23-02-2026, 10:48 PM
«Yuhuu, un baaarcoo…».
Habría rodado los ojos si no estuviera ocupado aparentando una inmensa sonrisa.
Por supuesto que no me hacía ninguna ilusión. Irónico, ¿verdad? Nunca me había importado no ver mundo, no anhelaba una vida fuera de Baterilla, ascensos laborales ni nada más allá de tener los bolsillos llenos —objetivo robado por ese dichoso barco— y una vida tranquila. Hubo un tiempo en el que creí que la Marina me aportaría eso. Una cosa es cierta y es que el uniforme inspira respeto. El problema es que cuando te ascienden de División, el trabajo se intensifica. En resumen, que la parte de llevar una vida tranquila se va directa por la borda.
Ver a Nyra correr hacia el interior entre gritos de júbilos, alegría y horror, me arrancó un único pensamiento: «Menuda trampa ilusoria me tendiste, bastarda».
St. George dejó escapar una leve risita, aceptó el espero que la muchacha nos ofrecía y se echó el cabello hacia atrás con ese encanto del que era absolutamente consciente. La brisa otorgó a la escena ese toque de confort propio de las novelas de aventuras en las que todo parece perfecto y bucólico. La sentí helada sobre las mejillas. Busqué a Omuyaga con el asomo de una sonrisa zorruna en los labios.
—Dicen que el paso previo para conquistar a una dama es llevar sus compras —reí, al tiempo que le dedicaba un codazo amistoso—. Gracias por las compras, por cierto. —La brújula y el Den Den Mushi serían de gran utilidad—. Espero que no estés intentando conquistarme también a mí —bromeé.
No permití que respondiera ni me quedé para ver su reacción. Tras un guiño cómplice, crucé la pasarela mientras le daba el primer mordisco al espeto.
—¡Oye, esto está delicioso! —Mal no estaba, eso era cierto. Sin embargo, puede que exagerarse un poco junto a Hae-won—. Deberías probarlo, Ángel. —Sacudí el palo como si de una varita mágica se tratara, antes de darle otro mordisco—. Si se enfría no sabrá igual.
«Es evidente que algo te pasa» le habría dicho de no estar tan rodeados.
En su lugar, apoyé la espalda contra la barandilla y alcé la vista al cielo. La idea de que tanto el navío como la vida de mis compañeros dependiera de mí resultaba abrumadora. Gustándome tan poco la mar, cualquiera se preguntaría por qué demonios escogí un oficio como el de navegante. La verdad, sin embargo, resultaba estúpidamente sencilla: tener el control. Todo radicaba, siempre, en tener el control.
Le dediqué un empujoncito amigable a Hae-won antes de tirar el palito consumido por la borda y sacudirme las manos.
—Bueno, veamos cómo domar a esta bestia.
Habría rodado los ojos si no estuviera ocupado aparentando una inmensa sonrisa.
Por supuesto que no me hacía ninguna ilusión. Irónico, ¿verdad? Nunca me había importado no ver mundo, no anhelaba una vida fuera de Baterilla, ascensos laborales ni nada más allá de tener los bolsillos llenos —objetivo robado por ese dichoso barco— y una vida tranquila. Hubo un tiempo en el que creí que la Marina me aportaría eso. Una cosa es cierta y es que el uniforme inspira respeto. El problema es que cuando te ascienden de División, el trabajo se intensifica. En resumen, que la parte de llevar una vida tranquila se va directa por la borda.
Ver a Nyra correr hacia el interior entre gritos de júbilos, alegría y horror, me arrancó un único pensamiento: «Menuda trampa ilusoria me tendiste, bastarda».
St. George dejó escapar una leve risita, aceptó el espero que la muchacha nos ofrecía y se echó el cabello hacia atrás con ese encanto del que era absolutamente consciente. La brisa otorgó a la escena ese toque de confort propio de las novelas de aventuras en las que todo parece perfecto y bucólico. La sentí helada sobre las mejillas. Busqué a Omuyaga con el asomo de una sonrisa zorruna en los labios.
—Dicen que el paso previo para conquistar a una dama es llevar sus compras —reí, al tiempo que le dedicaba un codazo amistoso—. Gracias por las compras, por cierto. —La brújula y el Den Den Mushi serían de gran utilidad—. Espero que no estés intentando conquistarme también a mí —bromeé.
No permití que respondiera ni me quedé para ver su reacción. Tras un guiño cómplice, crucé la pasarela mientras le daba el primer mordisco al espeto.
—¡Oye, esto está delicioso! —Mal no estaba, eso era cierto. Sin embargo, puede que exagerarse un poco junto a Hae-won—. Deberías probarlo, Ángel. —Sacudí el palo como si de una varita mágica se tratara, antes de darle otro mordisco—. Si se enfría no sabrá igual.
«Es evidente que algo te pasa» le habría dicho de no estar tan rodeados.
En su lugar, apoyé la espalda contra la barandilla y alcé la vista al cielo. La idea de que tanto el navío como la vida de mis compañeros dependiera de mí resultaba abrumadora. Gustándome tan poco la mar, cualquiera se preguntaría por qué demonios escogí un oficio como el de navegante. La verdad, sin embargo, resultaba estúpidamente sencilla: tener el control. Todo radicaba, siempre, en tener el control.
Le dediqué un empujoncito amigable a Hae-won antes de tirar el palito consumido por la borda y sacudirme las manos.
—Bueno, veamos cómo domar a esta bestia.
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