oración. Midió el agua, que destiló tres veces, controló la temperatura con el dorso de la mano y vertió el líquido sobre las hojas. El aroma que subió fue embriagador; el olor era bastante único, en verdad, y a la birkaniana se le venía la impresión de estar flotando. Al dar el primer sorbo, el tamborileo de sus dedos cesó de golpe. Sus hombros se relajaron. El aire de princesa, esa fachada de perfección inalcanzable, volvió a su rostro.
—Ahora sí —dijo, mirando hacia la silueta de la Isla del Kárate en el horizonte—. Parece que el barco no partió anoche. Otro día más en Kárate. Bueno. Hoy nos vamos a divertir entonces... creo que me quedaré un poquito más.
La noche anterior, se había colado en el barco para irse. Pero parece que el barco nunca zarpó y seguí allí en esa misma isla. Pensaba ir a Baterilla pronto, pero los planes nunca salían como lo esperaban. A lo mejor sí era una buena idea ir con Ryota y los demás...
La Isla del Kárate era un monumento al esfuerzo físico y al sudor. Desde el muelle, se podía escuchar el eco de miles de manos golpeando madera y gritos de guerra que hacían vibrar el aire. Yuuki desembarcó con una gracia que contrastaba violentamente con el entorno. Llevaba una camiseta con bordes de encaje blanco con detalles dorados, un pantalón blanco sin decoración y unas botas de cuero hechas a la medida y con detalles estilizados para ella.
Caminaba a lo largo del muelle, como si fuera la dueña, pero a través de su mirada de princesa que no rompe un plato, escaneaba como si estuviera a la caza. Buscaba algo en específico que no había podido disfrutar mientras estaba en el barco; buscaba entretenimiento, específicamente, apuestas. Sin embargo, siempre había algún estúpido que lograba encontrar una forma de interrumpir sus pensamientos.
—¡Eh, tú! ¡La de las alitas! —Un hombre inmenso, con el torso desnudo y unas cuatro o cinco cicatrices que cruzaban su pecho a lo largo y ancho, bloqueó su camino. Parecía ser un tipo rudo en toda la regla, el típico musculoso abusivo que no parecía pensar mucho lo que decía—. Aquí los turistas deben pagarme un... impuesto... Dame diez mil berries ahora, o vas a limpiar los dojos con la lengua.
Yuuki se detuvo ante aquella demanda. Se cruzó de brazos y meció sus caderas con lentitud hacia un costado con un aire coqueto. Luego puso una cara de "yo no fui" que solo ella podía poner, inclso sonriendo como una niña pequeña, pese a su edad.
—Caballero. —dijo, parpadeando con sus largas pestañas—. Solo soy una pobre fugitiva sin hogar... Ciertamente... ¿Cómo podría una simple viajera como yo tener tal suma? ¿No podrías ignorarme simplemente y dejarme pasar así sin más? Por fa...
El hombre soltó una carcajada que desprendía un olor fétido a licor barato. —¿Frágil? Pareces una de esas estafadoras, seguro que ni pagaste por irte en ese barco. ¡Venga, paga o te saco los berries de donde sea que los tengas guardados!
El error del guardia fue acercar su mano al hombro de Yuuki. En el momento en que sus dedos rozaron el lino de la camisa, el aire de princesa se hizo añicos. La mirada de Yuuki se volvió gélida, sus pupilas se contrajeron.
—¿Me has tocado? —Su voz no era un grito, era un susurro afilado— ¿Me has tocado con esas olorosas manos llenas de mugre...?
Antes de que el guardia pudiera procesar el cambio de tono, Yuuki se movió. No fue especialmente fuerte, sino veloz. Veloz y nada más, pues no parecía lograr dominar el combate mano a mano aún. Con un movimiento tan fluido como pudo, golpeó tres veces en el brazo del hombre. El gigante soltó un alarido y su brazo quedó colgando, inútil, como un trozo de carne muerta.
—¡Mi brazo! ¡No lo siento! ¡Mamá, me duele mucho! —El guardia, un hombre que doblaba el peso de Yuuki, se desplomó en el suelo. Empezó a llorar de forma descontrolada, con grandes lagrimones corriendo por sus mejillas curtidas.
