24-02-2026, 11:20 AM
El primer signo fue la sombra que se movió en el rabillo del ojo derecho, rápido y grácil. Kazan abrió los ojos despacio, sin sobresalto sabia que era aquello ya que había tenido esa sensación antes. Ademas, llevaba suficiente tiempo meditando para saber distinguir una amenaza de una marea que regresa, de una amiga. La figura de cabello rosa-azulado era visible desde cuarenta metros, recortada contra el blanco cegador de las paredes de Baquella. "Llegó."
No tuvo tiempo de añadir más porque Seraphine ya corría con los brazos abiertos y la velocidad que tiene la gente cuando el cuerpo va por delante de cualquier pensamiento razonable, ademas a ojos de Kazan notaba como aquella torpe alada se habia vuelto mas agil. Kazan bajó la mano derecha del cuerno y giró el torso hacia ella quedando mirando hacia ella para sin levantarse. Los brazos de Seraphine rodearon su antebrazo izquierdo. Lo abrazaron con toda la fuerza que cuatro metros de skypean podían reunir algo que notó en su brazo.
-Ga-ha-ha-ha-ha.- La risa brotó feliz y armoniosa. Bajó la mirada hacia ella y alli la vio los grilletes en las muñecas, la postura, los ojos que miraban hacia arriba con esa mezcla de desbordamiento y hambre social que Kazan reconocía porque lo había visto en gente que sale del agua después de demasiado tiempo sin respirar, era ella Seraphine. -Por las profundidades... pensé que llegarías tarde.- La voz salió grave -Me alegra comprobar que me equivocaba, has cambiado no te has perdido- Calada a la pipa
Oyó los pasos antes de verla. Ritmo diferente al de Seraphine, más pesado y con la cadencia particular de alguien que corre midiendo distancias. Giró la cabeza hacia ese ruido y vio cuando la mujer rubia dejaba el suelo. Esclerótica negra, iris azul, colmillos que el sol de verano iluminaba sin misericordia antes de que sus brazos rodearan el hombro derecho de Kazan con una convicción completamente desproporcionada para alguien que lo veía por primera vez, muchas confianzas.
-Hola guapetón.-
Kazan permaneció inmóvil bajo el impacto aunque pudo notar fuerza en el, mas que la propia. Parpadeó una vez. Luego bajó los ojos hacia ella mientras se soltaba y caía junto a él, acomodando con naturalidad los grilletes sin cadenas en las muñecas. "Grilletes. Sin cadenas."
La observó durante exactamente el tiempo necesario para leer lo que había que leer, el músculo, la postura, la forma en que el patrón atigrado en los hombros captaba el sol de una manera que no era decorativa, la manera en que había saltado sin calcular miedo porque la ecuación no le generaba miedo. -Escucha bien, Mizuki...- dijo, tocando una vez la base del cuerno derecho con el índice antes de exhalar humo lentamente hacia el lado opuesto a ellas. -Cualquier persona que Seraphine trae a mi hombro ya tiene la mitad de mi confianza ganada antes de abrir la boca. La otra mitad...- Pausa larga. La pipa humeó intimidante -...la ganó el saludo. Ga-ha-ha-ha-ha.- La risa sacudió el aire del muelle como un golpe de viento corto y caliente. A su derecha, el kanaboo seguía apoyado sobre los tablones.
Kazan acomodó levemente el peso sobre las piernas cruzadas, bajando la pipa hacia la rodilla, y les dedicó a las dos la mirada entera con sus ojos pequeños, entrecerrados, que raramente estaban del todo cerrados cuando había algo que valía la pena ver. -Por las profundidades, han traído hambre con ellas. Lo huelo desde aquí.- No era una pregunta. -Hay un sitio en el pueblo donde los pescadores venden lo que sobra de la mañana. Hoy tocaba atún.-
No tuvo tiempo de añadir más porque Seraphine ya corría con los brazos abiertos y la velocidad que tiene la gente cuando el cuerpo va por delante de cualquier pensamiento razonable, ademas a ojos de Kazan notaba como aquella torpe alada se habia vuelto mas agil. Kazan bajó la mano derecha del cuerno y giró el torso hacia ella quedando mirando hacia ella para sin levantarse. Los brazos de Seraphine rodearon su antebrazo izquierdo. Lo abrazaron con toda la fuerza que cuatro metros de skypean podían reunir algo que notó en su brazo.
-Ga-ha-ha-ha-ha.- La risa brotó feliz y armoniosa. Bajó la mirada hacia ella y alli la vio los grilletes en las muñecas, la postura, los ojos que miraban hacia arriba con esa mezcla de desbordamiento y hambre social que Kazan reconocía porque lo había visto en gente que sale del agua después de demasiado tiempo sin respirar, era ella Seraphine. -Por las profundidades... pensé que llegarías tarde.- La voz salió grave -Me alegra comprobar que me equivocaba, has cambiado no te has perdido- Calada a la pipa
Oyó los pasos antes de verla. Ritmo diferente al de Seraphine, más pesado y con la cadencia particular de alguien que corre midiendo distancias. Giró la cabeza hacia ese ruido y vio cuando la mujer rubia dejaba el suelo. Esclerótica negra, iris azul, colmillos que el sol de verano iluminaba sin misericordia antes de que sus brazos rodearan el hombro derecho de Kazan con una convicción completamente desproporcionada para alguien que lo veía por primera vez, muchas confianzas.
-Hola guapetón.-
Kazan permaneció inmóvil bajo el impacto aunque pudo notar fuerza en el, mas que la propia. Parpadeó una vez. Luego bajó los ojos hacia ella mientras se soltaba y caía junto a él, acomodando con naturalidad los grilletes sin cadenas en las muñecas. "Grilletes. Sin cadenas."
La observó durante exactamente el tiempo necesario para leer lo que había que leer, el músculo, la postura, la forma en que el patrón atigrado en los hombros captaba el sol de una manera que no era decorativa, la manera en que había saltado sin calcular miedo porque la ecuación no le generaba miedo. -Escucha bien, Mizuki...- dijo, tocando una vez la base del cuerno derecho con el índice antes de exhalar humo lentamente hacia el lado opuesto a ellas. -Cualquier persona que Seraphine trae a mi hombro ya tiene la mitad de mi confianza ganada antes de abrir la boca. La otra mitad...- Pausa larga. La pipa humeó intimidante -...la ganó el saludo. Ga-ha-ha-ha-ha.- La risa sacudió el aire del muelle como un golpe de viento corto y caliente. A su derecha, el kanaboo seguía apoyado sobre los tablones.
Kazan acomodó levemente el peso sobre las piernas cruzadas, bajando la pipa hacia la rodilla, y les dedicó a las dos la mirada entera con sus ojos pequeños, entrecerrados, que raramente estaban del todo cerrados cuando había algo que valía la pena ver. -Por las profundidades, han traído hambre con ellas. Lo huelo desde aquí.- No era una pregunta. -Hay un sitio en el pueblo donde los pescadores venden lo que sobra de la mañana. Hoy tocaba atún.-
