23-02-2026, 07:25 AM
(Última modificación: 23-02-2026, 07:27 AM por Hyákinthos.)
Los humanos se creen dueños de todo, poseedores del mundo, del mar. No pueden estar más equivocados, el mar no les pertenece, nunca les ha pertenecido. Estorban.
Ninguno de los tres puede soportarlo.
Esos de cuerpos frágiles son los mismos que se han atrevido, durante siglos, a tratarlos a ellos, los reyes de los océanos, como criaturas inferiores.
Les molestan.
Hoy, aún cuando han visto lo que son capaces de hacer, estos humanos miserables siguen en pie.
¿Por qué se empeñan en pelear?
¿No se han dado cuenta de que nada de lo que hagan podrá servirles?
Índigo fue el primero en notar esa obstinación. Ese hombre, que se retorcía bajo la presión de su única mano, aún intentó defenderse. El gyojin de piel celeste sintió esas manos más pequeñas, viejas y débiles, aferrarse alrededor de su muñeca, lo sintió presionar la piel escamosa con fuerza suficiente para que pudiera darse cuenta, aunque no con una que pudiera hacer daño real.
—Shihihihi…¿De verdad piensas pelear? No tienes oportunidad ¿Sabe? —Su mano se cernió con más ímpetu en aquel cuello arrugado, solo bastaba un poco más de fuerza, un impulso que lo motivara a quebrarlo, aunque, muy lejos no estaba de conseguir esa motivación esperada o, al menos, eso es lo que se mostraba en los hipnotizantes ojos naranjas del gyojin…Hasta que algo consiguió moverlo.
No soltó al supuesto capitán del barco pesquero, pero aquel leve golpe en su sien lo desorientó por el tiempo suficiente para que sus piernas tambalearan y su cuerpo se moviera al menos medio metro hacia la derecha.
—¿Qué? —Su primera reacción fue de absoluta sorpresa, algo que se notó en aquel rostro que ahora portaba una expresión de confusión que solo aumentó cuando giró su cabeza y notó al responsable de haberlo golpeado de esa manera. —¿Ah? ¡Oe! ¿Qué pasa contigo? Se supone que vamos a ayudarte a escapar de la maldad de estos humanos ¿Por qué me golpeas a mi y no a tus amos? —Su voz parecía más grave ahora que cuando se le escuchó hablar por primera vez y, esos ojos naranjas tan enigmáticos, ahora parecían brillar con la intensidad de una hoguera…no, de un incendio, algo que se agravó cuando escuchó la risa borracha de Pistol Paco.
—¿Dominado por un esclavo, putito? —La voz rasposa de su compañero hizo que el gyojin más joven girara su cabeza en dirección al “camarón” verde y su rostro, bello pero letal, se frunciera en una expresión de molestia…una molestia que no sería descargada contra su compañero de tripulación, si no con la del humano que tenía en su mano.
—¡CÁLLATE! —Al mismo tiempo que gritaba aquello sujetó al humano con más fuerza y lo estrelló contra la madera de la pared del barco. Dio un golpe con tanta fuerza que escuchó el quejido del viejo capitán acompañado de un sonido similar al de la pasta cruda cuando se parte: los huesos de su cráneo rompiéndose, un detalle que el gyojin confirmó cuando su excelente visión lo hizo notar la sangre que había quedado embarrada en la madera, ahora resquebrajada del barco.
—¡CAPITÁN!
Ese crack tan sonoro fue el que hizo que los tres tripulantes restantes de los pescadores espabilaran pues, hasta ahora, el shock de ver morir a sus compañeros y al ver capturado a su capitán, los había mantenido pegados al piso. Nunca en su vida en los mares habían presenciado semejante muestra de desprecio hacia una vida…claro, nunca se habían encontrado con piratas, de ningún tipo.
Los pasos de dos de los tres hombres fueron rápidos, firmes y, ni siquiera de ese modo, hubo forma de escapar de las garras del gyojin camarón. No supieron qué pasó, cómo o cuándo, pero en menos de lo que canta un gallo, los dos hombres sintieron como algo los levantó del suelo desde el cuello de sus camisas y, de repente, se vieron frente a frente, aunque sus pies colgaban a varios centímetros del suelo.
—Shihihihi…Capitán Zheng ¿Cierto? —Cuando Índigo se dio cuenta de las intenciones de su compañero, su sonrisa se ensanchó al mismo tiempo que separaba a Zheng de la madera del barco, lo soltaba por un momento en el aire y lo volvía a tomar del cuello, pero esta vez asegurándose de que el anciano pudiera mirar hacia el frente, quedando el gyojin celeste a sus espaldas. —Soy tan compasivo que le permitiré ver lo que mi amigo hará con sus compañeros pescadores —. En ese instante un sollozo escapó de la ahogada garganta del capitán y el gyojin de un solo brazo hizo un movimiento afirmativo con su cabeza que le indicaba a Paco que podía actuar cuando quisiera.
—¡Ja! Será divertido —. Al decir eso, el enorme gyojin camarón estrelló entre sí mismos los cuerpos de ambos marineros: una, dos, tres veces. Cada vez sus cabezas chocaban con más fuerzas, cada vez los huesos crujían con una intensidad más siniestra, pues, en algún momento pasaron de ser simples golpes a escucharse con claridad como los huesos del cráneo se incrustaban en la carne y, para el cuarto golpe, los rostros de ambos viejos marineros estaban tan irreconocibles que, un ruido parecido a un “squash” se escuchó de parte de la cabeza de uno de los dos y, en ese instante, una masa entre rojiza y rosácea salió de la cabeza del hombre, ensuciando tanto su propio rostro como el de su compañero y, por consiguiente, los dedos de Paco.