Yuuki, que ya se estaba preparando para darle una patada en la garganta, se detuvo. Sus ojos se abrieron de par en par. La furia desapareció, reemplazada por una fascinación casi morbosa. Se inclinó sobre el hombre que sollozaba patéticamente a sus pies.
—Vaya… —murmuró, su voz volviendo a ser coqueta pero con un tinte de excitación—. Qué espectáculo tan… enternecedor. Un hombre tan grande, tan rudo… y llorando como un niño llamando a su mamita. Eres absolutamente patético, ¿lo sabías? Pero me encanta...
Le acarició la mejilla húmeda con el dedo índice y, tras robarle la bolsa de dinero que colgaba de su cinturón a modo de "impuesto de molestia", siguió caminando con un contoneo de caderas que dejó a los testigos mudos.
Y se fue andando como si nada. Al final, tampoco era que el tipo aquél le agradara a los suyos. Y andando llegó a un sitio que parecía bastante concurrido, y vio lo que su espíritu jugador había soñado: el casino más famoso de la zona. Mientras preguntaba, supo que allí los hombres no apostaban a las cartas, sino a los resultados de los combates de kárate. Al entrar, el olor a tabaco y sudor la golpeó. Los dedos de su mano izquierda empezaron a tamborilear de nuevo. Esta vez sobre su antebrazo mientras se cubría la nariz con la mano derecha. Tap, tap-tap. Necesitaba la adrenalina de una apuesta arriesgada.
Se acercó a la mesa de apuestas que tenía más próxima y sonrió de oreja a oreja. Con una sola mirada a los competidores, ya sabía lo que iba a hacer. —Diez mil berries al luchador del rincón izquierdo —dijo Yuuki, poniendo sobre la mesa la bolsa del guardia. Iba a darle buen uso a los bienes recién adquiridos.
El crupier la miró con lástima. —Señorita, ese es "Kenji el Melancólico". Lleva diez derrotas consecutivas. El otro es "Toro Bravo", un asesino. ¿Está segura? Va a perder el dinero.
Yuuki miró a Kenji. Era un hombre joven, de aspecto desaliñado, que estaba sentado en su esquina con la cabeza entre las manos, murmurando algo sobre cómo extrañaba a su perro y lo mucho que le dolían los nudillos. Tenía los ojos hinchados de llorar antes de que empezara la pelea.
—Estoy segurísima —sonrió Yuuki, sintiendo el calor en su pecho incrementarse—. Es justo del tipo de perdedores que me gustan. Es irresistible. Ciertamente... además mira el premio que me llevo si gana...
El combate fue un desastre completo, Kenji no solo era malísimo peleando, no tenía ni idea. Pero era una maravilla para los ojos de Yuuki.
Kenji ganó por un accidente ridículo, se resbaló con el líquido de una bebida que alguien había arrojado al ring y mientras caía, lanzó un golpe que dejó fuera de combate a Toro Bravo. Yuuki no lo podía creer, pero salió del casino con las bolsas tan llenas de dinero que casi se ve en la necesidad de contratar a un mozo para que le ayudaran a cargar todo hasta el hotel más lujoso de la isla. Pero se las arregló sola al final.
Esa noche, instalada en una suite que costó casi toda la reocmpensa de las apuestas, Yuuki preparaba su segundo té del día. Este era del frasco de color azul. No podía faltarle. Estaba en el balcón, disfrutando del aroma relajante de su bebida, cuando escuchó un ruido debajo. Era Kenji, el luchador, quien se había colado en los jardines del hotel para llorar en soledad.
—¿Por qué la vida tiene que ser tan difícil? —se lamentaba Kenji, sorbiendo por la nariz mientras lloraba—. He ganado, pero ahora todos esperan que vuelva a pelear mañana. ¡Yo solo quiero estar en mi cama con mi mantita de lana!
Yuuki se asomó por la barandilla de mármol, mirando al luchador. —Baja de ahí, tonto —dijo con un tono mandón, y luego agregó antes de que pudiera decir nada más—. Ven aquí. Ahora.
Kenji, asustado y confundido, trepó torpemente por la enredadera hasta el balcón de Yuuki. Al llegar, se quedó paralizado ante la visión de la birkaniana bajo la luz de la luna. Ella parecía una deidad, pero sus ojos brillaban con una malicia muy humana.
