22-02-2026, 11:55 PM
El eco del machete hundiéndose en las aguas turbias del río Samba fue el punto final al diálogo de acero que Alek había mantenido con los locales. La barcaza, ahora poco más que un amasijo de tablas astilladas y recuerdos de una fiesta que terminó en tragedia, continuó su deriva silenciosa alejándose del resplandor de las hogueras. El Capataz había desaparecido entre la frondosidad de la selva como una rata que conoce bien sus túneles, dejando tras de sí el rastro de su propia cobardía y una amenaza que Alek guardó en su memoria como un compromiso de sangre para el futuro.
Alek descendió con la parsimonia de un depredador que ya no tiene prisa. Sus pies tocaron la madera ensangrentada, moviéndose entre los cinco cadáveres que yacían como fardos de caña olvidados. Con la frialdad de quien ha visto el infierno y ha regresado para contarlo, hincó la rodilla. Sus dedos, aún calientes por la adrenalina, rebuscaron entre las ropas raídas y los cinturones de los estibadores.
Con un movimiento fluido, Alek desplegó sus alas azabaches. Proyectando una luz espectral sobre los marines antes de que el pirata se impulsara hacia el cielo nocturno. El batir de sus alas fue un golpe seco contra el aire húmedo de Samba. En cuestión de segundos, la figura del Lunarian se convirtió en una mancha negra contra las estrellas, perdiéndose en la inmensidad de la Selva Anozama.
El estruendo de los tambores, que hasta hace unos momentos dictaba el pulso cardíaco de Samba, se extinguió de golpe, sustituido por el silbido metálico de los silbatos de la Marina y el estallido seco de disparos al aire. Lo que era un trance de danza y fuego se transformó en una estampida de pánico. Los mantos blancos y azules de los soldados se desplegaron con una disciplina gélida, barriendo los puestos de comida y derribando las hogueras a patadas. Las chispas, que antes bailaban hacia el cielo, ahora se arrastraban por el barro, extinguiéndose bajo las botas reglamentarias de los oficiales que gritaban órdenes de arresto contra cualquiera que opusiera resistencia.
El Bar en el Río y las zonas bajas, antes vibrantes de vida y alcohol, quedaron sumergidos en un silencio sepulcral, solo roto por el llanto de los detenidos y el entrechocar de las esposas de madera. El olor a melaza fermentada fue asfixiado por el hedor acre del azufre y la pólvora. Mientras los marines establecían un perímetro rígido, confiscando barriles y despejando los muelles, la "Justicia" del Gobierno Mundial se asentaba sobre el Reino de Samba como una pesada losa de mármol. La libertad de la noche había terminado; ahora, bajo la luz fría de las linternas de los barcos de guerra, la isla empezaba a entender que el precio de su desmadre sería una vigilancia que no olvidaría fácilmente la sombra que acababa de cruzar sus cielos.
La caja de Pandora