Un quejido lastimero se dejó oír o quizá era un intento por respirar, difícil saberlo cuando ambos hombres tenían el rostro tan desfigurado que sus ojos ni siquiera se notaban. No lloraban, no gritaban, solo respiraban con dificultad y eso…eso fue aburrido para ambos gyojines.
Pistol Paco soltó un insulto por lo bajo y, con sus grandes manos, sostuvo con más firmeza a los hombres y usó su fuerza para lanzar a ambos al mar, tal como si se tratara de dos sacos de papa podrida, mercancía sin valor alguno.
—¿Ah? ¿Eso fue todo? Creí que le darías un mejor espectáculo a su capitán —. El gyojin celeste habló, quejumbroso, aun manteniendo vivo al capitán, mientras que su compañero decidió ignorarlo: faltaba otro de los tripulantes, había un tercer humano… ¿Dónde se había metido?
Paco escaneó la cubierta del barco y, en ese instante, notó que el único miembro de la tripulación que quedaba vivo, además del capitán y la niña, se arrastraba hacia el interior de una bodega…tal vez creyó que podía escapar… ¡Pobre iluso!
—¡Idiota! ¿A dónde crees que vas? —El hombre no tuvo más tiempo de moverse cuando el camarón verde lo jaló de ambas piernas para luego sostenerlo de cabeza, no sobre la cubierta del barco, si no sobre las heladas aguas del South Blue. —¿De verdad crees que puedes escapar de nosotros en nuestro propio reino?
No hubo respuesta, Paco no la esperaba, simplemente lanzó al hombre contra el cuerpo del enorme gyojin rojo que estaba en el barco desde antes.
—¡Eh, gyojin idiota! ¿Por qué no decides tu qué hacer con él, hermano? —En el instante en que Pistol Paco habló, los ojos de su capitán, Pedro Francesco, se clavaron en la espalda del feo gyojin camarón con el que se habían topado por casualidad…Esperaba una reacción, una respuesta y, lo habría mirado expectante hasta que actuara, de no ser porque la niña a quien aun sostenía entre sus dedos profirió un grito desgarrador...uno que le brindó información muy importante.
¿Papá?
Pedro sonrió.
La situación se había tornado más interesante y, además, Kassandra tenía más agallas de las que pensó.
La rompería.
Esos vacíos y fríos ojos celestes del tritón miraron hacia abajo cuando sintió un leve cosquilleo en su pantorrilla, un toque suave para alguien acostumbrado a peores dolores. Apenas y podía creer que esa niña tuviera más agallas que esos hombres humanos que se quedaron paralizados al verlos llegar. La observó como si ella fuera un espectáculo, la observó tanto y tan bien que se dio cuenta de aquello que ocultaba el cuello y las mangas de su camiseta infantil: escamas.
Esa sonrisa que antes se formó ahora se alargaba más, cínica, descarada.
—Kassandra —pronunció el nombre con placer al mismo tiempo que su mano se aferró con tanta fuerza en el delgado brazo de la niña que, no solo marcó su piel de rojo, hizo que los huesos de su brazo cedieran en un crack tan seco que silenció hasta las olas.
—¿Cómo puedes llamarme monstruo? —No le importó que la niña gritara, no le importó que llorara, que pataleara, que hiciera lo que quisiera, su agarre se mantuvo tan firme como la primera vez, retorciendo ese hueso cuya rotura podía sentir a la perfección bajo sus dedos. —Tu eres igual a nosotros ¿No es así? Me pregunto si eres consciente de ello —. Alzó su mirada para ver a Índigo aún sosteniendo al capitán del barco y a Paco esperar una acción del gyojin de rojo. —Quien sabe que intenciones tenían esos humanos contigo… ¡Ah! De seguro aprovecharse de la belleza de una sirena y tu “papá” no iba a impedirlo…porque parece muy cercano a ellos…más cercano a ellos que a ti. ¿Crees que no te habría vendido para escapar de su situación? —Ni siquiera sabía si había una “situación”, pero prefería especular, llenar la cabeza de la niña de terror.
—¡Paco, Índigo! Ese gyojin no es nuestro hermano, no es como nosotros…ha sido corrompido por los humanos. Desháganse de él. Su “hija” ya no lo necesitará —. La mirada de Pedro bajó hasta “Kassandra”.
—¿Quieres quedarte a ver lo que le harán a tu “papá”? ¿O vas a venir conmigo? Hay algo que quiero probar —Saber si podía nadar, si su “respiración” bajo el agua era tan natural como los de ellos.
Pedro se encogió de hombros al mismo tiempo que índigo dejaba de jugar con el cuerpo de Zheng para estrellarlo contra la madera del barco tantas veces como para destrozar su cabeza y, luego, tirar el cuerpo al suelo. Paco se encargó de patearlo hasta levantarlo con un pie y patearlo tan fuerte que cayó al mar con un fuerte “splash” y, luego de eso, ambos gyojines se fijaron en Juan.
—Mejor dejo a tu imaginación lo que van a hacerle —. Al decir eso, Pedro tomó a la niña de la cintura y dio un salto sobre el barandal del barco y, con la gracia de un delfín, su cuerpo, aun sosteniendo el de “Kassandra”, se hundió en el mar acompañado de un sonoro ruido de las olas, aunque, antes de eso, tanto la niña como el capitán de los piratas del abismo pudieron escuchar con claridad la voz del gyojin pez betta pronunciando las palabras: “¡Hyakumaigawara seiken!” y, además, la rasposa voz de Paco, diciendo o, mejor dicho, gritando: “Uchimizu”.
No hacía falta ser un genio para entender las consecuencias de una orden directa del capitán: ambos ataques fueron dirigidos a Juan.
Léeme, por favor