—¿Te duele algo, Kenji? —preguntó ella, acercándosele peligrosamente.
—Me… me duele el alma, señorita —respondió él, rompiendo a llorar de nuevo—. Siento que soy un fraude. Solo gané porque me resbalé. Soy un inútil.
Yuuki sintió un escalofrío de placer. Se sentó en su diván y le hizo un gesto para que se arrodillara a sus pies.
—Dime, Kenji… ¿Por qué lloras exactamente? ¿lloras a menudo? ¿Lloras por todo?
—Sí… —sollozó él, ocultando el rostro en el el cuerpo de Yuuki—. A veces lloro porque las nubes me parecen demasiado tristes.
Yuuki empezó a tamborilear sus dedos sobre la cabeza de Kenji. Tap, tap-tap. El contraste entre su propia fuerza y la debilidad extrema de este hombre la embriagaba casi tanto como el té.
—Eres la criatura más lamentable que he conocido en mis largos años de vida —dijo ella, acariciándole el pelo con una mano mientras con la otra sostenía su taza de té—. Y por eso mismo, voy a hacerte mi protegido. Mañana volverás a pelear. Y volverás a ganar. Y si no lo haces… bueno, digamos que descubrirás que puedes llorar por razones mucho más tangibles que las tristes nubes.
—¡Es usted muy cruel! —gritó Kenji, con un hipo—. ¡Me da miedo!
—Ese es el espíritu. ¿Te dará más miedo tu oponente, o yo? —sonrió ella, dándole un sorbito a su té azul—. Ahora, cuéntame más sobre esa mantita de lana tuya mientras te preparo un té. Pero no te acostumbres; este té tan bueno es solo para mi. Para ti… ya veremos mañana qué pasa.
Kenji se quedó allí, hecho un ovillo a sus pies, balbuceando sus traumas infantiles mientras Yuuki lo observaba con una mezcla de desprecio y adoración.
Y mientras la luna se alzaba sobre la Isla del Kárate, la pelirrosa se permitió un momento de reflexión final. Al menos por una noche, había pasado de ser una fugitiva temerosa escondida en la cubierta de un barco al que se había colado, a ser rica, temida y con un "juguete" nuevo que lloraba ante el menor estímulo.
La libertad no era solo la ausencia de cadenas. Era la capacidad de imponer tus propios caprichos al mundo. O eso pensaba ella. Miró a Kenji, que se había quedado dormido en el suelo del balcón tras quedarse sin más lágrimas.
Soltó un suspiro. —Esta es la vida que me merezco. ¿Trabajar duro? JRAH JRAH JRAH —se rio abruptamente Yuuki antes de terminar su taza de té—. Mientras haya pichones a quiénes desplumar y mientras siga siendo bella, conseguiré lo que quiera y como yo lo quiera.
Se retiró a su cama, dejando que el aroma del té que se había tomado y el recuerdo del llanto de Kenji la arrullaran. Mañana el sol volvería a salir, y ella tendría que volver a buscarse algo más de dinero. Al final se había gastado bastante en esa enorme y lujosa suite.
Sus dedos, finalmente, se quedaron quietos sobre la almohada. El día había sido, por fin, lo suficientemente divertido. Y era apenas el primer día. La birkaniana no hacía sino hacer ahora planes para seguir divirtiéndose, y también para fortalecerse un poco. Al final, hacía falta.
Yuuki, acurrucada en el camarote de la embarcación en la que se había metido como polisonte, abrió un ojo con la elegancia de una gata. Sus alas blancas, ligeramente desordenadas por el sueño, se agitaron buscando espacio en el reducido camarote. Lo primero que sintió no fue hambre, ni el miedo a ser perseguida por los tripulantes de la nave a quienes había estado evitando todo el viaje. Sintió fue un vacío.
Ese vacío solo tenía un remedio.
Se levantó con tranquilidad y en silencio, esperando que nadie la notara. En cuanto puso los pies sobre el suelo de la cubierta, casi de inmediato, sus dedos empezaron a tamborilear rítmicamente contra su propio muslo. Tap, tap-tap, tap.. Sin su dosis de té, se le caía toda la impresión de señorita educada.
