23-02-2026, 09:46 PM
Moja notó el cambio en ella. Fue apenas un segundo, una sombra que cruzó su mirada cuando pronunció la palabra justicia, una tensión breve en la mandíbula que no coincidía con el brillo despreocupado que solía llevar en los ojos. No necesitaba que ella hablara para percibirlo; había aprendido a leer silencios mucho antes de leer palabras. No dijo nada de inmediato. No retrocedió en su postura. Pero suavizó ligeramente el tono cuando volvió a hablar.
-Justicia…- repitió con calma -no siempre significa lo mismo para todos.-
Sus ojos no eran acusadores ni defensivos. Eran firmes, pero abiertos.
-Para mí significa que nadie tenga que vivir encadenado. Que nadie tenga que soportar abuso porque otros decidan que pueden hacerlo.-
No sabía su historia completa. No sabía nada concreto. Pero había visto suficientes cicatrices para entender que esa palabra podía herir. Cuando ella volvió a tocarle la nariz, Moja parpadeó apenas, resignado a que aquel gesto se estaba convirtiendo en costumbre, y dejó escapar una pequeña exhalación que ya no ocultaba del todo una sonrisa contenida.
-No planeo condenarme- respondió. -Solo caminaré por donde sea necesario.-
El apodo de don robot le hizo bajar la mirada hacia su propia postura rígida, consciente de lo evidente que resultaba su incomodidad con el baile. Cuando ella atrapó la punta de su cola y la enrolló en su mano, su espalda se tensó por puro reflejo; la cola no era un accesorio, era extensión directa de su equilibrio, de su sistema nervioso.
-Ten cuidado con eso- dijo en voz baja. -Es… sensible.-
Había un leve rubor bajo el pelaje oscuro, apenas perceptible.
Cuando ella afirmó que aquello no contaba y que todavía bailarían mucho más, Moja negó suavemente con la cabeza, pero no soltó su mano. Al contrario, ajustó ligeramente el agarre para acompañar el movimiento hacia el puesto de manzanas caramelizadas que impregnaba el aire con ese aroma dulce y tostado.
-Entonces tendré que mejorar- admitió. -No me gusta hacer las cosas a medias.-
Se dejó arrastrar con una docilidad sorprendente para alguien de su tamaño y presencia, observando cómo se colocaba las gafas con esa concentración tan suya, leyendo precios con una seriedad casi cómica en contraste con la música y las luces del festival. Cuando preguntó si su trabajo era demasiado peligroso, Moja guardó silencio unos pasos más. Miró las linternas colgando sobre sus cabezas. Escuchó la música. Sintió la presión ligera de su mano en la suya.
-A veces- respondió finalmente. -Demasiado en ocasiones.-
No dramatizó. No detalló.
-Hay días tranquilos. Y otros en los que…- su mirada se desvió brevemente hacia la multitud, como si evaluara algo invisible --no sabes si volverás al barco al final.-
No era una confesión para impresionar. Era una verdad dicha sin adornos. Luego volvió a mirarla.
-Pero no es lo único que soy.-
Sus dedos se movieron levemente, recordándole que aún seguían entrelazados.
-También soy alguien que puede aprender a bailar. Que puede comer manzanas caramelizadas aunque no sea eficiente. Y que puede quedarse un poco más en un lugar si quiere.-
Había algo diferente en su voz ahora, menos estructurado, menos marcial.
-¿Y tú?- preguntó con suavidad, desviando apenas la conversación del foco exclusivo en él. -¿Tu trabajo es peligroso?-
Mientras tanto, con la mano libre, tomó una de las manzanas caramelizadas cuando ella terminó de leer los precios, pagándola sin discutir, y la sostuvo entre ambos, el caramelo brillante reflejando las luces del festival.
-Compartimos- dijo.
No como orden sino como una invitación.
-Justicia…- repitió con calma -no siempre significa lo mismo para todos.-
Sus ojos no eran acusadores ni defensivos. Eran firmes, pero abiertos.
-Para mí significa que nadie tenga que vivir encadenado. Que nadie tenga que soportar abuso porque otros decidan que pueden hacerlo.-
No sabía su historia completa. No sabía nada concreto. Pero había visto suficientes cicatrices para entender que esa palabra podía herir. Cuando ella volvió a tocarle la nariz, Moja parpadeó apenas, resignado a que aquel gesto se estaba convirtiendo en costumbre, y dejó escapar una pequeña exhalación que ya no ocultaba del todo una sonrisa contenida.
-No planeo condenarme- respondió. -Solo caminaré por donde sea necesario.-
El apodo de don robot le hizo bajar la mirada hacia su propia postura rígida, consciente de lo evidente que resultaba su incomodidad con el baile. Cuando ella atrapó la punta de su cola y la enrolló en su mano, su espalda se tensó por puro reflejo; la cola no era un accesorio, era extensión directa de su equilibrio, de su sistema nervioso.
-Ten cuidado con eso- dijo en voz baja. -Es… sensible.-
Había un leve rubor bajo el pelaje oscuro, apenas perceptible.
Cuando ella afirmó que aquello no contaba y que todavía bailarían mucho más, Moja negó suavemente con la cabeza, pero no soltó su mano. Al contrario, ajustó ligeramente el agarre para acompañar el movimiento hacia el puesto de manzanas caramelizadas que impregnaba el aire con ese aroma dulce y tostado.
-Entonces tendré que mejorar- admitió. -No me gusta hacer las cosas a medias.-
Se dejó arrastrar con una docilidad sorprendente para alguien de su tamaño y presencia, observando cómo se colocaba las gafas con esa concentración tan suya, leyendo precios con una seriedad casi cómica en contraste con la música y las luces del festival. Cuando preguntó si su trabajo era demasiado peligroso, Moja guardó silencio unos pasos más. Miró las linternas colgando sobre sus cabezas. Escuchó la música. Sintió la presión ligera de su mano en la suya.
-A veces- respondió finalmente. -Demasiado en ocasiones.-
No dramatizó. No detalló.
-Hay días tranquilos. Y otros en los que…- su mirada se desvió brevemente hacia la multitud, como si evaluara algo invisible --no sabes si volverás al barco al final.-
No era una confesión para impresionar. Era una verdad dicha sin adornos. Luego volvió a mirarla.
-Pero no es lo único que soy.-
Sus dedos se movieron levemente, recordándole que aún seguían entrelazados.
-También soy alguien que puede aprender a bailar. Que puede comer manzanas caramelizadas aunque no sea eficiente. Y que puede quedarse un poco más en un lugar si quiere.-
Había algo diferente en su voz ahora, menos estructurado, menos marcial.
-¿Y tú?- preguntó con suavidad, desviando apenas la conversación del foco exclusivo en él. -¿Tu trabajo es peligroso?-
Mientras tanto, con la mano libre, tomó una de las manzanas caramelizadas cuando ella terminó de leer los precios, pagándola sin discutir, y la sostuvo entre ambos, el caramelo brillante reflejando las luces del festival.
-Compartimos- dijo.
No como orden sino como una invitación.
*Pienso* -Hablo- Narro
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