23-02-2026, 02:28 AM
Después del puñetazo, su enemigo cayó entre espasmos de dolor y sufriendo chuchos de frío a causa de una fiebre incipiente. El contacto prolongado con su veneno tenía ese tipo de efectos. Enji lo observó desde arriba, erguido y con la respiración acelerada por el esfuerzo. Estaba tenso, preparado para reaccionar a la primera señal de movimiento agresivo. Esperaba la jugada rastrera, el golpe furtivo, la trampa. Ese contraataque sorpresivo, sin embargo, nunca ocurrió. Tamiel había caído y no mostraba intención alguna de volver a levantarse. En otras palabras, el combate había terminado por rendición.
—¿Qué pasó, novato? —masculló Enji, en un acto de redención personal y evidencia innegable de su personalidad vengativa—. ¿Se te cayó una moneda?
El veneno corría por sus brazos, caía al suelo y formaba sendos charcos morados y humeantes a su izquierda y a su derecha. La vegetación moría a sus pies por culpa de la tóxica sustancia, pastos verdes convertidos en cintas amarillas, deshilachadas y podridas. Una alfombra apropiada, pensó Enji. Un buen marco para su retrato.
Se dejó caer encima de Tamiel y tomó asiento en su espalda para contenerlo. Lo sujetó y forzó a cruzar ambos brazos a la altura de los músculos lumbares, ejerciendo presión con su rodilla. Una vez lo tuvo inmovilizado, y tras dar un breve vistazo al derredor, recogió la carta. La supuesta directiva original para la misión. Leerla dió un poco más de contexto a la trampa que les habían tendido y arrojó un poco de luz en la conspiración. Lo que, de todas formas, no terminaba de poner todas las cosas claras. ¿Una división de cuatro personas podía llegar a ejecutar un plan así? Enji no se fiaba. Tenía que haber alguien más metido en el ajo.
Por el momento, esos cuatro y el mono seguían siendo todo lo que tenían para explicar lo allí ocurrido y estaba seguro de que asumirían la culpa, lo que dejaba a un posible sexto participante fuera de juego.
—Callate, Juancho —replicó con los ojos en blanco—. Agarra a ese mono, por favor. O le lleno de veneno las orejas.
Estaba enojado. La pelea había terminado de forma prematura, dilapidada por el escape de Douglas Maracai Bo. Tamiel, aunque debil, se rindió al saberse ganador de la pulseada general y no por ser incapaz de seguir peleando. Había cumplido su verdadero objetivo.
Enji lo levanto del suelo y se lo cargó al hombro mientras sus compañeros hacian lo mismo con el resto de miembros de la División 107. Tenían un largo camino de regreso al pueblo y desde allí, a la base, dónde les esperaría otro larguísimo rato de declaraciones, papelerío y, por supuesto, gritos de parte de sus superiores. En resumen, sería un día largo, cansado y frustrante.
—¡Rubiales! ¿Que carajos le dijiste al mono? —preguntó a mitad de camino, próximos a salir del bosque de una buena vez—. Pega duro el condenado…
De los cuatro, el que peor parado había salido era él, aunque todos bailaron al ritmo que marcó la 107. Les faltaba mucho camino por delante.
—El veneno se les pasará en un rato. Si no se mueren antes, claro —dijo a sus prisioneros—. Traten de aguantar hasta el interrogatorio.
—¿Qué pasó, novato? —masculló Enji, en un acto de redención personal y evidencia innegable de su personalidad vengativa—. ¿Se te cayó una moneda?
El veneno corría por sus brazos, caía al suelo y formaba sendos charcos morados y humeantes a su izquierda y a su derecha. La vegetación moría a sus pies por culpa de la tóxica sustancia, pastos verdes convertidos en cintas amarillas, deshilachadas y podridas. Una alfombra apropiada, pensó Enji. Un buen marco para su retrato.
Se dejó caer encima de Tamiel y tomó asiento en su espalda para contenerlo. Lo sujetó y forzó a cruzar ambos brazos a la altura de los músculos lumbares, ejerciendo presión con su rodilla. Una vez lo tuvo inmovilizado, y tras dar un breve vistazo al derredor, recogió la carta. La supuesta directiva original para la misión. Leerla dió un poco más de contexto a la trampa que les habían tendido y arrojó un poco de luz en la conspiración. Lo que, de todas formas, no terminaba de poner todas las cosas claras. ¿Una división de cuatro personas podía llegar a ejecutar un plan así? Enji no se fiaba. Tenía que haber alguien más metido en el ajo.
Por el momento, esos cuatro y el mono seguían siendo todo lo que tenían para explicar lo allí ocurrido y estaba seguro de que asumirían la culpa, lo que dejaba a un posible sexto participante fuera de juego.
—Callate, Juancho —replicó con los ojos en blanco—. Agarra a ese mono, por favor. O le lleno de veneno las orejas.
Estaba enojado. La pelea había terminado de forma prematura, dilapidada por el escape de Douglas Maracai Bo. Tamiel, aunque debil, se rindió al saberse ganador de la pulseada general y no por ser incapaz de seguir peleando. Había cumplido su verdadero objetivo.
Enji lo levanto del suelo y se lo cargó al hombro mientras sus compañeros hacian lo mismo con el resto de miembros de la División 107. Tenían un largo camino de regreso al pueblo y desde allí, a la base, dónde les esperaría otro larguísimo rato de declaraciones, papelerío y, por supuesto, gritos de parte de sus superiores. En resumen, sería un día largo, cansado y frustrante.
—¡Rubiales! ¿Que carajos le dijiste al mono? —preguntó a mitad de camino, próximos a salir del bosque de una buena vez—. Pega duro el condenado…
De los cuatro, el que peor parado había salido era él, aunque todos bailaron al ritmo que marcó la 107. Les faltaba mucho camino por delante.
—El veneno se les pasará en un rato. Si no se mueren antes, claro —dijo a sus prisioneros—. Traten de aguantar hasta el interrogatorio.
Resumen
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