—Té… —susurró sobándose la cara y como si fuera ese el único líquido que pudiera beber jamás—. Ahora, ¿Dónde fue que lo puse? Ah, cierto...
Sacó su maletín de palisandro. Dentro, protegidos por terciopelo, descansaban los tesoros que había logrado robar mientras viajaba de isla en isla: una tetera de porcelana que parecía fina y tres frascos de cerámica sellados con cera con diferentes colores. Eligió el frasco verde. Era un té raro, o eso le dijo el dueño de una tienda a quien quiso vender inicialmente aquél botín. Un té que a Yuuki le daba un sabor metálico y que tenía un efecto tranquilizante y adormecedor.
Preparar el té era para Yuuki una forma de oración. Midió el agua, que destiló tres veces, controló la temperatura con el dorso de la mano y vertió el líquido sobre las hojas. El aroma que subió fue embriagador; el olor era bastante único, en verdad, y a la birkaniana se le venía la impresión de estar flotando. Al dar el primer sorbo, el tamborileo de sus dedos cesó de golpe. Sus hombros se relajaron. El aire de princesa, esa fachada de perfección inalcanzable, volvió a su rostro.
—Ahora sí —dijo, mirando hacia la silueta de la Isla del Kárate en el horizonte—. Parece que el barco no partió anoche. Otro día más en Kárate. Bueno. Hoy nos vamos a divertir entonces... creo que me quedaré un poquito más.
La noche anterior, se había colado en el barco para irse. Pero parece que el barco nunca zarpó y seguí allí en esa misma isla. Pensaba ir a Baterilla pronto, pero los planes nunca salían como lo esperaban. A lo mejor sí era una buena idea ir con Ryota y los demás...
La Isla del Kárate era un monumento al esfuerzo físico y al sudor. Desde el muelle, se podía escuchar el eco de miles de manos golpeando madera y gritos de guerra que hacían vibrar el aire. Yuuki desembarcó con una gracia que contrastaba violentamente con el entorno. Llevaba una camiseta con bordes de encaje blanco con detalles dorados, un pantalón blanco sin decoración y unas botas de cuero hechas a la medida y con detalles estilizados para ella.
Caminaba a lo largo del muelle, como si fuera la dueña, pero a través de su mirada de princesa que no rompe un plato, escaneaba como si estuviera a la caza. Buscaba algo en específico que no había podido disfrutar mientras estaba en el barco; buscaba entretenimiento, específicamente, apuestas. Sin embargo, siempre había algún estúpido que lograba encontrar una forma de interrumpir sus pensamientos.
—¡Eh, tú! ¡La de las alitas! —Un hombre inmenso, con el torso desnudo y unas cuatro o cinco cicatrices que cruzaban su pecho a lo largo y ancho, bloqueó su camino. Parecía ser un tipo rudo en toda la regla, el típico musculoso abusivo que no parecía pensar mucho lo que decía—. Aquí los turistas deben pagarme un... impuesto... Dame diez mil berries ahora, o vas a limpiar los dojos con la lengua.
Yuuki se detuvo ante aquella demanda. Se cruzó de brazos y meció sus caderas con lentitud hacia un costado con un aire coqueto. Luego puso una cara de "yo no fui" que solo ella podía poner, inclso sonriendo como una niña pequeña, pese a su edad.
—Caballero. —dijo, parpadeando con sus largas pestañas—. Solo soy una pobre fugitiva sin hogar... Ciertamente... ¿Cómo podría una simple viajera como yo tener tal suma? ¿No podrías ignorarme simplemente y dejarme pasar así sin más? Por fa...
El hombre soltó una carcajada que desprendía un olor fétido a licor barato. —¿Frágil? Pareces una de esas estafadoras, seguro que ni pagaste por irte en ese barco. ¡Venga, paga o te saco los berries de donde sea que los tengas guardados!
El error del guardia fue acercar su mano al hombro de Yuuki. En el momento en que sus dedos rozaron el lino de la camisa, el aire de princesa se hizo añicos. La mirada de Yuuki se volvió gélida, sus pupilas se contrajeron.
—¿Me has tocado? —Su voz no era un grito, era un susurro afilado— ¿Me has tocado con esas olorosas manos llenas de mugre...?
Antes de que el guardia pudiera procesar el cambio de tono, Yuuki se movió. No fue especialmente fuerte, sino veloz. Veloz y nada más, pues no parecía lograr dominar el combate mano a mano aún. Con un movimiento tan fluido como pudo, golpeó tres veces en el brazo del hombre. El gigante soltó un alarido y su brazo quedó colgando, inútil, como un trozo de carne muerta.
—¡Mi brazo! ¡No lo siento! ¡Mamá, me duele mucho! —El guardia, un hombre que doblaba el peso de Yuuki, se desplomó en el suelo. Empezó a llorar de forma descontrolada, con grandes lagrimones corriendo por sus mejillas curtidas.
Yuuki, que ya se estaba preparando para darle una patada en la garganta, se detuvo. Sus ojos se abrieron de par en par. La furia desapareció, reemplazada por una fascinación casi morbosa. Se inclinó sobre el hombre que sollozaba patéticamente a sus pies.
—Vaya… —murmuró, su voz volviendo a ser coqueta pero con un tinte de excitación—. Qué espectáculo tan… enternecedor. Un hombre tan grande, tan rudo… y llorando como un niño llamando a su mamita. Eres absolutamente patético, ¿lo sabías? Pero me encanta...
Le acarició la mejilla húmeda con el dedo índice y, tras robarle la bolsa de dinero que colgaba de su cinturón a modo de "impuesto de molestia", siguió caminando con un contoneo de caderas que dejó a los testigos mudos.
Y se fue andando como si nada. Al final, tampoco era que el tipo aquél le agradara a los suyos. Y andando llegó a un sitio que parecía bastante concurrido, y vio lo que su espíritu jugador había soñado: el casino más famoso de la zona. Mientras preguntaba, supo que allí los hombres no apostaban a las cartas, sino a los resultados de los combates de kárate. Al entrar, el olor a tabaco y sudor la golpeó. Los dedos de su mano izquierda empezaron a tamborilear de nuevo. Esta vez sobre su antebrazo mientras se cubría la nariz con la mano derecha. Tap, tap-tap. Necesitaba la adrenalina de una apuesta arriesgada.
Se acercó a la mesa de apuestas que tenía más próxima y sonrió de oreja a oreja. Con una sola mirada a los competidores, ya sabía lo que iba a hacer. —Diez mil berries al luchador del rincón izquierdo —dijo Yuuki, poniendo sobre la mesa la bolsa del guardia. Iba a darle buen uso a los bienes recién adquiridos.
El crupier la miró con lástima. —Señorita, ese es "Kenji el Melancólico". Lleva diez derrotas consecutivas. El otro es "Toro Bravo", un asesino. ¿Está segura? Va a perder el dinero.
Yuuki miró a Kenji. Era un hombre joven, de aspecto desaliñado, que estaba sentado en su esquina con la cabeza entre las manos, murmurando algo sobre cómo extrañaba a su perro y lo mucho que le dolían los nudillos. Tenía los ojos hinchados de llorar antes de que empezara la pelea.
—Estoy segurísima —sonrió Yuuki, sintiendo el calor en su pecho incrementarse—. Es justo del tipo de perdedores que me gustan. Es irresistible. Ciertamente... además mira el premio que me llevo si gana...
El combate fue un desastre completo, Kenji no solo era malísimo peleando, no tenía ni idea. Pero era una maravilla para los ojos de Yuuki.
Kenji ganó por un accidente ridículo, se resbaló con el líquido de una bebida que alguien había arrojado al ring y mientras caía, lanzó un golpe que dejó fuera de combate a Toro Bravo. Yuuki no lo podía creer, pero salió del casino con las bolsas tan llenas de dinero que casi se ve en la necesidad de contratar a un mozo para que le ayudaran a cargar todo hasta el hotel más lujoso de la isla. Pero se las arregló sola al final.
Esa noche, instalada en una suite que costó casi toda la reocmpensa de las apuestas, Yuuki preparaba su segundo té del día. Este era del frasco de color azul. No podía faltarle. Estaba en el balcón, disfrutando del aroma relajante de su bebida, cuando escuchó un ruido debajo. Era Kenji, el luchador, quien se había colado en los jardines del hotel para llorar en soledad.
—¿Por qué la vida tiene que ser tan difícil? —se lamentaba Kenji, sorbiendo por la nariz mientras lloraba—. He ganado, pero ahora todos esperan que vuelva a pelear mañana. ¡Yo solo quiero estar en mi cama con mi mantita de lana!
Yuuki se asomó por la barandilla de mármol, mirando al luchador. —Baja de ahí, tonto —dijo con un tono mandón, y luego agregó antes de que pudiera decir nada más—. Ven aquí. Ahora.
Kenji, asustado y confundido, trepó torpemente por la enredadera hasta el balcón de Yuuki. Al llegar, se quedó paralizado ante la visión de la birkaniana bajo la luz de la luna. Ella parecía una deidad, pero sus ojos brillaban con una malicia muy humana.
—¿Te duele algo, Kenji? —preguntó ella, acercándosele peligrosamente.
—Me… me duele el alma, señorita —respondió él, rompiendo a llorar de nuevo—. Siento que soy un fraude. Solo gané porque me resbalé. Soy un inútil.
Yuuki sintió un escalofrío de placer. Se sentó en su diván y le hizo un gesto para que se arrodillara a sus pies.
—Dime, Kenji… ¿Por qué lloras exactamente? ¿lloras a menudo? ¿Lloras por todo?
—Sí… —sollozó él, ocultando el rostro en el el cuerpo de Yuuki—. A veces lloro porque las nubes me parecen demasiado tristes.
Yuuki empezó a tamborilear sus dedos sobre la cabeza de Kenji. Tap, tap-tap. El contraste entre su propia fuerza y la debilidad extrema de este hombre la embriagaba casi tanto como el té.
—Eres la criatura más lamentable que he conocido en mis largos años de vida —dijo ella, acariciándole el pelo con una mano mientras con la otra sostenía su taza de té—. Y por eso mismo, voy a hacerte mi protegido. Mañana volverás a pelear. Y volverás a ganar. Y si no lo haces… bueno, digamos que descubrirás que puedes llorar por razones mucho más tangibles que las tristes nubes.
—¡Es usted muy cruel! —gritó Kenji, con un hipo—. ¡Me da miedo!
—Ese es el espíritu. ¿Te dará más miedo tu oponente, o yo? —sonrió ella, dándole un sorbito a su té azul—. Ahora, cuéntame más sobre esa mantita de lana tuya mientras te preparo un té. Pero no te acostumbres; este té tan bueno es solo para mi. Para ti… ya veremos mañana qué pasa.
Kenji se quedó allí, hecho un ovillo a sus pies, balbuceando sus traumas infantiles mientras Yuuki lo observaba con una mezcla de desprecio y adoración.
Y mientras la luna se alzaba sobre la Isla del Kárate, la pelirrosa se permitió un momento de reflexión final. Al menos por una noche, había pasado de ser una fugitiva temerosa escondida en la cubierta de un barco al que se había colado, a ser rica, temida y con un "juguete" nuevo que lloraba ante el menor estímulo.
La libertad no era solo la ausencia de cadenas. Era la capacidad de imponer tus propios caprichos al mundo. O eso pensaba ella. Miró a Kenji, que se había quedado dormido en el suelo del balcón tras quedarse sin más lágrimas.
Soltó un suspiro. —Esta es la vida que me merezco. ¿Trabajar duro? JRAH JRAH JRAH —se rio abruptamente Yuuki antes de terminar su taza de té—. Mientras haya pichones a quiénes desplumar y mientras siga siendo bella, conseguiré lo que quiera y como yo lo quiera.
Se retiró a su cama, dejando que el aroma del té que se había tomado y el recuerdo del llanto de Kenji la arrullaran. Mañana el sol volvería a salir, y ella tendría que volver a buscarse algo más de dinero. Al final se había gastado bastante en esa enorme y lujosa suite.
Sus dedos, finalmente, se quedaron quietos sobre la almohada. El día había sido, por fin, lo suficientemente divertido. Y era apenas el primer día. La birkaniana no hacía sino hacer ahora planes para seguir divirtiéndose, y también para fortalecerse un poco. Al final, hacía falta.

![[Imagen: o32YH2T.png]](https://i.imgur.com/o32YH2T.png)